Mario
1
Me levantan a las seis de la mañana en punto, tras una sarta interminable de irritantes arengas como ¡Mariana, levántate que ya es tarde!, me despabilo y acabo de comprender que ha empezado un día más de escuela, a donde, he de aclarar, no voy, me llevan.
Salgo de la cama, bostezo y el tufo pestilente de los gérmenes acumulados durante la noche sale disparado omnidireccionalmente, trato de que esto no ocurra, tapándome la boca con las manos, pero mis esfuerzos resultan infructuosos, mi mamá se da cuenta y me manda al baño a lavarme.
Después de desahogar mi vejiga y de limpiar mis dientes careados, tengo oportunidad de tomar una siesta de diez segundos sobre las toallas pachoncitas y así no sentir el frío estrujante del azulejo en el cachete, como otras veces me ha sucedido, que es cuando paso media hora estornudando, sin embargo, muy pronto debo abrir los ojos hasta donde las lagañas me lo permiten y salir a cambiarme, pues mamá grita mucho, demasiado para mi gusto, y es que somos tan diferentes… ya nos han dicho en varias ocasiones que no nos parecemos en nada y ella misma me comenta que podría jurar que no soy su hija de no haberme observado cuando me parió.
Entonces salgo del baño y en mi cuarto, sobre la mesita, me espera una charola con agua, café, pan tostado y cereal, son las seis con diez, mamá enciende la televisión y la pedestre voz del conductor del noticiario matutino, acompañada de una música repelente que me taladra los oídos, inunda la habitación, mi mamá no alcanza a entender, mientras sube el volumen hasta unos cuantos puntos antes del nivel máximo, que a estas horas de la mañana no tolero ni siquiera el viento que se cuela por los agujeros del marco de la ventana, es como si todas las sensaciones me llegaran magnificadas por la modorra que me permite apenas mover lentamente mi mano para alcanzar la taza de café.
Me da mucho asco desayunar, al menos tan temprano, generalmente me como un pastelito o una fruta al mediodía, mamá tampoco acepta eso, y por tal motivo me sirve un desayuno rebosante de sabrosas viandas que comería gustosa si fueran las diez de la noche, pero que en este momento simplemente no puedo disfrutar, es como si mi estómago decidiera no abrir sus puertas en este ingente horario, pero no le queda más que aceptar resignado lo poco que alcanzo a tragar antes que mamá empiece a gritar histérica, clamando porque me ponga los calcetines.
Me gustan esas calcetas largas y sueltas que me llegarían a la rodilla si no fueran tan cómodamente flojas, son calientitas en invierno y se vuelven frescas y confortables en los días de calor, el resto de mi uniforme es simplón y nunca me ha gustado, pero siento que lo odio cuando debo levantarme a ponérmelo en menos de un minuto porque de nuevo se me hace tarde y mi mamá no deja de patear la puerta de la sala para darle acompañamiento a sus berreos de inconformidad, pues faltan quince minutos para que den las siete y yo ni siquiera me he puesto los zapatos.
Y cuando salimos de casa y me acomodo en el asiento del carro, estoy tiritando, aunque afuera el sol brilla con una intensidad calcinante y el vecino pasa trotando vestido con una playera de manga corta y unos shorts que me hielan las piernas con tan solo mirarlos, ¡qué difícil es hacer las cosas cuando una no tiene ganas de nada más que quedarse bajo dos cobijas hasta la tarde sin que nadie le interrumpa el sueño!, pero parte de la disciplina tal y como la entienden los directivos de las escuelas parece ser la de pasar diariamente por el suplicio de ese frío mañanero que llega hasta le medula mientras va congelando los huesos.
En el camino trato de pensar en algo estimulante que pudiera ocurrir en el día para despertar un poco e ilusionarme por llegar a la escuela, pero no lo logro, solo recuerdo que debo entregar un obtuso ensayo sobre las drogas en la clase de Orientación Educativa, donde ahora están manejando contenidos programáticos que se dirigen a sus alumnos menos iluminados, para que no se quiebren mucho la cabeza tratando de presentar trabajos sobre temas de actualidad o por lo menos, levemente originales.
