Mario
La tensión y el celo se han ido, ahora solo hay esporas flotando en ese calorcito acogedor que hace que las cuatro paredes de concreto se vuelvan de fragante pino y que sientas tu pecho a punto de estallar de regocijo; tu precioso muchachito retoza ágil en el campo de juegos, dando vueltas gozosas alrededor de los demás efebos de marfil turgente. Piernas, agua y pasto, y tu mano certera interviniendo el alegre morral multicolor, tocando, sintiendo, cebándose en fugaces explosiones de placer táctil arrobando cada surco de tus huellas dactilares hasta que la feliz conclusión de tu búsqueda te llena la palma de suaves mixturas de almizcle y menta. Corres. En la soledad de tu habitación te diluyes entre los ángulos refrescantes de su letra “F”, de esa firme parte de su esencia que ahora es la tuya en tanto sientes cómo la torre del templo se yergue maciza, cortando el aire, hasta que tu corazón explota y la bruma cancela al sol.
