January 14, 2006
Soy un chico bueno y dulce que come Pop Tarts de fresa, usa Shampoo Caprice Naturals y torea gallinas chilampinas. Cuando me siento especialmente aburrido me masturbo sin moderación sólo porque no encuentro nada más divertido qué hacer en el momento; me quejo y me quejo porque definitivamente es poco probable que en esta ciudad un sol rozagante dé lugar a un cielo nublado, muy nublado, sin oponer resistencia. En la preparatoria me gustaba escuchar la música de KoRn y de sus discos mis favoritos son “Issues” y “Follow the leader”, que escuché muchas veces y aún así sigo siendo un jóven solemne y respetuoso. Soy menos inteligente de lo que aparenta mi bello estilo y el secreto radica en la cantidad de contraportadas que me he leido y sigo siendo muy pretencioso de los dientes para adentro, como siempre, y me considero un chiquitín absolutamente romántico y confío en el amor platónico, ese bello y absurdo invento de los griegos sodomitas, como el último recurso literario en el que puedo confiar para no tener que asomarme al mundo exterior de grandes aventuras ajustadas a ingeniosos esquemas Best-Seller a los que mi extriñida imaginación churrigueresca no puede aspirar y es por eso que me conformo con la riqueza de la corteza interior de las cascaras de plátano inútiles y tumefactas en que se han convertido mis historias que jamás voy a escribir, de ahí que sienta una particular debilidad por el amor más puro que podemos entregar a quien queramos sin mover un músculo ni expresar ninguna palabra, pues me interesa particularmente el hecho de que se trata de un amor que no tiende la ropa, no duerme junto a bultos apestosos, no lava calzones ni prepara fritangas y que para atraer a los céfiros poéticos en celo no ha de ataviarse con ajuares blancos que hagan juego con la lavadora, la secadora, el lavaplatos, la estufa, la plancha o el refrigerador y así transcurre mi vida, en el País De No Pasa Nada, hilvanando cositas, detallitos, guiñitos y palabritas que se despedazan en fragmentos de ideas más grandotototas (y fuertotototas) que nunca fructifican porque me faltan las fuerzas para levantarme de mi silla, el trono color gris desde el que dirijo mi Reino de 512 kbps, catorce horas diarias, en el rincón de la sala de una casa construida en los años sesenta, ya no las hacen como antes, las novelas ya no son lo que eran antes y TvyNovelas es mi revista favorita y me gusta ver películas japonesas, chinas y coreanas locas y quiero pretender que mis cuentos se musicalizan con J-Pop y yo soy puro pop y de pequeño yo alucinaba y moria, descendía, me elevaba y volvía a vivir mientras miraba un video de Disney que se llama “Pop & Rock” y que lleva veinte años conmigo y al que inconscientemente invoco con cada letra que escribo y la gente que dice estar loca es feliz y soñadora por dentro y la gente más decente está podrida del alma que nuevamente se acaba de comprobar que no pesa veintiún gramos y es más fácil que un guiñapo catatónico de ochenta años sobreviva a un quinto infarto a que una quinceañerita salga adelante luego de su primer taquicardia y el universo es cruel y, cuidado, allá afuera hay mucha gente escrutando los rostros de los demás buscando desgracias que equilibren su propio universo.
Aquí y ahora, la televisión suena, Juan Soriano aún existe, María Félix está muerta e Internet es un milagro. Y, a pesar de lo que puedan creer, la pintura suena, las imágenes lejanas están muertas, la elegancia es un milagro, y yo existo.
P.D.: Por cierto, de pequeñito me gustaba coleccionar billetes de banco de todo el Tercer Mundo, aún recuerdo la austera fortaleza de los Cedis ghaneses que no siempre empataba con la forzada reverencia de cada Riel camboyano en pugna con el espíritu bravío de los Meticales mozambiqueños que en su pasión desbocada de la sabana eran incapaces de percatarse de que las Lempiras hondureñas eran tremendas.
