January 14, 2006

RECHAZO

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Mario

Sonia se levantó temprano, ganándole nuevamente la partida al despertador, aunque esta vez no se sintió aletargada o cansada, como solía ocurrirle (la melatonina llegó para quedarse…), sino feliz y dispuesta, pues consideraba que tanto la niebla gris y caliente que cada noche entraba a su habitación y la envolvía por completo, decidida a asfixiarla, como los aullidos que después de cierta hora empezaban a retumbar en su ventana agobiándola hasta las lágrimas estaban ya tan lejos que no serían capaces de encontrar el camino de regreso a ese departamento que aún no había terminado de ordenar, pero para asegurarse, tomó una Halcyon y se metió a bañar. El cambio de plaza como docente del Sistema Estatal de Bachillerato la había obligado a trasladarse al otro extremo de la provincia, perturbando su vida de una manera que hasta hace poco no se había atrevido a imaginar; ahora estaba sola, en otra ciudad, relativamente lejos de sus padres (recuerda que a donde quiera que vayas irás en representación del buen nombre de nuestra familia, querida…), pero rebosante de deseos de trabajar y realizarse en su carrera y, con el ánimo efervescente de la gente joven, se preparaba para convertirse en una mujer diferente a la que había sido, por ejemplo, su abuela (sí, a tu edad siempre queremos hacer muchas cosas y construimos grandes proyectos, pero ya se te pasará, hijita, solo espera un poco…), lo que, ciertamente, dadas las condiciones, no resultaría muy difícil.

Aquel torrente de agua a alta presión era grosero, incómodo, y a Sonia le dolía el impacto de cada gota sobre su espalda, sin embargo, lo realmente gozoso del momento era la sensación de cubrirse de una sutil película de polvillo ferruginoso, tal como revelaba el intenso vapor que se le adhería perniciosamente, bailando sobre sus poros y obligándola a colocar el otro pie en el mundo real, tal y como la realidad suele exigirlo cada mañana. Salió del baño ya vestida y acicalada, cargó sus implementos bajo el brazo y cogió un membrillo para mordisquear en el camino. Cerrando la puerta de su pequeña vivienda se percató de los movimientos de un par de empleados del condominio cambiando las bombillas exteriores por focos fluorescentes de alto rendimiento, y entre el trajín alcanzó a atisbar el detalle de su foquito convencional fundido, abandonado entre dos flamantes bulbos Philips, como si tal avanzada del progreso hubiese decidido obviar su modesta residencia por no contar Sonia con una familiaridad como la de los legítimos habitantes de ese territorio desconocido.

Pero, a despecho de esta ligera monserga, el sol ardía, cada ruido y cada inmundicia corrompiendo el ambiente de la ciudad encajaban en un molde perfecto que reclamaba toda la atención. Había energía, había vida resoplando un fuerte aliento que declaraba, a través de una amalgama de aceite de motor hirviente que carcomía el aire impregnado por la grasa animal podrida en un bache junto a un puesto nocturno de fritangas, que la realidad estaba tan llena de Todo, que se antojaba imposible quedarse en un mismo punto conviviendo con la Nada, y Sonia enfiló rumbo al estacionamiento pisando animosamente el cemento partido; el calor ascendente deprimía hasta a las más simples rutinas de los animalitos que retozaban en el parque contiguo, trastocando sus ciclos vitales en malignas carreras hacia la irremisible destrucción, bajo el fulgor ahora opaco de los anuncios de neón asomándose inquietos entre los edificios. Sin embargo Sonia llevaba un sol adentro, era un solecito ella misma una vez que la noche anterior había quedado atrás, liberándola de la losa del temor a la incertidumbre, un desasosiego del que sólo puede surgir el optimismo con que anotó en su diario:

“…sigo con los pendientes de la mudanza, pero con mucha alegría y empeño, esta zona es limpia y la panorámica también es muy bella. La gente de por aquí es muy seria, aunque se nota que son bondadosos y decentes y lo único que tengo que hacer es decidirme a romper el hielo. Realmente me siento ilusionada con este trabajo, hay muchas cosas por hacer y yo ya estoy lista para empezar a comerme esta ciudad a mordidas. Porque esto es como un rosario de pequeños sueños encadenados que quiero ir disfrutando uno a uno, a su debido tiempo…”

