Soy un chico bueno y dulce que come Pop Tarts de fresa, usa Shampoo Caprice Naturals y torea gallinas chilampinas. Cuando me siento especialmente aburrido me masturbo sin moderación sólo porque no encuentro nada más divertido qué hacer en el momento; me quejo y me quejo porque definitivamente es poco probable que en esta ciudad un sol rozagante dé lugar a un cielo nublado, muy nublado, sin oponer resistencia. En la preparatoria me gustaba escuchar la música de KoRn y de sus discos mis favoritos son “Issues” y “Follow the leader”, que escuché muchas veces y aún así sigo siendo un jóven solemne y respetuoso. Soy menos inteligente de lo que aparenta mi bello estilo y el secreto radica en la cantidad de contraportadas que me he leido y sigo siendo muy pretencioso de los dientes para adentro, como siempre, y me considero un chiquitín absolutamente romántico y confío en el amor platónico, ese bello y absurdo invento de los griegos sodomitas, como el último recurso literario en el que puedo confiar para no tener que asomarme al mundo exterior de grandes aventuras ajustadas a ingeniosos esquemas Best-Seller a los que mi extriñida imaginación churrigueresca no puede aspirar y es por eso que me conformo con la riqueza de la corteza interior de las cascaras de plátano inútiles y tumefactas en que se han convertido mis historias que jamás voy a escribir, de ahí que sienta una particular debilidad por el amor más puro que podemos entregar a quien queramos sin mover un músculo ni expresar ninguna palabra, pues me interesa particularmente el hecho de que se trata de un amor que no tiende la ropa, no duerme junto a bultos apestosos, no lava calzones ni prepara fritangas y que para atraer a los céfiros poéticos en celo no ha de ataviarse con ajuares blancos que hagan juego con la lavadora, la secadora, el lavaplatos, la estufa, la plancha o el refrigerador y así transcurre mi vida, en el País De No Pasa Nada, hilvanando cositas, detallitos, guiñitos y palabritas que se despedazan en fragmentos de ideas más grandotototas (y fuertotototas) que nunca fructifican porque me faltan las fuerzas para levantarme de mi silla, el trono color gris desde el que dirijo mi Reino de 512 kbps, catorce horas diarias, en el rincón de la sala de una casa construida en los años sesenta, ya no las hacen como antes, las novelas ya no son lo que eran antes y TvyNovelas es mi revista favorita y me gusta ver películas japonesas, chinas y coreanas locas y quiero pretender que mis cuentos se musicalizan con J-Pop y yo soy puro pop y de pequeño yo alucinaba y moria, descendía, me elevaba y volvía a vivir mientras miraba un video de Disney que se llama “Pop & Rock” y que lleva veinte años conmigo y al que inconscientemente invoco con cada letra que escribo y la gente que dice estar loca es feliz y soñadora por dentro y la gente más decente está podrida del alma que nuevamente se acaba de comprobar que no pesa veintiún gramos y es más fácil que un guiñapo catatónico de ochenta años sobreviva a un quinto infarto a que una quinceañerita salga adelante luego de su primer taquicardia y el universo es cruel y, cuidado, allá afuera hay mucha gente escrutando los rostros de los demás buscando desgracias que equilibren su propio universo.
Aquí y ahora, la televisión suena, Juan Soriano aún existe, María Félix está muerta e Internet es un milagro. Y, a pesar de lo que puedan creer, la pintura suena, las imágenes lejanas están muertas, la elegancia es un milagro, y yo existo.
P.D.: Por cierto, de pequeñito me gustaba coleccionar billetes de banco de todo el Tercer Mundo, aún recuerdo la austera fortaleza de los Cedis ghaneses que no siempre empataba con la forzada reverencia de cada Riel camboyano en pugna con el espíritu bravío de los Meticales mozambiqueños que en su pasión desbocada de la sabana eran incapaces de percatarse de que las Lempiras hondureñas eran tremendas.