Llegamos a la escuela, me despido de mi mamá, me bajo del carro y cruzo la puerta principal, paso por la dirección y voy caminando sobre las canchas deportivas cuando de improviso siento que alguien me detiene con un apretón en la cintura.
-¿A dónde cree que va, señorita?-Me grita el prefecto, mientras me encamina de vuelta sobre mis pasos hasta la oficina de la directora donde me sienta en una silla del escritorio para luego retirarse dando un portazo y dejarme sola a la espera de alguien con autoridad venga a recriminarme por mi mala, irresponsable, poco cooperativa y asocial conducta, reflejada en los escritos liberaloides que he tenido el desacierto de publicar en el periódico escolar en ocasiones y más frecuentemente en el tablón de mensajes.
Los siguientes diez minutos los paso en total soledad, el silencio es abrumador y acaba por cansarme, aunque no tanto como la efusiva llegada del profesor Antonio, orientador escolar, quien no parece traer intenciones de aplicarme algún correctivo.
-¡Mariana!, ¿cómo estás?, por favor discúlpame por el recibimiento que te han dado, pero es que hemos tenido algunos problemas con los directivos con varias de las cosas que has escrito, pero no te preocupes, lo que pasa es que estos imbéciles no comprenden tu esencia-Me dice, mientras acaricia el pelo sobre mi hombro y toma mi mano para levantarme de la silla.
-Me parece que comparto su opinión-Digo por decir.
-Jajaja, bien, ahora apúrate que hay muchas cosas que hacer, vámonos antes de que llegue alguien.
Salimos apresuradamente, encuentro desconcertante que mi trabajo sea requerido tan temprano por el profesor, de ahí que para sacar platica, pregunto:
-¿A dónde vamos?
-¿A dónde crees?, a mi oficina, ni más ni menos, tenemos muchas cosas de qué platicar-Responde agitado el profesor Antonio.
-Pero, ¿no voy a entrar a mis clases de hoy?
-No tenemos tiempo para pequeñeces.
Entramos al Departamento de Orientación, en su cubículo se pueden observar carteles informativos sobre el SIDA, las drogas, el aborto, etcétera, lo de siempre; mientras los miro, el profesor Antonio, va esquivando con movimientos cadenciosos los papeles tirados en el piso hasta sentarse ceremoniosamente en su silla.
-Bueno, estuve leyendo tus artículos sobre el gobierno y las mafias infiltradas en él, y también eso que escribes acerca de que en la cafetería usan vísceras de desecho para preparar los antojitos, son interesantes, aunque estarían mucho mejor si le bajaras un poquito al tono crítico que les impregnas.
-¿Qué quiere decir con eso?-Pregunto dando un brinco, finalmente, ya estoy despertando.
-Lo que quiero decir es que uses tu mente para otras cosas, que escribas tus pensamientos sobre otros temas menos dañinos para la sensibilidad de algunos, empezando por los profesores de aquí.
Lo miro con seriedad, y aunque no me sorprende la poca sutileza de su censura, comienza a aburrirme la falta de habilidad con la que él y otros de mis maestros conducen esos reproches plagados de argumentos que se caen como parches mal pegados.
-Quiero que escribas algo sobre las drogas, un ensayo aparte del que te encargué en clase, en el que plasmes las verdaderas ideas que manejas sobre el tema de las adicciones en general, dando algunas aportaciones personales sobre cual es la manera más eficaz de hacer que la juventud se aleje de ellas-Dice el profesor Antonio, descubriendo sus intenciones.
-Lo siento, maestro, pero yo nunca he escrito nada sobre las drogas, y lo que le traigo es sólo una investigación, la verdad es que ni me interesa-Contesto, esperando dar por terminada la charla.
De pronto, observo que el rostro del profesor comienza a enrojecerse de ira, creo que podría freírse un huevo en su calva mientras se observan sus ojos desorbitados.
-¡Escúchame, estúpida!, no voy a permitir que me salgas con esa basura, yo soy el que ha disuadido a todos los malditos directivos para que no te expulsen por las idioteces que has escrito contra ellos y te dieran una segunda oportunidad, ¡por mí es que sigues en esta escuela!, si por los maestros fuera, desde hace mucho que te hubieran echado a patadas por rebelde y subversiva, ¡me debes una y ahora me la voy a cobrar!
