Mario
I
Pero, ¿por qué se acaba de estrellar Martín de la Concha?, ¡si hace tan sólo un par de horas estuvo departiendo tranquilamente con Amparito!, ¿no es injusto que aquel paro cardiaco, tan inminente desde hacía tiempo, lo alcanzara justamente en la carretera?, sí, pero el corazón es traicionero, sobre todo si es de Martín de la Concha, ¡mira que sacar todo el dinero del banco para luego huir a la frontera!, si, ese era un plan mezquino, pero funcional y práctico, después de brindar gozosamente con su esposa y una copa de cognac adulterado, la conciencia dicta una orden, que en esta ocasión ha sido la de escapar, junto a su pequeño helecho y sus últimos diez mil dólares.
II
-¿Cómo que no puedo pasar?, ¡traigo prisa!-. Le grita desesperado Martín de la Concha al agente que realiza un retén cerca del lugar donde su Grand Marquis 1992 se ha estrellado contra un árbol; el tránsito no se percata sus gemidos, es obvio, los muertos no hablan ni son escuchados; parece que no hay duda, Martín de la Concha está muerto, pero, ¿por qué?, ¿no ha sido él la persona más buena y decente que podía ser?, ¿no hacía visitas a los orfelinatos durante la navidad?, ¿no pagaba a tiempo sus impuestos?, ¿no les regalaba una botella de brandy a los empleados de limpia cada año nuevo?, sea como sea, ahora todo ha quedado atrás.
III
Martín de la Concha gustaba de cuidar plantas, todos los días se levanataba y se dirigía a su helecho, le limpiaba las hojas y le quitaba el polvo a su maceta. Sí, como padre era sobreprotector, “el que no tenga hijos, que tenga plantas”, decía, y es por eso que para esa huída se había llevado a su chiquirrinín, (¡chiquirrinín!, ¡chiquirrinín!, ¿quieres más agua, chiquirrinín?), esa planta que su esposa odiaba tanto; por eso lo había invitado a comer, por eso le había preparado esa copa de cognac sospechosamente turbio, con la cual poder llevar a cabo la ejecución de esa idea con la que ella, Amparito de de la Concha, había despertado por la mañana (si no mato al helecho, mato a Martín).
IV
Entre los restos mortales e incomibles de ese delicioso filete mignon y los exóticos aromas de las digestiones difíciles, Amparo y Martín levantaron esa tarde sendas copas de cognac y se desearon salud, en un momento en que se ocultan los intereses que hay detrás de la cordialidad; Martín no sabe cómo decirle a su esposa que se ha enamorado de otro helecho y quiere llevarlo a casa; Amparo no sabe como decirle a su maridín que está preocupada porque esa tarde lo va a matar porque simplemente ya no lo aguanta ni a él ni a su terregoso hijo, y ha olvidado cual de las dos copas contiene el cianuro potásico; pero, en fín, hay momentos en los que sólo se puede reir y decir ¡Salud!.
V
Vale la pena mencionar aquel momento glorioso en que ambos, como en sus buenos tiempos, volvieron a jurarse amor para toda la vida para después saborear placenteramente de los soberbios platillos servidos. Amparo observa el juego que hace la garganta de Martín cuando traga el contenido de su cáliz, porque con su maridito fuera de circulación podrá tomar el dinero del seguro y disfrutar de sus anheladas vacaciones en la Costa Azul, finalmente, cuando vuelve a dirigirle la mirada a Martín, éste coloca su copa vacía en la mesa, junto a su plato.
VI
Entonces, analiza el fondo de su copa y se preocpua al observar fríamente los restos del líquido, el extraño gusto amargo que paladea y la sensación de que Martín ha escapado por la puerta de sevicio que se encuentra al lado de los baños del restaurante con la intención firme de desaparecer cuanto antes, le hace pensar que tal vez algo ha fallado en su plan.
