Mario
Juan VIII, ascendido al trono de Pedro hace dos años apenas, en 855, ha sido un pontífice al que todos los romanos hemos aprendido a apreciar y respetar por su especial preocupación por mantener la vigencia de la Santa Iglesia, a pesar de todos los problemas que provocan aquellos infieles que gobiernan al mundo ejerciendo mala influencia sobre el resto de los siervos de nuestro Padre, pastor firme y seguro de su autoridad resquebrajada en medio de los restos del Imperio, derrumbado hace ya más de cuatrocientos años y cuya sombra no parece tener el brío suficiente para resurgir de entre una materia detrítica inferior a las cenizas.
El pergamino en el que escribo estas líneas ya se está quejando de la aspereza de la pluma y espero, aún así, poder completar este relato peculiar.
El hecho ha sido por demás llamativo, diría que especialmente vergonzoso, porque temo a los efectos de denominarlo “morboso”, ha sucedido en unos momentos en verdad críticos para todos nosotros; corren rumores terribles acerca de que en las Galias llueve sangre, mientras por estos rumbos debemos soportar la vomitiva hediondez de las langostas que, muertas, caen al mar, como en una maldición bíblica en pleno corazón de la fe universal. El pánico ha cundido y hasta el más valiente empieza a saber lo que es el terror anidado en el fondo de las entrañas; y la coronación de Carlomagno, hace varios lustros, anuncia la consumación de los tiempos, en una profecía no atendida hasta hoy, cuando en medio de la catástrofe las multitudes nos congregamos a vitorear al Papa: exigimos que nos tranquilice.
Así, lo seguimos, porque nos dirigimos a su residencia, al otro lado del río Tiber, en una procesión desde la Basílica de San Pedro, donde la comitiva papal se organiza para pasar por un estrecho callejón entre el coliseo y la iglesia de San Clemente, sin embargo, el horror de la colectividad parece cruzar el angostillo con más ligereza que los ciudadanos que la integran, por lo que un enorme contingente queda atorado al frente del séquito pontificio, provocando la pérdida del equilibrio y el tambaleo del Santo Padre, quien tropieza y cae.
El hombre fuerte de nuestra Iglesia está en el suelo y, por momentos, todo el panorama se paraliza alrededor del Papa, y los cardenales más cercanos se disponen a ayudarlo mientras los fieles se vuelven una masa anárquica, confusa y desesperada, al tiempo que los demás obispos y purpurados forman una valla que intenta evitar que, en el histerismo del momento, el pueblo romano dañe más a Su Santidad de lo que legítimamente desearía ayudarlo.
De pronto, entre la mahorrina de sudores, cuerpos y gritos trastornados de la muchedumbre, comienza a oírse el llanto de lo que parece ser un bebé.
Efectivamente, se confirma que se trata de un bebé recién nacido, que petrifica a los cardenales primero y al pueblo entero después, con su vagido atronador, obligando a todos a voltear al centro de la escena y sorprenderse ante un hecho espectacular e inverosímil concentrado en la mancha de sangre en el piso, alrededor de un ensordecedor grito femenino surgido desde el fondo de la garganta del pontífice.
Escándalo en la Ciudad Eterna, la Papisa Juan VIII en su revelación como mujer ante las aglomeraciones aterrorizadas que sostienen el aire a un mismo tiempo, clamando la sangre de la Vicaria de Cristo y de su hijo, cuyos gritos, fundidos a coro con los de su madre son desoídos por todos los concurrentes: tanto campesinos y comerciantes de hoz y morral como príncipes eclesiásticos investidos por la santa dignidad de su purísimo destino, quienes dan muerte a la Jefa de la iglesia y al retoño papal al mismo tiempo.
De regreso por la senda del Tiber, la concurrencia ha alcanzado la suprema y tranquila beatitud de aquel perplejo que siente haber corregido oportunamente un error que había escapado de su vista por una mera obnubilación de los sentidos y del sentido del deber más elemental.
El ser humano desde siempre ha inventado, con esa habilidad tan propia para mentir e hilar intrigas, medios para ocultar la verdad, de ahí que no deberá sorprender a nadie que todo mundo diga, a partir de ahora, que en realidad Benedicto III, el Papa designado por el Cónclave como sucesor de la ahora innombrable soberana, fue quien gobernó la iglesia desde hace dos años. Seguramente piensan que el mundo está lleno de idiotas.
