Mario
Cuenta mi mamá que en la mañana de mi segunda Navidad yo salí de mi cuarto a revisar el árbol y, al verlo lleno de regalos enormes y coloridos, me regresé disparado a mi cama, dando grandes zancadas; creo que estaba demasiado atónito como para abrir los paquetes y posar para la foto de rigor. Mamá, que se había prometido a sí misma darle a su único hijo una vida mejor que la que ella misma había tenido y que recordaba agobiada frecuentemente por limitaciones económicas, tenía por qué sentirse feliz: comenzaba cumplirse esa promesa.
En algunas Navidades subsecuentes, y por cuestiones del destino o de la suerte, el árbol se cambiaría por la renta de películas para acompañar el jamón que suplía al pavo horneado. Así se pasaba la noche, hasta que llegaba Santa Claus, quien, con el estómago lleno y poniéndose su chal, me lanzaba una mirada soñolienta que me pedía esconderme en el cuarto de mi abuela, desde donde se podía oír el ruido de paquetes siendo colocados en el piso de la sala hasta que se escuchaba el llamado que requería mi presencia para abrir los regalos o, al menos, para recibir un beso y una bolsa de dulces.
En otra ocasión, los acontecimientos que habían amenazado durante todo un año se precipitaron la noche de Navidad. Mi bisabuela moría en el hospital al lado mi abuela, quien llamó para avisarnos su fallecimiento. Aquella noche sólo hubo un árbol que con su alegre decorado se convertía en la única luz para alumbrar la casa. Bajo sus luces titilantes, acurrucados en el sillón, mamá y yo intentábamos juntar nuestros rostros más allá de lo físicamente posible, en un abrazo que debió concentrar el sabor de todos los pavos, dulces y obsequios que suelo desear en ese día.
Al acercarse la Navidad toda la familia se mira a la cara en busca de alguna idea para hacer algo diferente. Pero todos los años nos ocupamos invariablemente de abrazarnos y de levantar nuestros platos servidos con cualquier cosa sabrosa para luego retirarnos a nuestras habitaciones dejando en el aire sonrisas que significan “te quiero”, junto a los aromas dispersos de alguna loción barata recién sacada de una cajita ornamental hecha de madera y adornada con una reproducción borrosa del escudo nacional y con unas letras que conforman la palabra “FRAGIL”, dibujada con plantilla.
Mi mamá y yo acostumbramos comprar comida china para la cena; seguimos rentando películas y pasamos la noche platicando todo lo que nos viene a la mente, en ocasiones comentamos las líneas de estática que delatan la suciedad en los cabezales de mi videocasetera, el tostador que mi tío se ganó en la rifa de una posada luego de que el ganador legítimo no se presentara a reclamarlo o lo seco que está el arroz frito este año. Solemos dormirnos platicando de ese clima tan cálido que entra desde fuera para invadir cada rincón de la casa y de nuestra habitación que parece acentuar la tibieza que nos envuelve durante una noche para evaporarse por la mañana, pero que está ahí durante un instante incalculable que quisiéramos extender por todo un año, para soñar y crear ilusiones entre cariños y sonrisas por el resto de nuestras vidas.