Mario
0.0
Cinco cabezas alineadas de lado a lado alcanzan a asomarse por encima del respaldo de la banca en que sus dueñas se encuentran sentadas esta mañana en una pose armoniosa que se puede observar cualquier día desde la ventana de la biblioteca. No se mueven mucho realmente, tal vez lo hagan tanto como los pajaritos cuando se detienen a descansar un rato en el frontispicio de la entrada del Departamento de Orientación y Vinculación, meneando el cogote de acá para allá cambiando de posición sin decidirse por la panorámica citadina de su preferencia, si la oriental o la occidental; y que en ocasiones, si han tenido suerte, alzan el vuelo con un pedacito de cualquier cosa en el pico, sobre la ciudad, con todas sus casas y sus escuelas y a veces sobrevolando las gradillas en que los alumnos sosiegan la mente mientras arrojan migas de porquería al piso. Hoy vemos a las jóvenes de siempre, pulcramente sentadas, piernas cerradas, brazos cruzados, mirada perdida, divagando mil simplezas de importancia capital, como siempre; lo bonito del momento es que se hace más disfrutable conforme se despepitan y solucionan varios asuntos a la vez sin necesidad de utilizar una lógica muy acabada ni de arquear gravemente las cejas, que es la manera en que se supone que se resuelven los problemas más serios, según dicen.
-Tanta gente que pasa por aquí…
-Sí, así es-Responde Laura, ojo izquierdo desviado, pelo negro, uñas cortas pero sucias, pestañas postizas y brazos largos, sin saber a qué o a quien, mientras rasga el empaque de las papitas fritas.
-…y yo sin mi pistola…
-Jijijijijijijijijiji…-Estalla Kitzia, manos pringosas, pelo negro, blusa arrugada y zapatones grotescos.
-¡Ay, Liliana, por favor!-Pide Mariana, labios partidos y pelo levemente trasquilado, mientras se guarda los últimos chicles en su bolsita de accesorios. El clima de esta mañana de primavera no ha sido el más benévolo y se parece tanto a los mediodías caniculares del verano pasado que nuevamente Elisa, la menor del grupo, se levanta para restregarse la falda sobre sus piernas, enjugando así el sudor acumulado y devolviendo las rayas de los patoles a su posición original; acostumbra hacer esas cosas frecuentemente, como hurgarse la nariz con cada dedo de la mano derecha consecutivamente o comprobarse el efecto del desodorante agachando la cabeza sobre la blusa cada vez que lo cree necesario, hasta convertirlas en un tic que preocupa a quienes se encuentran a su alrededor, pues muchas veces el exceso de movimientos violentos y desordenados hace sospechar de su buena salud mental, aunque sus amigas, las que esta tarde la acompañan, conocen ya bastante bien estas y otras de sus manías y por ello deciden ignorarla, como siempre.
La explanada central del plantel lucía repleta hasta hace unos cinco minutos, poco a poco ha ido vaciándose; el sol ha cambiado de posición y empiezan a percibirse los primeros juegos de sombras producidos por el vaivén de las ramas de los árboles que circundan todo el perímetro escolar. Con la llegada de una ligera polvareda anunciando el inicio de la tarde, las muchachas que reposan en la banca del último rincón del patio, empiezan a tensar sus cuerpos y dos de ellas, Kitzia y Laura, descruzan los brazos, colocando las palmas de las manos sobre sus muslos, mientras observan cómo los miembros más jóvenes del equipo varonil de voleibol terminan de desatar la red y el anciano maestro Archundia intenta mantenerse erguido sosteniendo sus libros y escuadras con una mano y el vasito de café con la otra, camino a su clase de Matemáticas de primer grado.
Cinco miradas femeninas fijas, penetrantes, ligeramente nerviosas; han pasado tres minutos desde el último timbrazo, una cuarteta de alumnos de sexto semestre riñe al fondo del pasillo del edificio “B” por decidir quien irá a recoger un proyector para una exposición, dos conserjes salen del cuartito de Intendencia para levantar rápidamente de la cancha de básquetbol algunas latas vacías de Boom, el refresco de naranja que se ha puesto de moda desde hace varias semanas y que por el momento ha salvado la precaria economía de la señora que atiende la tiendita. Van cinco minutos y el calor parece aumentar. Cuando el panorama se ha vaciado por completo de gente, da la impresión de que todo el mundo esta muy atareado en cosas de provecho, aunque en la solitaria banca junto al estacionamiento también hay acción; hay gotas de sudor escurriendo lentamente por las sienes de sus ocupantes. Por ahora no ha habido saludos, ni despedidas ni ojeadas lúbricas para ninguna de ellas. Todo el ambiente parece ensombrecerse bajo el sopor de la rutina que vuelve invisibles a los objetos más atrayentes y singulares. Eso ayuda.
-Ok, vámonos.-Un vistazo final por los rabillos de ambos ojos y Mariana se levanta, dándole un vuelo ligero a su mochila para colocársela sobre el hombro, las demás la siguen, desentumiéndose discretamente y acomodando cada una su bolsita de mano y tratando de desenmarañar un poco su cabello.