Me quedo quieta, es algo impresionante, jamás había presenciado a ningún profesor y menos a este, tan molesto, me parece algo inaudito, todo lo que ha dicho es ofensivo, pero bien cierto, y no me queda más que doblegarme.
-Está bien, señor.
-Muy bien, hay un simposium de Orientación Educativa en Tecate, dentro de una semana y tu vas a ir, y no me vayas a decir que no, porque ya sabes a lo que te atienes.
-De acuerdo, ¿para cuando quiere el trabajo?-Pregunto con la mirada gacha.
-Para mañana mismo, sin falta, Mariana-Contesta el profesor Antonio mientras saca un cigarro.
-Para mañana lo tendrá-Finalizo, sigo mirando al suelo.
-Correcto, ahora, ¡largo!, tienes el día libre, vete a hacer esa ponencia, ¡tres cuartillas, portada, introducción, desarrollo, conclusión, propuestas y bibliografía, doble espacio, a computadora!-El maestro enciende otro cigarro con la punta del anterior, que apenas se ha consumido hasta la mitad cuando lo magulla en el cenicero.
Salgo de la oficina con la mente en blanco, finalmente, no es él la primera ni la última persona a quien veo gritar con esa fuerza histriónica, parece que he olvidado las escenas de mi mamá cuando me nalguea y me jala de un pie para hacer que me levante todas las mañanas.
Llamo por teléfono a casa, mamá se sorprende porque le hable tan temprano.
-¿Qué pasa, Mariana?-Pregunta azorada.
-Ven por mí, te explico en el camino.
Cuelgo el auricular, me coloco frente a la puerta y aspiro el polvillo que emana del suelo de terracería, y cuando veo llegar el carro de mi mamá me parece tan reconfortante que relajo todos mis músculos.
-Ahora sí que me fastidiaron-Comento en cuanto abordo el auto y le beso la mejilla a mamá.
-¿Y ahora qué pasó?.
-El profesor de Orientación Educativa me ordenó que escribiera un trabajo sobre las drogas para mañana, y yo tenía planes para mañana-Chillo con la esperanza inconsciente de que mamá baje a reclamarle al profesor por su abuso, como en mis buenos tiempos de alumna de primaria, cuando ella pertenecía a la mesa directiva y me libraba de hacer tareas o ejercicios que no me gustaban con una simple conversación con mi maestra.
Aunque lo anterior se lo digo, por supuesto, sin tocar de ninguna manera el tema del berrinche del profesor, ni de mi inminente expulsión de la escuela por mis insolentes ataques contra los profesores.
Después, entro a mi cuarto y me siento en mi escritorio dispuesta a escribir un nuevo trabajo, aunque pasan horas y no me llega ninguna idea interesante con la cual presentar nada, lo que es desesperante, sobre todo para alguien que esta acostumbrada a presentar sus opiniones tal como son, y la actual situación me lleva entonces al extremo de reciclar un antiguo trabajo sobre las tribus suburbanas y su adicción a los inhalantes…
¡Voilá!, tengo ahora la ponencia lista para engargolar.
Así las cosas, tan fáciles y tan afortunadamente simples, solo resta mostrarle el ensayo al profesor Antonio, para que con su venia se me permita por parte de la dirección asistir a uno más de esos eventos en los que los participantes, como los panelistas de Cristina, llegan al salón, hablan, discuten, se destrozan y se van con todos sus problemas agravados a la enésima potencia, pero con el dulce o amargo sabor de la victoria o derrota intelectual en el paladar.
2
Al día siguiente, muy oronda, paso directamente a Orientación y al cubículo del profesor Antonio, de verdad que me muero por enseñarle mi trabajo, así que entro y mi recibimiento es un poco diferente al del día anterior.
-¿Quién te dio permiso de entrar aquí?-Grita el profesor, furioso.
Su imagen es igual a la que tanto me impresionó en nuestra conversación anterior, el círculo de su pelona se pone tan rojo que parece la mecha de una estufa.
-Eh, maestro, aquí le traigo la ponencia que me pidió.
Entonces, el semblante del profesor se transforma radicalmente, el rostro enfurecido se torna en una cándida sonrisa hipócrita.
