Mario
Durante una tarde caliente, producto de los inmisericordes rayos de un sol canicular, un barco soviético del cual me tomaré la libertad de omitir el nombre, se hunde en el Océano Índico.
Es el año de 1950, en el mes de agosto; el barco, quizás por una falla mecánica, se hunde entre las aguas. Los más de 300 pasajeros que iban a bordo, mueren ahogados.
Horas más tarde, un náufrago, solo uno, abandona la nave en una lanchita de emergencia. Comienza así el paseo de este hombre por el océano. Solo. Con apenas unas cuantas raciones de comida y una pistola de luces de bengala con una sola carga.
DÍA 1
Con tan sólo seis raciones de comida, el náufrago pasa la tarde acostado en la lancha, entre dormido y despierto.
DÍA 3
Come su primer bocado, bromea sobre su deseo de fumar pegando los dedos índice y medio de su mano izquierda sobre sus labios, una y otra vez, durante varios minutos. Comienza a marcar los días transcurridos en la cubierta de la lancha; ya son tres palitos, tres días en la más absoluta soledad.
DÍA 6
Con la desesperación carcomiéndole las entrañas, en una situación como esta, cualquier persona se encontraría en la desazón total, en el límite mismo de la locura, mas no este hombre. Sus constantes miradas hacia el firmamento diáfano de esta tarde son desconcertantes, inquietantes, ¿qué estará viendo?, ¿por qué siempre mira fijamente al sol?, ¿qué busca encontrar en el cielo?. Son cuestiones que no se pueden contestar, tan solo deducir con una mentalidad teocéntrica, infiriendo que nuestro náufrago, con gesto de tranquilidad, reza y pide a la providencia que lo lleve por fin a tierra para terminar con el suplicio de estar a la deriva en un extensísimo y desesperante mar.
DÍA 10
Este infortunado tiene un contenedor de agua. Probablemente estando vacío o por guardar agua lo suficientemente contaminada para ser imbebible, lo arroja por la cubierta, dirige su vista hacia su comida. Ya no tiene agua.
DÍA 22
El hombre come su penúltima ración de alimento, ahora sólo queda una pequeña bolsita que seguramente no le alcanzará para satisfacer su apetito por un día más. Pero no está preocupado.
DÍA 40
Resulta increíble que un ser humano pueda pasar sin comer dieciocho días sin que ello logre minar sus bríos; pero esta es la situación de este individuo. Aunque aún le quedan viandas para un día, hace ya rato que no las toca. ¿Qué fuerzas misteriosas lo mantienen aún con vida, animoso y tranquilo?. ¿Qué es lo que sigue esperando ver en el cielo?. ¿Qué le inspira a guardar durante tanto tiempo una actitud meditabunda?.
DÍA 42
El náufrago sigue donde mismo, no se ha movido un centímetro de su posición. De repente, se alcanza a ver en el horizonte un barco que podría ser su salvación.
Aún cuenta con la pistola de bengalas; disparándola en dirección al barco, éste podría dirigirse hacia la lanchita y rescatarlo.
Pero no, el hombre, todavía con mucha fuerza y sin ningún viso de cansancio o descuido en su rostro fino y limpio, toma la pistola y dispara lejos, muy lejos de la nave. Ahora ya no tiene salvación ni esperanzas de rescate.
Hacia el crepúsculo, y de la manera más inesperada, se distingue una luz en el cielo, encandilante y poderosa que no proviene del sol, pues este se encuentra en el punto contrario del horizonte.
El náufrago brinca eufórico, desdobla una lona que protegía la lancha a bordo del barco, y la coloca sobre la cubierta, como queriendo mostrar algo escrito en ella. Acto seguido, se lanza al mar y desaparece en el horizonte.
Días después, la lancha apareció en las costas de la isla de Madagascar, dentro de ella, un pequeño cinematógrafo portátil de cuya cinta se extrajo el presente relato, y la pequeña lona; en la cual se puede leer un mensaje con la tinta corrida:
“Todo aquel que lo ha visto no puede volver, es el…”
Lo demás, se borró para siempre.
