January 14, 2006

DESVARIOS MISCELANEOS

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Mario

I.-La última lluvia en la casa

Se presentaba al principio como una molesta gotera que resonaba en los oídos como una tortura incesante que hacía pensar que había llegado para establecerse por siempre la rutina casera, daba la impresión de que, sin importar cuantos soles se desplegaran bajo la comba celeste, siempre encontraría una nube particular de dónde sacar las aguas del hastío y la ansiedad. Frecuentemente subían todos los miembros de la familia a la azotea para tratar de localizar el foco de tan atronador martirio; y un día descubrieron una gotera en el techo abriéndose paso entre el viejo asbesto desgastado, haciéndose poco a poco lo suficientemente poderosa para vencer paulatinamente la estructura del techo sin que nadie lo percibiera hasta que finalmente, en una tarde lamentablemente densa por culpa de un sol indeciso y opaco, terminó por reventar el sobradillo e inundar la casa con todo y habitantes, por primera y única vez, como en un diluvio de poca monta.

II.-Desintegración

Cuando despertó, se volvió hacia la ventana y observó todas las cosas convertirse en una masa de barro pringoso. Saliendo a verificar la panorámica del exterior, pudo percatarse cómo los edificios se tambaleaban tras unos segundos de temblor ondulante y alucinado, que cimbraba todo su imponente volumen. Después, dirigió su mirada al piso intentando distinguir cualquier vibración sospechosa, desde un zapateo particularmente fuerte hasta el nacimiento de un sismo de magnitudes colosales: nada. La gente caminaba y realizaba sus actividades de manera regular, como si nada estuviese sucediendo, sin inmutarse, paseando, trabajando, a veces corriendo; de pronto, todo ello le pareció la escenificación de un paisaje asaz grotesco, magnificado con cada cosa y cada ser conforme deambulaba por la ciudad, contemplando horrorizado a los edificios desintegrándose y reintegrándose, hasta que él mismo se desintegró.

III.-El velorio

Fue largo el proceso de embalsamamiento, monótono y rutinario pero, al final, el cadáver quedó listo para su presentación, con todo boato y elegancia, en el pomposo circo social de las exequias de rigor para aquellos cuerpos tan bellamente adornados para su lucimiento eterno en las entrañas de la tierra. Pero en el momento de su colocación en el estuche, y de su mismísima entrada triunfal a la capilla, se pudo sentir un cambio significativo en el ambiente, otrora relajado y levísimamente bullicioso. Todos los presentes tuvieron la sensación de estarse careando con la personalidad afectada y adusta del ahora occiso; es increíble lo que una persona habilidosa puede hacer con varios kilos de maquillaje y la disposición de la materia vieja, correosa y tradicionalmente malhumorada como la de este hombre que había sabido transmitir su sombrío estado de ánimo de la vida a la tumba, no sin antes mostrarse marchito ante los ojos atentos de sus deudos.

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