VII
Como que había observado las intenciones de su mujer desde un principio, así de seguro estaba de lo que podría haber pasado esa tarde, había visto la malicia bailar en las pupilas de Amparito, por eso decidió ir al baño un momento, para tranquilizarse, para aclarar las ideas, entonces, en el camino, a través de las ventanas del corredor turquesa de la sala de los sanitarios, vio su vehículo, brindándose a su perplejo propietario desde el estacionamiento, ofreciéndole la oportunidad de huir y salvarse, junto con su helecho, por supuesto, de aquella bestia, de esa arpía psicópata en que se acababa de convertir su esposa, por lo que decidió seguir sus instintos: salió por la puerta de servicio, montó su automóvil, fue a su casa, recogió a su única razón para vivir, fue al cajero y tomó carretera.
VIII
Con su preciado y clorofílico acompañante en el asiento de al lado, Martín de la Concha, parte rumbo a un destino desconocido, pero que espera que sea lejano y seguro, para así comenzar una nueva vida llena de oportunidades, satisfacciones y helechos, sí señor, la fortuna lo ha colocado en un punto central, y sería imperdonable desaprovechar la oportunidad, en ese preciso y mágico momento, por la carretera y dirigiendo su bólido ’92 hacia la libertad, un árbol no parece tener gran importancia, y menos para un hombre que es tan libre que puede darse el lujo de desobedecer reglas de tránsito elementales y salirse la carretera en medio de un infarto masivo.
IX
-¡Martín!, ¡oye!, ¡vamos, despierta!, ¡tenemos que movernos muy rápido para poder alejarnos cuánto podamos!, ¡mira, hasta la policía acaba de llegar!, ¡en serio que tus distracciones no pueden dejar nada bueno!-exhorta Martín de la Concha al Martín de la Concha que se halla boca abajo, sobre el volante de su auto; las cosas son ahora muy distintas, los espiritus condenados no tienen oportunidad de salvación y, aunque Martín es un buen hombre que siempre visita los orfanatos haciendo obras de caridad cuando puede, paga puntualmente sus impuestos y provee generosamente de su dotación navideña de brandy a los recogedores de basura, se ha olvidado de lo más importante: ¡no le ha puesto agua a su chiquirrinín!.
Podemos decir que, simplemente, ha cometido uno de los peores crímenes que un padre puede cometer contra su hijo, la negligencia a ese extremo puede y debe castigarse ejemplarmente, pero ahora ya no importa, también diremos que las prisas en esta ocasión se explican por el temor que inspira la certeza de que la vida corre peligro, el hombre que dijo, para excusar la estrechez insólita de su uretra que quién no tenga hijos, mejor que tenga plantas, ha faltado (y lo hará por los siglos de los siglos) a su responsabilidad como padre de esa pobre plantita a la que ha secuestrado como parte de un ominoso plan para huir sin huella, es por eso que ahora, al morir, se ha quedado atorado en esa terrible duda, ¿a dónde ir?.
X
Martín de la Concha Honrubia, licenciado en Derecho y defensor de la vida de las plantas, existe, aunque ya no sin el envoltorio del cuerpo material, en medio de la vida y de la muerte, sin saber qué es peor, si haber trastocado su existencia y su destino al huir del lugar donde su esposa perecería lastimosamente entre la frustración inconmensurable que sólo provoca un intento malogrado de homicidio, o haber sacado, sin darle de comer a su hermoso helecho de la casa donde había vivido tantos años venerándolo, para después olvidarse de la trastornada Amparito que en estos momentos habría estar seguramente, carcomiendose por el odio, la impotencia y la copa de cognac que definitivamente le ha sentado mal.
Tal vez ambas cosas sean igualmente graves, pero ahora, ese oscuro laberinto ético de contradicciones, indecisoines y desesperación se encuentra resumido ante los ojos de Martín de la Concha en la inexpugnable soledad de la carretera larga y sinuosa en la que se encuentra, destruido, paralizado y rodeado por paramédicos y policías ineptos, porque, a la muerte del mundo de la materia tal como lo conocemos, solo puede seguir el desasosiego del que se sabe pérdido en la confusión para toda la eternidad.
