Mario
Ciertamente, la tarde acababa de imponerse de manera definitiva sobre la alegría del sosiego matinal, apresuré mis pasos rumbo al canapé colocado frente a la ventana, asegurándome de amortiguarlos en la mullida alfombra (las patas del comedor y de los sillones desaparecían entre las gordas hebras prensadas), me recargué a su lado acomodándome entre el cojín de Doraemon y la colcha con dibujitos de Piolín.
-¿Qué pasa, Marianita?
-Nada
-Tu papá me dijo que se encuentra muy preocupado porque estás muy seria y no hablas desde hace días.
-¿Y?
-Y estamos preocupados.
-Bueno, es que, ya sabes, tú también tienes tus días de declive, ¿verdad?, así me siento, sobre todo cuando pienso en cosas que no comprendo; tan solo fíjate en esos pajaritos chiquitos que hay en la calle, son tantos y se me hace que están muy solos, ¿no?
-Las palomas nunca están solas.
-No, las palomas no, me refiero a esos pajaritos color café, chiquitos, hay demasiados en todas partes, pero cuando ves a uno solo de ellos, te das cuenta de que están muy solitos y no hay quien se preocupe por ellos; además, su vida es muy cortita…
-Se llaman chanates, Mari.
Soltó una risa hermosa que rompió majestuosamente cada ornato de cuantos nos rodeaban en aquella salita, sus dientes lucían opacos y adustos, por lo que los consideré perfectamente comunes y vulgares: tal pensamiento me agobió y fue entonces cuando caí en la cuenta de que nada había cambiado a nuestro alrededor.
-No, no, no, solo Diosito sabrá como llamarlos, yo nada más quisiera tocarlos, pero no se dejan.
-¿A ti te gustaría que te acariciaran?, ¿te sientes muy solita?
-Un poco, pero creo que todos estamos solos, en mi caso, pienso que papá suele dejarme sola porque a veces se cansa de mí, es decir, vivimos en una burbujita, ¿verdad?, queriéndonos mucho siempre y tal vez eso lo aburre, además, mi mamá dice que tiene otra hija y que esa sí es normal.
-Uff, ya sabemos que tu mami es muy simpática y hablantina, Mariana.
-Pero papá dice que las otras niñas son más bonitas porque sí se pueden estar quietas.
En su mejilla derecha relampagueó un tic que le fue convulsionando progresivamente todo su rostro con cada acometida; pronto, Tourette se aburrió de su cara y Marianita agitó un brazo, luego una pierna. Cuando se ponía nerviosa o triste empezaba a mover su cabeza de acá para allá, acelerando el ritmo cada vez, hasta entorpecerle el habla.
-A veces, llegamos a sentirnos muy cansadas y decimos cosas en las que no creemos realmente y lastimamos a las personas que…
-Es que… ¡imagínate!, haz de cuenta que tienes un granito de arena en el mero centro de tu cerebro y te empieza a hacer más y más cosquillitas y entonces te desesperas porque quisieras abrirte el cráneo y meterte la mano y abrasarte el cerebro con las uñas pero no puedes, entonces mueves la cabeza y te desesperas porque no sabes a quién dirigirte para que te alivie porque no conoces a nadie a quien le pase lo mismo, así que eso nunca se acaba, ¡nunca!
Se movía de un lado al otro, pero no se animaba a acercarse a mí, al contrario, giró sobre sí misma y quedó de frente a la ventana, seria, tiesa, intentando controlar la rebelión motora que le mortificaba su cuerpecito
-¿Quieres que te cuente un chiste?
-No.
-Resulta que en una familia tenían a un muchachito que nunca había hablado en toda su vida, lo habían llevado con médicos, psicólogos y hasta con curanderos, pero nadie había logrado sacarle palabra alguna, así que todos se hallaban resignados y acostumbrados a su eterno silencio, hasta que una noche, cuando se hallaban cenando, el chico, como si tal cosa, pidió, con voz y dicción perfectas y claras: “Pásenme la sal”; todos se quedaron congelados, sus padres, histéricos, apenas atinaron a preguntarle con estupefacción “¿Por qué no habías hablado antes?”, y el les contestó: “Es que hasta ahora todo había estado bien”, ¿qué te parece?
-Hmm…
Yo hacía esfuerzos por contener una risa estentórea e incontenible, consideraba que ese chiste estaba entre lo mejor de mi raquítico repertorio cómico, pero Mariana no se inquietó siquiera, aún miraba impasible hacía afuera, la noche caía poco a poco y la puerta seguía sin abrirse, solos nosotros dos, sentíamos una curiosa sensación de abandono que encontrábamos soporífera antes que agobiante.