-¡Ah, perfecto, muy bien, Marianita!, ya era hora de que me hicieras caso y utilizaras tu cacumen para algo constructivo…-Exclama el maestro mientras me arrebata las cuartillas para leerlas y dar rápidamente su veredicto-…hmm, me parece que este es el mismo trabajo que presentaste hace poco, te reprobaría y te mandaría expulsar por este embuste, pero la verdad es que ya no hay tiempo para hacer cambio y si no presento ninguna ponencia a los directivos del Colegio, podrían descontarme una parte de la quincena.
-¿Y eso qué significa entonces?-Pregunto inocentemente.
-¡Que estás dentro, mocosa!, pero una cosa sí te voy a decir: estás en la cuerda floja, si lo creo conveniente, puedo mover todo para que te echen inmediatamente de aquí, pero si te portas bien, yo me portaré bien.
Mientras dice esto, se levanta de su asiento, se dirige hacia mí y pone sus manos sobre mis hombros, la escena me parece ridícula y grotesca y por un momento me recuerda esos comerciales televisivos en los que se conminaba a los niños a rechazar cualquier propuesta indecorosa diciéndole “no” al adulto que se acercara a ellos y después correr y contar el suceso a quien más confianza le tuvieran.
¡Qué fácil era decir “no” en esos comerciales!, todo era cuestión de apegarse al libreto, pero en la vida real, en mi caso, específicamente, por lo general no hay manera de aplicar ningún tipo de diplomacia, pues eso equivaldría a rechazar la oportunidad de quedarme en la escuela.
Los ojos del profesor se ven amenazantes, hay algo en ellos que no me gusta, nunca me ha gustado, aunque no alcanzo a distinguir qué es.
-Si maestro, como usted diga-Respondo, aún sin creer que me encuentro en esa situación.
-Bien, si quieres, puedes tomarte el día libre, y mañana vemos lo del concurso, preciosa-Comenta, meloso, el profesor Antonio.
-Hasta mañana, maestro.
Salgo de su oficina y se repite el mismo cuento, llamo a mi mamá, que se queda azorada por mi temprana salida de la escuela, llega por mí y esta vez no hace ninguna pregunta.
Llegamos a casa y sin decir media palabra, me retiro a mi cuarto, donde me subo a la cama y pienso en lo que ha pasado.
¿Qué quiso decir con eso de “preciosa”?…
Es realmente increible que ocurran estas cosas, por supuesto, no me queda más que seguirle el juego al maestro, cualquiera que sea, aunque no deja de incomodarme esa sensación de estar fichada y no poder acudir a nadie para platicar lo que me pasa, ya no digamos, para denunciarlo, llegado el momento, ni a los directivos, que me detestan, ni a mis profesores, que no me soportan, ni a mi mamá, que no tiene una idea de cómo es mi vida en la escuela, ni a mis amigas, que no tengo.
Después, por la mañana, entro a la escuela, cruzo los campos de basquetbol y, de improviso, siento que alguien me toma de la espalda y comienza a manosearme muy ligeramente por los costados, aunque sé desde el primer momento de quién se trata, se puede decir que por instinto volteo y preparo todas mis fuerzas para lanzarle un fenomenal sopapo al pícaro atrevido que ha osado tocarme.
Pero nada, tal y como mis presentimientos me lo indican, se trata del profesor Antonio, quien ahora me dedica una mirada más que feroz, como si quisiera devorarme y saborear mis carnes con solo sus ojos.
-Mañana, a las tres cincuenta de la madrugada, te quiero aquí puntualita, ¿me entendiste?
Y ahí estoy, en la madrugada, esperando a que llegue el profesor Antonio, congelándome a la puerta del camión, siento los mocos como estalactitas asomando por las fosas nasales, traigo las uñas moradas y mi mandíbula no deja de trastabillar; de repente lo veo venir, se le nota molesto y es que no es para menos, levantarse a estas horas no algo para un para un haragán como él.
Entro en el camión y noto en el fondo a mi amiga Laura, quien parece que participa con el otro orientador, me apresuro a sentarme a su lado, cuando el profesor Antonio me jala y me lleva al asiento de su lado.
-¡Tú te vas conmigo el resto del viaje!, ¿de acuerdo?-Me grita.
