January 14, 2006

ACRILICO

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Mario

Cuando se nubla me parece ver más claramente el estado de la construcción, los señores de la compañía que renta la maquinaria se orinan en las bugambilias de mis vecinos, los jubilados apestosos que coleccionan pajaritos que pasan el día admirando sus alitas en la comodidad de sus jaulas reforzadas; esa imagen me es suficiente para acomodarme la almohada al otro lado de mi cama y conciliar el sueño por tres horas más. Sin embargo, al despertar, el sol ya ha salido y se puede apreciar el olor del mediodía. Hay algo en el ambiente que no se anima a concluir su proceso de putrefacción, el sofoco preponderante en la indecisión del clima vuelve a arrojar luz sobre las cosas viejas que no terminan de morir y las revelaciones nuevas que no acaban de nacer. Considero varias posibilidades para fundamentar el desorden reinante en la energía:

1.- El señor Torres, uno de los vecinos cuyas casas colindan con la construcción, se levanta todas las mañanas a las cinco de la madrugada para comprar una dona y un vaso de café en el Minimercado y luego se dirige al escaparate de Auel’s y charlar con un maniquí especialmente comprensivo que siempre está disponible para consolar su insatisfacción; todo el mundo desea cosas, empieza a codiciar en el momento más feliz y menos propicio; la dicha genera esa cálida sensación de que puede terminar en cualquier momento y es preciso mover cielo y asfalto para extender su duración al extremo, y este maniquí femenino cuenta con dos vástagos atléticos en quienes se materializa la ambición del señor Torres de ejercer alguna autoridad paternal: guiños inquisidores, preguntas capciosas, quizás alguna recomendación para no mostrarse tímidos ante la tiesa actitud de las chicas del escaparate del departamento de ropa interior para dama y antes de que suenen las ocho ya está de regreso en su casa, listo para dormir otra media hora.

2.- A la señorita Solís no le sentó nada bien el matrimonio, su dote consistente en los diez mil pesos que quedaron del premio gordo que su padre se ganó cuando era pequeña se diluyeron entre los sedimentos de varias botellas de cognac Napoleón y los bordes olorosos de todos los vasos de ron Antillano añejo: su maridín ronca ahora el que bien podría ser su último sueño y ella sale al punto de las siete de la mañana a comprar Lotería Instantánea al Microfeed y antes de que transcurran quince minutos los boletos raspados y frenéticamente rotos y doblados descansan en el bote de basura del baño mientras la pareja respira acompasadamente en la cama.

3.- Don Lorenzo no se ha podido recuperar del sopor con que le ha obsequiado cierta novela cuyas más de ochocientas páginas intentan abordar todos los géneros narrativos en un sólo día, algunos taladros y martillazos a las cinco y media de la mañana lo distraen, se levanta y al asomarse a la ventana observa los bloques de concreto levantar una nube de polvo grande, envolvente, y cuando abre el cancel y apunta su Smith & Wesson a la cabeza de uno de los albañiles cree sentir la inspiración suficiente para desentrañar de varios plumazos los misterios de las Obras Maestras e inmediatamente después vuelve a cerrar la escotilla de una cápsula de súbito silencio y se sube a la cama a saborear el enredo absurdo, exigente, de la Gran Literatura.

4.- El joven Eugenio ha pasado toda la noche diseñando una bonita burbuja de acrílico para su flamingo artificial, ha leído en GQ una estúpida estadística que afirma que en Estados Unidos hay más flamingos de plástico que de verdad y ha procedido a hacerse del suyo. Su cuarto está más completo y feliz con esta nueva compañía para sus rinocerontes, hipopótamos, cebras, jirafas, dodos, pelícanos, monos, camellos, mariposas, pingüinos, osos, ballenas, chimpancés, lámparas de halógeno, botellas de Coca-Cola de todo el mundo, figuras de acción de Lara Croft, Margaret Thatcher, Audrey Hepburn, Diana la Cazadora, Dora la Exploradora, Hillary Clinton, Linda Lovelace, Condoleeza Rice, Karen Carpenter, Patty Hearst, Christina Aguilera, Monica Lewinsky (esa perra…), Camilla Parker-Bowles, Morticia Adams, Dolores O’ Riordan, Geri Halliwell y Barbara Bush, una modesta colección de teléfonos de disco y relojes cucú de imitación, hamburguesas y rollos de sushi falsos, patitos para bañera, alcancías con forma de nave espacial, reproducciones a escala de la familia Osbourne, una réplica del Oscar de Haing S. Ngor, una vitrina con figuritas de novios de pastel de bodas, algunas enormes estructuras informes de Lego, un par de esas bolas número ocho que adivinan el futuro, una docena de frisbees y varios cartuchos del Sega Master System. El plástico retiene el olor y el calor como una alegoría de la vida dentro de la habitación, resguarda la humedad de los enigmas que se han perdido en el asiento trasero del auto familiar, era le época en que muchos jóvenes como yo, porque Eugenio aún era muy pequeño, se imaginaban que habrían de suicidarse una vez terminada la preparatoria para así nunca asemejarse a esos despreciables adultos de metabolismo retardado, sin ser conscientes nunca de que el futuro más incómodo podría alcanzarlos de un momento a otro (entre los quince metros que separan a mi habitación del piso o en el ínfimo, eterno, espacio entre una potente roca y la desprevenida nuca); muchas cosas de antaño eran mejores que otras tantas cosas de su época anterior que en su momento fue superior a la que le antecedió que en algún punto y sólo en unos pocos aspectos sería idéntica a la que estamos viviendo, como en una aburrida maldición cíclica.

