Mario
Desde que a mi pequeña Lili le vino ese ataque de agorafobia que la sumió en el fondo de su habitación sin permitirle asomarse siquiera a la polvosa ventana de la sala, las cosas se han simplificado muchísimo; ella se ha dejado de preocupar por estupideces como salir a dar un paseo, ir a la escuela, hablar con gente y todo eso, sencillamente no quiere ver a nadie que no sea su lindo hermanito, y en cuanto a mí, nada más fácil que trabajar aquí, desde mi NT Workstation, se trata de una oportunidad que no puedo desaprovechar; he de decir que en varias ocasiones se me ha presentado la coincidencia de estar trabajando con fractales cuando Lili me llama porque se le ha antojado un sandwich de mermelada de durazno y crema de cacahuate, y siempre que intento organizar mis ficheros de álgebra booleana, mi niña tiene la ocurrencia de preferir bollitos de canela en vez de los horrorosos huevos cocidos o el tocino frito que a veces preparo intentando economizar tiempo y esfuerzo.
No la culpo, ella es la reina de esta casa; bueno, es mi princesa, la palabra tiene connotaciones tiernas y me gusta casi tanto como mi hermanita en su mameluco tumbada sobre la cama mientras devora su tercer platito de nieve de vainilla con chocolate fundido antes de dormir; la arropo, la acurruco apretándola contra mi pecho y dejo que se acomode gozosamente entre el calor de mi cuerpo y el de los cobertores y le recuerdo una vez más que no hay absolutamente nada allá afuera, cruzando la puerta de la sala, que ella no ha visto abrirse ni cerrarse desde hace ya bastante tiempo. En su cerebrito, nuestra casa gira y gira en el vacío, siendo el único punto del universo desierto donde se genera energía, la energía de nuestro amor, como la del Principito para con su rosa, Lili siempre me recuerda esa historia cuando hablamos de nosotros, es su libro favorito, lo ha leído algo así como dos docenas de veces mientras se despacha una bolsa de chocolatitos Hershey’s Fun Size que le alcanza para terminar con las aventuras del pequeño príncipe para seguir después con alguno de sus viejos cómics de La Pequeña Lulú, que nunca concluye, pues para entonces Morfeo la acaricia suavemente y se queda dormidita, a mi amorosa disposición.
Ahora le preparo su Nesquik con todo el amor del mundo, como siempre, mi nena goza de un sueño pesado y suele dormirse profundamente mientras el chocolate con leche fermenta en su pancita; ya es tarde y en unos momentos correré a arrullarla y darle su biberón, sí, ya sé que a su edad es ridículo seguirle dando mamila, a ella, que en tan sólo un par de años estará a punto de convertirse en toda una adolescente, sin embargo, yo le consiento eso y más, muchísimo más, porque si no, ¿para qué es el amor?, ¿para qué la abnegación de un hermano mayor con un frágil corazón que amenaza con explotar de amor con cada balbuceo y cariñito que su bebé le hace?
Primero vierto la leche (deslactosada, fina, Parmalat, faltaría más…) en el tazón con motivos de Bugs Bunny que tanto le gusta a mi bebita y la pruebo, la cato sumergiendo media cara en ella y enloqueciendo de ternura cuando visualizo a Lili entre su olor y textura fresca e inmaculada, intento asimilarla abriendo la boca y recorriendo con mi lengua la superficie, abriendo surcos de amor en el líquido prístino y creando pequeñas olas de devoción que chocan contra los bordes del tazoncito.
Y mi Lili está allí, salta de mi mente al cucharón rebosante de chocolate en polvo que saco con sumo cuidado del envase mientras tarareo Twinkle little star para luego metérmelo a la boca y retenerlo ahí unos momentos, disfrutando los espasmos de alegría y fraternal satisfacción con que mi cerebro en revolución asimila las imágenes de mi chiquita deleitándose con su chocolate con leche o chapoteando feliz bajo la ducha. Mi instinto de protección se ha aguzado últimamente, ahora pongo atención a todas las señales del camino, a cada persona, objeto o animalito, a la naturaleza entera, que es totalmente resignificada por mi Lili oliendo una bella florecita, mi Lili cantando, comiéndose una naranjita, admirando el atardecer que juguetea con las sombras de nuestras persianas, diciendo mi nombre, o simplemente quejándose del clima artificial que no está lo suficientemente confortable; incluso me he vuelto irremediablemente sensible en extremo; alguna vez pateé a un gatito, no consigo recordar por qué, ahora preferiría romperme la nariz contra la pared antes de lastimarlo, pues se lo llevaría corriendo a mi beba (a mi Lili, mi Lili preciosa, me mataría antes de hacerle el menor daño) aunque, en realidad, ya no veo muchos gatitos, mejor dicho, no he visto ya a ninguno, ni tampoco he podido concentrarme en otra cosas que se encuentran más allá de mi diaria rutina y que, en mi opinión, ya no conservan magia alguna, como si Lili hubiera (que lo ha hecho) absorbido toda la belleza y el encanto que adornaban a este mundo; aunque ella también es una linda estrellita que brilla con luz propia, alumbrando mi alma con el solecito refulgente y candoroso que lleva en su interior.