Cuando en su mente se hallaba ya hilvanado un apunte distinto y un poco más exacto:

“…no sé por dónde voy a empezar a acomodar tantas chácharas inútiles que se han venido conmigo, este departamento es feo, y muy chiquito, la verdad, y afuera las cosas no están mejor, esta ciudad está empapada de un penetrante olor al que no acabo de acostumbrarme, los vecinos se han portado fríos, no sé, como que no habían visto a nadie nuevo por aquí en mucho tiempo, además, no me ha hablado nadie de la escuela para darme instrucciones sobre mi asignación definitiva de horarios y desde antier estoy empezando a sentir los síntomas de un resfriado que ya está adquiriendo fuerza y cada día me parece más aburrido que el anterior. Tengo miedo…”

Aceleró un poco sus pasos y, unos metros antes de llegar a su pequeño Escort 1990, un potente pero delicado fulgor proveniente del contenedor de basura situado a la orilla de la banqueta la detuvo en seco.

Ahí estaba. Aún cubierta por el pliego de celofán arrugado coronado por un maltrecho moño escarlata, la taza estampada con dibujos de ositos rellena de dulces yacía ladeada sobre la brillante superficie del papel aluminio usado como envoltorio de perros calientes. El modesto obsequio que el día anterior le había hecho a su vecina de al lado lucía intacta la nota “De: Sonia. Para: Magda” adornada con tiernos garigoleos a dos tintas, completando un cuadro inesperado, por colorido, en la superficie de aquel bote de basura de la parte trasera del edificio.

Las voces durante la noche, los cambios en los registros de la voz, los soslayos, la roñosa pestilencia de una curiosidad insana matizada por la suavidad de una sonrisa. Ruiditos. Sonia sabía ya cómo funcionaba y de qué manera se distribuía por cada rincón del edificio el hálito que daba cuerda al gran organismo que afanosamente intentaba remover las partículas extrañas de su sistema circulatorio, pero siguió caminando, la fuerza del espíritu de la naturaleza viva y el candor que el sol proyectaba sobre su nuca eran demasiado potentes como para permitirse el lujo de arruinar el agradable paisaje con detalles ínfimos.

Se acercó a su automóvil e insertó la llave en la cerradura de su portezuela que, haciendo un ruido delicioso al girar la sacó de sus cavilaciones para enfrentarla a la concreción de un fabuloso rayón que surcaba la pintura amarillo huevo desde la base del faro delantero hasta el punto donde se inicia el intersticio entre la cajuela y las luces traseras.