-Papito no llega-me dijo suspirando.
-Seguramente le llegaron muchos clientes, ya sabes que loa ejecutivos de cuenta están siempre ocupados.
-Mamá me dijo que hoy vendría tarde porque tenía una junta en la escuela, con los padres de familia, parece que quieren cambiarla de grupo porque no están conformes con no se qué cosa, pero ella no me importa, la verdad.
-Entiendo.
-Ahora en la mañana les alcance a escuchar decir algo acerca de que hoy terminarían con sus problemas para siempre, pero no entendí de qué se trataba, ¿tú qué piensas?
-Bueno, a mí me parece que ahora también iban a hablar con la persona que quiere comprarles el Pontiac viejo de tu papá, les urge deshacerse de él, ya ves cuantos problemas y gastos les ha generado, sí, eso debió ser.
-Claro-me respondió titubeante.
Algunos departamentos y edificios de oficinas enmarcados por la ventana encendieron sus sistemas de iluminación, lo que, antes que alegrar el interior de la casa, lo ensombreció.
-¿Te fijas?, puedes ver por la ventana las luces de los rascacielos, ellos mismos se ven un poquito como una noche con muchas estrellas, ¿no?
-Pues… sí, así es-una agrura inexplicable me recorrió desde el fondo de mi estómago hasta la garganta.
-Si no me equivoco, cuando era chiquita, siempre que mi papa y mi mama se iban y yo me quedaba sola en mi casa, yo miraba por esta ventana y las estrellitas me jalaban, me sacaban de aquí y yo volaba y recorría todo el cielo.
-Ajá…-me empecé a poner nervioso, aún me pregunto por qué.
-A través de la ventana podía ver la oscuridad de la noche, cuando regresaba de platicar con ellos, con las personas de las estrellitas, y sentía como si estuviera escuchando tu voz otra vez, aunque estuviera sola, y eso era todo lo que resonaba en medio de la quietud.
-Sí, ya desde entonces platicábamos mucho.
-Si mal no recuerdo, la primera vez que platicamos la noche estaba muy estrellada.
-¿En serio?, no lo recuerdo.
-La gente de esas estrellas me quiere mucho, todos los que conocí allá seguramente me recordarán, algún día habrá en que ellos piensen muy especialmente en mí.
-¿Tú piensas mucho en ellos?
Mariana se cubrió el rostro con sus manitas bien apretadas, como intentando impedir que una insondable angustia saliese disparada de algún lugar de sus vívidos recuerdos.
-Me gusta acostarme y pensar que estoy con ellos, sobre todo cuando mi papá se levanta y se va a dormir con mi mamá y me deja encerrada con llave, pienso que de inmediato vienen por mí y jugamos toda la noche.
-Es bonito pensar en eso, te libera de mucha tensión.
-¡Pero es que después sucede de verdad!
-Claro, Mariana, claro, concéntrate en pensar sólo cosas buenas y saldrás adelante.
-La estrella que yo extraño particularmente está muy lejos, esa gente tan bella y amigable y dulce algún día pensará en mí y me recordará con gusto, ¿verdad?
-Así es, tú no te preocupes.
-Me gusta que alguien piense en mí.
-Todos lo hacemos, Marianita.
-No es cierto.
Afuera, el bullicio cesó durante un instante solo para acentuarse escandalosamente poco después, se oyó el ruido de algo que parecía quebrarse y las luces de los rascacielos se pusieron a titilar, yo me había decidido a no dejarme llevar por mis emociones en esa ocasión y, por fortuna, pude mantenerme en mis trece.
-Efectivamente, no es cierto, Mariana, el amor se termina por diversas causas, la gente desaparece, a veces de las maneras más absurdas, pero se esfuma; yo lo haré, tu también, algún día, aunque para eso aún falte muchísimo tiempo, mientras tanto, piensa en ese mundo que hay en ti misma, dentro de tu cabecita hiperactiva, piensa en esas bonitas estrellas que, gracias a Diosito, nunca desaparecerán, créeme.
Se quedó callada por un largo rato. Comunicar una mala noticia, desde mi perspectiva, es una empresa que no cualquiera puede realizar sin resultados lamentables para ambas partes, sigo creyendo que mi función por aquel entonces fue hablarle a Mariana con claridad y dulzura. No sé si lo logré, sin embargo, lo que aún no consigo olvidar, claro, es su reacción. Lindos ojos. Aquel rostro violentado por el impacto debía ser la imagen misma de la purificación por el fuego. Aún hoy no puedo dormir cuando se me aparece en algún punto de la oscuridad de mi cuarto, patrocinado por una noche llena de estrellas.