Me inclino para que mis labios toquen ligeramente la superficie de la leche y voy descargando poco a poco el polvito permitiendo que se integre con lentitud hasta el fondo Del recipiente hasta diluirlo con mis dedos, agitando con rapidez hasta que obtengo un líquido de apetitosa tonalidad café, rompo con mi lengua algunas de las burbujitas resultantes en plan juguetón y vacío el contenido del tazón en la mamila de mi preciosa, que justo en este instante dormita ladeada sobre su Snoopy de peluche y con seguridad empieza a impacientarse porque aún no llego a abrazarla y darle su cenita.
Disculpen mi abuso del diminutivo, no puedo evitarlo, me gustaría tanto que ustedes pudieran hacerse una idea de lo que siento, de las cosas tan bonitas que he vivido junto a mi terroncito de azúcar en este tiempo, quizá si en sus corazones anidara fugazmente el gozo que compartimos Lili y yo cuando jugamos a la casita bajo las cobijas, cuando la baño y la visto, cuando vemos las caricaturas o tan sólo cuando me entra esa sabrosa desesperación que ya conozco tan bien y que me obliga a correr hacia ella y llenarla de besitos mientras se muere de risa, serían capaces de perdonarme este sacarinoso recuento de nimiedades que ahora les platico para entretenerme en algo mientras preparo la cena de mi amor; he pensado que también debería comer algo más, no creo que la lechita sea suficiente para mi bebé, así que le serviré una empanadita de manzana Mrs. Reed’s, que me trae siempre a la mente la ocasión en que Lili despanzurró un panecito similar y se puso a jugar, divertidísima, con el relleno, ¡deberían haberla visto!, tengo una foto preciosa que logré tomarle justo cuando se untaba la mermelada en su carita, fue fantástico, aunque ahora sí me gustaría que se la comiera toda, pues no puedo permitir que en ningún momento su barriguita se ponga a rugir de hambre. Lo único en lo que puedo pensar es en ella, en su sonrisa, que se me ofrece limpia, feliz, en el preciso momento en que el resto de las cosas, (la gente, el mundo) pierde todo su valor.
Saco la empanada de su envoltorio, en la forma de su cubierta de glaseado alcanzo a descifrar las manitas de mi bomboncito; extendidas como cuando me pide un apapacho, de la misma manera noto que el bizcocho tiene la forma que Lili toma al quedarse dormida, hecha un ovillo sobrecogedoramente delicado y conmovedor, como los buenos sueños que nos hacen levantarnos felices y reconciliados con la vida, de inmediato me llevo el pan a la boca, besándolo tiernamente al tiempo que saco la lengua para humedecerlo completamente con mi saliva arrobada por la belleza suprema que suele encontrarse en los seres mas pequeños y débiles. No me explico qué buena acción pude haber hecho en esta vida o en otra para merecer una sola de las sonrisas que mi hermanita me dedica cada mañana cuando se despierta segura, protegida, prisionera entre mis brazos; yo estoy permanentemente en deuda con mi cielito, los programadores y, en general, las personas que trabajamos con computadoras tenemos fama de ser solitarias, pero Lili nunca me ha hecho sentir solo, jamás, cuando despierta, sus risas me hacen regresar a este mundo con la mayor alegría y, cuando me quedo en la PC hasta tarde, me entero de que ha despertado al escuchar su llanto y sus lamentos porque no estoy con ella.