Asiento tímidamente con la cabeza, no tengo ganas de ponerme a discutir ni con él ni con nadie.
Entonces ahí voy yo, algo adormilada, junto a un cerdo gaznápiro de cien kilos, de los cuales, por lo menos cincuenta son de puro ego; creo que es terrible la forma en que se han ido dando las cosas, ahora que lo pienso mejor.
Entramos en la carretera cuando, de improviso, el profesor Antonio se queda dormido, y, al despuntar el alba, me duermo yo también.
Siempre tengo el mismo sueño, mi mamá y yo en una de aquellas terrazas como las que tienen esos jubilados ricos en Malibú, tomando el brunch al mediodía: unas lascas de salmón ahumado, un aderezo de salsa tártara, una baguette para preparar sandwiches, acompañándolo todo con una copa de vino blanco; las dos, vestidas con unas cómodas blusas de algodón y pantalones frescos para pasar los atardeceres calurosos, aunque nunca son realmente calurosos, simplemente son templados como el agua de la piscina que tenemos frente a nosotras, coronando el paisaje de un día con vistas luminosas y perfectas, como en las películas Technicolor de las que mi abuela hablaba con tanto ánimo desde que era joven.
Luego, un ligero cosquilleo en mi pecho me despierta y me encuentro conque el profesor ha colocado su mano bajo mi suéter y, más pronto que inmediatamente, me la quito, cuidándome de no proferir ninguna maldición entre dientes, me parece increible que esto esté sucediendo, aunque de cierta manera, me lo esperaba.
Luego de pasar La Rumorosa, entramos a Tecate, el profesor Antonio comienza a cabecear, ya está despertando, se coloca sus lentes, voltea a verme, se muestra perturbado y yo sólo alcanzo a decirle ¡Hola!
-¿Ya llegamos?-Pregunta vacilante.
-Casi, ya estamos en Tecate, en unos minutos más llegaremos a la escuela.
Mientas, el camión se adentra en al zona urbana, al momento de bajar el maestro me toma de la cintura, y no alcanzo a decir palabra, parece que finalmente me he adecuado al papel que desempeño en esta ocasión.
3
El alumnado se deja ir como estampida al interior de la escuela, yo por mi parte, entro acosada por las manos del profesor Antonio que recorren discretamente mi baja espalda, detrás de nosotros, está Elliot, un compañero con el que rara vez hablo pero que siguió atentamente nuestros movimientos en el camión y que, en su afán de llegar a tiempo al salón audiovisual avanza rápidamente, a pesar de su evidente sobrepeso, empujándonos al maestro y a mí, con lo que nos hace tambalear.
Como pudimos, recobramos el equilibrio y lo primero que veo al erguirme es al profesor Antonio histérico, que no tiene el menor empacho en gritarle agresivamente a Elliot.
-¡Ten cuidado, idiota, fíjate por dónde caminas!
Elliot pone los ojos como platos, no dice nada y se va.
-Profesor, no le grite así, no tuvo la culpa de nada-Abogo, para tratar de hacerle comprender que lo ocurrido es una nadería.
-¡Tú no me vas a decir lo que tengo que hacer!, ¡yo le grito a quien quiera, cuando quiera!, ¿me entendiste?, ¿o qué?, ¿por qué lo defiendes tanto, eh?-Me pregunta maliciosamente-¡Anda, camina!-Y vuelve a colocarme su mano en mis posaderas, contengo la respiración.
En el lobby del auditorio, nos registramos en la lista de participantes, y pasamos a sentarnos en nuestras butacas, es ahí donde se escucha una música suave, pero no tanto como los asientos, que son deliciosamente cómodos, aún y cuando sé que ahí está el profesor comienzo a sentir cierta somnolencia en la que permanezco hasta que oigo mi nombre completo por el altavoz, es hora de leer mi ponencia.
Subo al podio y la leo.
Al final, los jueces no están muy convencidos, el profesor Antonio lanza lumbre por los ojos y Elliot me nota preocupada; pasa el rato y se dan a conocer los primeros lugares en los que, como lo imagino, no estoy incluida.
Tras el evento participamos de una pequeña comida para romper el hielo, voy por un sandwich y tengo oportunidad de charlar un rato con Laura y Elliot, quien ofrece disculpas y se retira al sanitario; mientras, busco con la mirada al profesor Antonio y no lo veo, ahora sí estoy preocupada.