5.- La casa que fue derrumbada para iniciar los trabajos del restaurante de comida brasileña enclavado en el corazón del fraccionamiento pertenecía a un anciano que se despierta sobresaltado a las ocho y diez en su cuarto del asilo justo cuando su viejo perro pasea alrededor de la retroexcavadora.

En mi buró hay un frasco con suficiente morfina para matar a una pareja de caballos hermosos. Si tan sólo pudiera tomarlo, si acaso lograra abrirlo se detonarían en mí demasiados recuerdos como para dejarle lugar a la nostalgia. El nuevo edificio, con todo y sus sugerentes palapas, no estará terminado hasta el año próximo y la junta vecinal ya se encuentra preparando una queja enérgica al Ayuntamiento. Mi cama es una prisión casi tan celosa como aquella cuna en la que cada noche me paraba y agitaba mis bracitos arengando a todos los engendros del Heroico Sindicato de Demonios Domesticados que cada noche se reunía en asamblea plenaria a mi alrededor; ya desde entonces lograba quedarme paralizado por horas y fingir que dormía; por desgracia, en la actualidad el sol ha perdido su capacidad de romper el hechizo con sus primeros rayos y yo debo permanecer en la misma posición y si los vecinos supieran que he aprendido a descifrar sus vidas a partir de la intensidad y condición de sus pisadas tal vez me harían la caridad de venir en turba a por mí y llevarme a otros aposentos muy distintos, donde la profunda definición de la luz o, en su caso, de la oscuridad, me permita volar, nadar en el espacio perfecto, en la densidad milimétrica de mi fantasía. Lo estoy imaginando, sólo la fantasía sobrevive y los ladrillos vuelan y se rompen sobre el carrito rojo de gravilla y herramientas.

Cuando todos se resignaron a que yo conservaba intacto mi sentido de la realidad, aceptaron cerrar la puerta y dejarme a solas con mi cerebro, durante algún tiempo me traían álbumes con recortes de periódicos a todas luces manipulados, eran claras las manchas de impresión de los encabezados espurios y la pésima ortografía de los artículos caseros que con optimismo me habían preparado y que jamás me convencieron de nada. La energía es fuerte y atrayente y la velocidad es el placer de los imbéciles, pies sucios aprietan el acelerador hasta el fondo y todos cooperan para crearme esta realidad alterna, las buenas noticias se matizan con mi observación fatalista y recuerdo muy bien aquella nota en rojo: “Muere nenita atropellada”. El salvaje que conducía la camioneta blindada de la compañía de transporte de valores se había doblado de asco esa mañana al contemplar una patita de cucaracha flotando en su plato de pozole recalentado y, más tarde el tráfico era insoportable, mucho calor es peligroso para los niños pequeños, la chiquilla no habría sido tan temeraria ni traviesa, simplemente creería haber visto al otro lado de la calle a un gatito muy parecido al suyo, pero mas gordito y abrazable; ciertamente, todo es eventual, lo puedo ver tan claro como el fulgor de estas hojas blancas o el sabroso brillo de las envolturas de los pastelillos con crema.

Alguien más ha muerto, lo sé por la manera en que el cielo se ha despejado, la puerta lleva días sin abrirse y la producción de esa extraña mezcla de jugo de naranja y leche se ha reducido seguramente a causa de tanta luz que anuncia la venida de una era de convención y contrición, se antoja difícil aceptar algo diferente, yo lo noto porque llevo mucho tiempo aquí, pero la mayoría de la gente no lo percibe conscientemente y por eso continúa a la búsqueda de un sentido para sus vidas que les haga mas llevaderas las horas de trabajo.

En la casa al final de la calle, el joven padre desiste de corregir ejemplarmente con el cinto a su hijo rebelde y lo toma en volandas para estrellarlo contra la pared. Es hora de alcanzar la iluminación.

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