Ese es tan solo un fragmento de nuestra vida diaria, me encantaría contarles de cómo las horas se nos van como agua siempre que nos ponemos a jugar con sus peluchitos (que están desplegados por decenas por toda su habitación) e inventamos mil historias con esos desenlaces felices que a mi nena le gustan tanto como los disquitos de cuarenta y cinco revoluciones que pone en su tocadiscos Fisher-Price y que escuchamos abrazados, tirados sobre la alfombra del cuarto. Siento que de un momento a otro voy a escuchar ese gritito con el que me llama desesperadamente cada vez que deja de detectar mis movimientos y no es capaz de deducir mi ubicación, así que acomodo la empanada y el biberón en una charolita con estampados del Pato Donald, desprendo una tachuela de la pizarra de corcho que está junto a la estufa y con firmeza me hago una incisión en mi pulgar izquierdo, abro la teterita de mi cielo y dejo caer varias gotas de sangre en el chocolate, vuelvo a colocar el tapón y agito el frasco con todas mis fuerzas para dejarlo de nuevo sobre la bandeja, la felicidad que invade cada palmo de mi cuerpo en estos momentos es absoluta, créanme. Estoy consciente de que algún día moriré, todos nos vamos a morir, para eso nacimos, ¿no?, pero entonces, ¿qué pasaría con Lili?, se quedaría solita en este mundo, en esta casa, sin nadie capaz de comprenderla y a merced de los zoquetes que tenemos por familia o de esos amargosos trabajadores sociales que pretenden encausar las vidas de los demás sin antes haber arreglado las suyas propias, es por ello que he pasado tantas noches en duermevela con mi solecito roncando sobre mi pecho, pensando en lo conveniente que seria que, llegado el momento (y es un hecho que me llegará primero a mí) nos fuéramos juntitos, dormidos para siempre en un cálido arrumaco, tal y como el amanecer nos encuentra siempre que intentamos pasar la madrugada entera viendo películas; creo que sería lo mejor, con todo, ceder a esta fantasía que me parece una manifestación rotunda de mi egoísmo: Lili tiene que hacer su vida, aunque yo me empeñe en mostrarle que en realidad no existe nada más allá de mí mismo y de las paredes de esta casa, cubiertas casi en su totalidad de posters y chacharitas gráficas recortadas de periódicos y revistas que a Lili le parecen simplemente adorables, cada pared y cada insólito recoveco en la sala, el baño, la cocina, el sótano, la covacha y, desde luego, las habitaciones, están tapizados de imágenes graciosas y agradables que ella misma ha seleccionado para colocar en cada lugar según su humor y las expectativas que tiene acerca de la satisfacción que un bonito sol dibujado descuidadamente al centro de un anuncio de leche en polvo podría generarle al lado de la benévola fotografía de un tarro de miel en forma de osito, todo pegado bajo el dintel de la puerta del baño y de frente a la entrada de su cuarto. Podría citar cientos de ejemplos como este, pero solo diré que, en mi humilde opinión, Lili debería dedicarse al diseño de interiores cuando sea grande, y es que algo de talento debe haber en el hecho de que ciertos tonos rojizos y amarillos dominen la sala en tanto que dulces chispazos azulados hagan más agradable el camino del pasillo a su habitación, como resultado de la simple mezcla aleatoria de recortes que a mi Lili le gustan y forman, en su conjunto, un mosaico de bellas paletas de color uniforme y que por sí solas pueden tener distintos efectos en el estado de ánimo de quien las mire.
-No quiero salir…
Así fue como empezó todo; ha pasado ya tiempo y mi bebé sigue donde mismo, en su cama, apretujada entre una docena de almohadas y abrazada de su peluche; así es como la encuentro ahora, sus cachetitos sonrojados y la sonrisa radiante, cuando acomodo la charola en el buró y hago maniobras con los dos inmensos cobertores San Marcos que nos protegen cada noche del gélido aliento del mundo cruel y conservan el calor de nuestros corazones henchidos.
-¿Va a haber abrazo?
Lili me extiende sus bracitos mientras se acerca a mí con una prisa gozosa, yo no tengo más opción que apretarla con toda la fuerza de mi pasión filial.
-Beso…
Y entonces coloco mi cabeza frente a la suya y le lleno la carita de besos recién salidos del rincón más candoroso de mi corazón, de mordisquitos felices impulsados por el inocente embriagamiento de mi sangre contaminada, sí, pero pletórica en cada glóbulo de un amor infinito, inalcanzable, arrasador y poderoso como el que no es conocido por nadie y ya no se podrá conocer jamás en este mundo, en esta vida. Lili y yo somos un lazo cósmico.