Al caer la noche, salimos del auditorio, Laura es tan amena cuando quiere que me ha hecho olvidar a todos los demás, hasta que, junto a una jardinera, me encuentro con los lentes de carey destrozados del profesor Antonio, voy a tomarlos cuando Elliot me chifla, el camión ha encendido el motor y antes de pensar nada, me subo y tomo mi asiento, sin la presencia del profesor puedo finalmente notar la belleza del paisaje nocturno de la zona rural desde la ventanilla.
Entonces, a pregunta expresa de la profesora Conchita, de Matemáticas, Elliot contesta:
-El profesor Antonio volverá a Mexicali, en el auto del Director General, podemos irnos-Dice, y me guiña un ojo mientras el autobús se pone en marcha.
Entonces, recargo mi cara en la ventana, mis ojos miran hacia un punto perdido en la nada y me pregunto: cuando se acabe el tiempo, ¿qué pasará con gente como el profesor Antonio, que no alcance a arrepentirse de sus errores?, creo que nada que podamos imaginar.
Epílogo
Realmente no sé si a alguien le interese lo que pudiera contar, mi mundo es tan pequeñito que podría platicártelo en un una sola carta, pero lo haría con gusto, en serio, valerme de otros para compartir lo que hay en mí, desde mi entorno diario hasta episodios de mi vida que creía olvidados, fue motivo de mucha reflexión y discusión conmigo misma, no quiero importunar a nadie con mis asuntos, que tal vez no interesen tanto como los de un estudiante exitoso, los de un atleta consumado o los de una rubia, pero son tan míos que siento que cada día que pasa es irrepetible pero al mismo tiempo permanente y constante en mi existencia, algunos le llaman rutina, para mí solo representa la vida que disfruto siempre, por ello quisiera dar una notita alegre a todo esto, ya que lo único que puedo hacer es comentar sobre lo que soy, quiero decir que me considero feliz, no sé si mi vida sea peculiar, como dicen algunos, o monótona, como aseguran otros, mientras averiguo, solo me queda pedirte que seas tan feliz como puedas y como gustes, yo por ejemplo, soy feliz cuando me encuentro algo bueno en la tele, cuando salgo con mi mamá a cualquier lado, cuando papá vuelve de viaje y me lleva a comer, cuando por la mañana despierto y veo a Kiki, un hermoso delfín de peluche con el que duermo, cuando me gusta una canción y mi mente no deja de repetirla durante días, cuando me como un cono de nieve de pistache que mamá me compró a escondidas en la tienda y con el que me sorprende cuando termino de comer todos esos asquerosos brócolis…en fin, hay muchas maneras de ser feliz, y yo comento esto porque creo que tengo algo más para platicar aparte de esta historia que no me parece ni bonita ni fea, sino una de tantas que pasan todos los días, sin que por ello debamos renunciar a nuestros sueños y momentos de alegría, ni mucho menos a las cosas que nos gustan, a mí me gusta escuchar el walkman a todo volumen, caminar con los pies descalzos, comer muchos dulces, dormir hasta muy tarde, leer algún libro interesante, salir a pasear y simplemente mirar todo lo que me encuentro, tratando de encontrar la razón por la que cada cosa está ahí precisamente y muchas cosas más, no me gusta usar ropa muy cara ni muy barata, me preocupo por limpiarme el ombligo y detrás de las orejas, también me fascinan los perfumes, aunque, bueno, no me dejan usarlos, pero me gusta el de Vanilla fields, y además me gustaría algún día viajar a alguna linda islita de Oceanía…como sea, esta es la clase de cosas a las que me refiero cuando digo que tengo mucho por decir, todos tenemos mucho por decir, hasta aquella persona que menos chiste tenga a primera vista y que nos podemos encontrar en las calles de cualquier ciudad, nos reserva una historia maravillosa que espera impaciente a ser contada, eso es un hecho, te lo aseguro, y yo, en lo personal, espero llegar a contar, en un futuro, una historia más alegre, más entretenida y más feliz, ¡espero poder hacerlo!
Con cariño,
Mariana Batiz