La bebé Alondra, sobrina de la viejuca que vivía en el 1814, lanzó su enorme pelota verdiazul con un puñetazo tan desmesurado que la envió desde la esquina mas alejada del patio del condominio hasta el estacionamiento pasando junto al contenedor de basura y quedarse rodando unos instantes sobre el asfalto, imagen que causó en la niña un estupor que Sonia no pudo comprender pero que la llenó de horror durante un par de segundos y cuando pudo recuperarse, sobresaltada además por el sonsonete de la alarma de un auto lejano que acababa de activarse, pudo observar que Alondra se metía corriendo a su casa. Aún sonriente, subió al vehículo y, sin atreverse a parpadear, pudo observar que por el boulevard, a vuelta de rueda, el autobús de pasajeros que iniciaba su ruta precisamente por ahí, recogía a los últimos pasajeros que se apresuraban fatigosamente a abordar el carruaje del pueblo, entre ellos, un hombre que por la mata de cabello totalmente blanco y el rostro rugoso podría pasar por su bisabuelo y que por su mueca desvalida hacía notar una desesperación que aumentaba con cada metro que el camión dejaba atrás incrementando su velocidad, multiplicando la presión del viento oscilante entre la puerta corrediza y la mano del viejo que finalmente cayó con estrépito sobre el pavimento. Sonia, ahogada por un llanto que como tantos otros en diversos momentos de su vida estaba destinado a quedarse atorado entre su garganta y su pecho, contemplaba con espanto la quietud de ese cuerpo que, de no levantarse cuanto antes, empezaría a freírse sobre el calcinante encarpetado. La angustia desapareció por un momento y dio paso a una exquisita curiosidad que se regodeaba entre los pegajosos ardores del vientre de Sonia: ¿a qué olería aquel bulto de carne vieja y correosa al comenzar a cocinarse en sus propios jugos?, ¿de qué manera se dibujarían en su cara las nuevas facciones diseñadas según el antojo de la grasa hirviente? Sonia sintió de pronto el deseo de fundirse con ese cuerpo ridículo en un solo segundo de minuciosa disección, recorriendo cada fragmento de ponzoñosas vísceras en ebullición. Los rayos solares acababan de alcanzar su mayor poder y Sonia, entelerida, salió trastabillando de su cochecito, puso el seguro y activó la alarma, pero ésta no emitió ningún sonido, ni siquiera las luces intermitentes se encendieron, pero Sonia no se percató, pues en aquel momento no era capaz de percibir los murmullos de los de cuervos encaramados en el cerco de una casa del fraccionamiento residencial al otro lado de la calle ni la pelota de plástico que detrás de ella había sido puesta a botar nuevamente. Caminaba con la elegancia de una posesa, afirmando tranquilamente sus pasos desde el suelo herrumbroso hasta la suavidad de su alfombra. Una vez en su departamento, cerró las persianas, se descalzó y se dirigió a la cocina.

Se arremangó el saco para lavarse las manos; la súbita necesidad de dar un paso en auto para conocer los puntos más interesantes de la ciudad antes de presentarse a su nuevo trabajo ya se había esfumado entre la repentina humedad del ambiente. Abrió el grifo y entonces escuchó un golpe que cimbró las paredes, después, la tubería se estremeció y en vez de agua, pudo ver cómo escurría de la llave una baba amarillenta que fue seguida por una de tonalidad rojiza y refulgente que reproducía en su hermoso brillo el rostro descompuesto de Sonia quien, partida en dos, pugnaba por escapar de la parálisis y salir huyendo hasta el umbral de su desaparición, aunque desde luego, no consiguió apartar sus ojos ni por un momento del espectáculo de la babosa que de repente dejó de fluir para permitir el paso de un bello ciempiés que caía inquieto hasta el fondo del agujero del desagüe, veloz y consciente de que tras el aguardaban su turno los escarabajitos más redonditos y pringosos que nadie vería jamás, y que al caer en el pequeño resumidero provocó un sonido metálico cuyo eco crocante quedaría instalado para siempre en el cerebelo de Sonia, quien no se dio cuenta cuando ya estaba jalando con todas sus fuerzas la perilla de su puerta segura de que así quedaría ésta soldada con el marco de hormigón, dejando atrapadas para siempre a aquellas alimañas en sus nuevos dominios. Segura de que su hogar sería invadido por las sabandijas en cuestión de minutos, Sonia apretó la espalda contra la pared y soltó el grito más amplio y desgarrador que jamás habría creído que pudiese escapar de su garganta y que no resultó ser más que un gemido que se apagó en su lengua seca: la energía necesaria para lanzar por lo menos un discreto sollozo era algo que estaba ya muy alejado de sus capacidades, ahora sólo gimoteaba lastimeramente, trotando de un extremo a otro en el pasillo, infectando el aire con el humor ácido de su piel cansada.

Al fondo del corredor, en el apartamento 1810, las dos ancianas comadres conversaban:

-Está muy mona la nueva inquilina que acaba de llegar, ¿verdad, nenita?-Comentaba doña Gertrudis Zamarrita a doña Marielena Cobián, mientras colocaba su pedacito de strudel de frambuesa sobre el plato en el que apoyaba su taza de chocolate.

-Si, linda, ¡y no sabes con qué sentimiento llora!, como Marga López en La tercera palabra. Igualita.

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