January 14, 2006

EL BRILLO DEL METAL

Filed under: Uncategorized

Mario

Entre los muros helados de la sala de mi casa transcurre mi pequeña vida ebria de sonidos desquiciantes en que la música ininteligible se convierte en la única protección contra las cosas que no quiero oír y las personas que no quiero mirar a los ojos, mamá se queja de que mi mirada se pierde por igual en el monitor de la computadora y en el crucifijo decadente que una de mis abuelas puso en el dintel de la puerta de entrada hace unas cuantas décadas y cuyos bordes están totalmente descarapelados, y es que en realidad no hay nada que ver, he aprendido mi vida de memoria, ha llegado la hora de acercarse, desde una prudente distancia, a las de los demás: somos muy afortunados por poseer ventanas, el vidrio es translucido e indiscreto, es una buena protección que da tiempo para armarte con algún objeto contundente mientras el esquizofrénico de la cuadra emprende la carrera hacia mí, harto de que lo mire acariciarse los genitales mientras observe un remolino en el suelo, frente a mi casa; siempre es útil conocer las costumbres de los vecinos, es un buen entretenimiento, con el paso de los años noto su envejecimiento, su tristeza puliendo las arrugas de sus manos y dándole brillo a sus ojeras y labios resecos. Allá van Max y su odiosa mujercita mucho menos alegres que hace un año y el bello cutis de mi vecina Lucía se ha echado a perder con la fabulosa verruga que echa raíces sobre su labio superior y todo eso me hace sentir tan feliz y jovencita que nuevamente agradezco no sé a quién por no haberme dado la costumbre de salir de mi hogar y pasear saludando a los vecinos porque entonces en este momento no estaría aquí contigo sino en cualquier otra parte, en un restaurante con mis amigas (o amigos!) o, aún peor, en alguna casa ajena, y antes de que me diera cuenta, mis manos estarían agrietándose y mi pelo opacándose, cada vez más lacio, hasta aceptar compartir mi cabeza con las primeras canas prematuras. No, eso es imposible, por ello es que estoy aquí, porque quiero que me conserves tal cual siempre que vengas a verme, además, la contaminación se pone peor día con día y no es conveniente que a estas alturas empiece a exponerme a los rayos del sol, vivimos en un lugar caluroso, pero el candor del corazón es lo verdaderamente asfixiante, tengo que caminar mucho para cansarme y hacer que disminuya la excitación que me provoca ver a tanta gente bella pasar frente a mi ventana, esas blusas y camisas con logos de grandes multinacionales me recuerdan el tremendo placer de ver a mis ex-compañeros de la primaria detrás del mostrador de la hamburguesería diez años después y eso para mí es suficiente, el sofoco que sus cuerpos enfundados en esos uniformes vaporosos manchados con grasa vegetal me provocan alcanza a nublarme la razón durante todo el día y cuando los vuelvo a ver (creo que algunas veces llego a mirarlos) vestidos de civiles no los reconozco y ese es un gran aliciente para que mi mundo interior no sufra ningún daño severo. Lo que más me emociona en este mundo son los ancianitos, babeo cuando observo a Don Antonio (o a Don Emigdio, podría ser) arrastrarse por la calle frente a mi banqueta con el periódico bajo el brazo y el filtro ardiente de un Raleigh entre sus deditos arrugados y entonces quisiera salir y secuestrarlo, obsequiárselo al porvenir entre los efluvios amorosos de mi suave aliento y mi excelente café express, porque siempre he pensado que los viejitos (adultos mayores, les llaman en la televisión) se merecen todo lo bueno y las más sinceras atenciones pero, tú sabes, el sol, el viento, en realidad el ambiente se ha vuelto sumamente hostil año con año, las cosas no tienen la misma claridad de antes, eso me impide salir de dulce claustro seguro, hermético, debo mantenerme tal y como me viste la primera vez, refugiándome en la zona más sombreada de la banquita del parque del fraccionamiento, odiaba tanto el metal caliente del asiento, tan luminoso que me pareció que hervía, pero no me atreví a levantarme porque no quería sentir el calor de la naturaleza horadándome las orejas y aquí me tienes y, no me hagas mucho caso, pero una vez, una sola vez, vi a unos gemelitos tomados de la mano caminando perfectamente sincronizados ante mi ventana pero no localizar en el paisaje a sus padres, simplemente pasaron, y yo los vi, con sus cabecitas rubias proyectando el destello dorado del sol de la tarde y se fueron para siempre y supongo que no debo repetirte que no podría haberme asomado a la calle porque ya has entendido que no hay motivo para eso pero, retomando un diálogo que escuché en una película de la que ya no recuerdo a sus protagonistas, podría explicarte aquel acontecimiento diciéndote que son raras las oportunidades de aventurarnos mas allá de nuestra rutina diaria, pues eso depende del buen ánimo de que se disponga, algo ya muy raro en este tiempo de bienestar generalizado y el momento justo en que notamos esa necesidad es cuando el corazón se congestiona y la garganta se cierra ante la sorpresa de sentir cómo se va haciendo insoportable el deseo de no morir jamás.

Comments »

The URI to TrackBack this entry is: http://britneyks.blogsome.com/2006/01/14/el-brillo-del-metal/trackback/

No comments yet.

RSS feed for comments on this post.

Leave a comment

Line and paragraph breaks automatic, e-mail address never displayed, HTML allowed: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <code> <em> <i> <strike> <strong>