-Toma, nena-le acerco su mamila y, al mirar a Lili beber de ella siento un repentino vértigo que se adueña de mi pecho y de mi boca de la que apenas alcanzan a salir dos palabras ahogadas:-Te amo.
Un lugar común: si nos dieran un centavo por cada cariño, cada arrumaco y cada palabra de amor, viviríamos como hacendados terratenientes del siglo XVIII, desayunaríamos finas lascas de pechuga de emú al triple burro, merendaríamos exquisito caviar beluga recién traído de Vermont apurando el refresco de Noni en nuestras copas de cristal de Bohemia, estrenaríamos televisión con DVD integrado cada vez que ésta presentara la más leve línea de estática e incluso en este momento estaríamos dándonos besitos en nuestra Suite Imperial en el Hotel Maxim’s de la 28 Rue de Censier 5ª., Paris, Francia (Tel.- 00-33-33-1-331-16-15, nueve mil dólares la noche), comiendo rollitos de besugo y picando bizcochitos suizos de postre.
Pero el amor es limpio, libre, gratuito e inacabable, ¿cómo no hervir de dicha cuando mi bebé se acomoda en mi regazo y me mira como el sacerdote shinto que, al oficiar, mira a su espejo con la plena seguridad de que ahí se concentra toda la divinidad?, ¿cómo no desear autoinmolarse (yo, miserable y mundano pecador) ante la visión purísima y sacralísima de la niña que pacífica y deliciosamente acomoda la chupeta de la mamila en su boquita?.
-Me quieres mucho, ¿verdad?
-Sí bebita, más que a mi vida.
-Hmm…¿qué tanto?
Coloco con firmeza mi dedo índice izquierdo sobre su pechito y, deslizándolo lentamente, poco menos de un centímetro, le digo:
-De aquí hasta aquí.
-Oh…¡qué poquito!-Mi beba aparta su mamila y hace un puchero, como no le contesto nada más, sus ojitos empiezan a brillar.
-De aquí hasta aquí, nena, sí, ¡pero cruzando todo el universo!
Lili, mi Lili, lanza un pequeño chillido, un alboroto emocionado, y me abraza otra vez, ahora presionando mucho más mi cuello, asfixiándome, pero yo no me quejo, no soy nadie para decirle una sola palabra en tono imperativo, eso sería una ingratitud imperdonable hacia mi nenita, con esto quiero decir que jamás me he atrevido a ponerle límites con respecto a cualquier cosa, una niña buena, un angelito que se ha caído de su particular nubecita, no necesita reglas ni castigos ni amenazas, pues no conoce las formas del mal ni las posibilidades del odio. Cuando mi nena se tranquiliza, me pregunta:
-¿Mañana va a venir el señor bonito?
-Sí, pequeña.
El repartidor de agua; hombre de poco más de sesenta años, canoso por completo, jovial y de modos jocundos, alegre y robusto, la única persona del mundo exterior que es aceptada en esta casa, porque mi niña encuentra sencillamente irresistible que la cargue y le diga cariños y mimos con ese lenguaje arcaico y encantador de los señores mayores.
-Pero para que lo veas mañana tempranito, debes dormir, amor, ¿qué tal si nos acomodamos así, a gusto y nos dormimos abrazaditos?
-¡Sí!, ¡así me gusta!-Lili apura su biberón, eructa satisfecha y con una discreta delicadeza que apenas me permite percibir la reverberación en su gargantita, arroja la tetera sobre el buró (vacía, sin una gota de chocolate, Lili y yo, yo y Lili, uno sólo, solo un lazo, de aquí hasta el final de nuestros días), se vuelve hacia mí, parece que esta noche ha desairado la empanadita de manzana y a mí ni se me ocurre sugerirle que le dé tan siquiera una probadita, y me abraza, hundiendo su cabecita en el cuenco acogedor que forman mis brazos entrelazados, sujetándola amorosamente.
-Te amo, bebé…
-Te amo, hermanito-
Apago la lamparita, nos damos más besitos y todavía mas cariñitos y juntos entramos a esa zona límbica que precede al sueño armonioso y profundo mientras allá afuera, en la calle, un malviviente malnacido le revienta la cabeza contra el pavimento a un señor bonito para robarle un billete de veinte pesos.