En esta ocasión hay algo en el ambiente que aletarga y que, al menos para Liliana, inspira cierta melancolía, como cuando ha estado muy afanada haciendo muchas cosas y de repente se encuentra con que las horas se le han ido volando y ya no tiene ningún quehacer pendiente y empieza a pensar muchas cositas que no la dejan dormir y le provocan esas ojeras tan características en ella y que se acentúan cuando lanza alguna pregunta impertinente:
-¿No se te hace que es muy temprano todavía?
-Es que primero vamos a pasar con Bushnell unos momentos y ya después cada quien para su casa, y no se les olvide ponerse el heliotropo en cuanto lleguen para que se les vaya adecuando al cuerpo.
Mariana concluye esa y cualquier otra intervención futura que sus amigas tuvieran inquietud de hacer con un tono presuroso: necesita concentrarse, verificar bien que no haya ningún metiche cerca, tanto tiempo de espera merece valer la pena y en el día de hoy no hay cabida para interrupciones ni cambios de planes.
Muy juntas y dando pasitos cortos, las chicas enfilan por el estacionamiento rumbo a la puerta trasera, siempre abierta y desprovista de toda vigilancia. Las cinco bracean a un mismo tiempo y guardan un silencio absoluto, que se mantiene hasta un rato después de que han salido de la escuela y circulan por la banqueta de la colonia vecina, cuando de pronto, un murmullito proveniente de alguna parte del grupo comienza a hacerse cada vez más intenso, hasta convertirse en una breve alharaca. Son risas. Han estado ocultándose en los vientres de Elisa y Laura desde que observaron al idiota prefecto Rosales derramar su café al ver pasar a la señorita Nubes, la bibliotecaria, cuya minifalda fue afectada por los imprudentes vientos. Ahora se han contagiado a las bocas de las demás conforme se alejan de su campo visual las instalaciones de la escuela mientras Kitzia pega brinquitos jubilosos sobre algunas pequeñas piedras que llenan de lodo sus zapatos. Atrás ha quedado el enorme edificio “A”, donde Archundia, parado frente al bote de basura de uno de los salones del segundo piso, da palmaditas llenas de Parkinson al recipiente de virutas del sacapuntas mecánico.
0.1
La pequeña Lili entra a toda velocidad al interior del establecimiento y se dirige hacia el anaquel donde están acomodados los relucientes ejemplares del nuevo tomo de Las aventuras de Kiki, recién llegados y desempacados, al tiempo que su madre intenta hacerle entrar en razón solicitándole que recapacite y mejor espere para la Navidad, cuando le podrían amanecer ese y algunos otros bonitos regalos; por el momento no es posible pensar en artículos de lujo como pudiera ser un libro, pues el presupuesto no da para mucho y esta tarde la mamá de Lili únicamente ha salido a la calle para comprar un galón de leche a una tienda de abarrotes que por fatalidades del destino se encuentra junto a la bien surtida librería a la que ha entrado sin desearlo y por la que ahora deambula detrás de su hija para convencerla de escribir a Santa Claus pidiéndole esa y las siguientes entregas de su historieta preferida para así salir de la manera más cauta y digna de la tienda.
-¡Pero apenas estamos en agosto!, y es uno semanal, ¿como le vas a hacer para comprarlos todos, mamá?, yo lo quiero ahora, ándale, ¡se van a acabar!-Exhorta Lilia Valenzuela a su angustiada madre, Lilia Manrique.
-No te preocupes, te amanecerán todos, ahora vámonos, Lili, que tenemos que ir por el mandado todavía-Mamá quisiera que su hija y todos los niños de hoy aún creyeran en Santa, en los Reyes, en el Coco y, si no es mucho pedir, en Dios también; eso le ahorraría bastantes problemas y trabajos a las señoras como ella a la hora de tratar de inculcar a sus hijos valores prácticos como la esperanza, el respeto y el miedo, tan necesarios para una buena educación convencional como la suya que, en este momento de bochorno, no le da ninguna clave para salir al paso del aprieto en que, sin saberlo, se acaba de meter…
-Buenas tardes, ¿en qué puedo ayudarlas?-Inquiere un hombre barbón y de proporciones elefantíacas, salido de quién sabe donde, mientras esconde tras la espalda el dedo con el que ha estado hurgándose la nariz.
-Eh, no, muchas gracias, pero ya nos íbamos, solo estábamos mirando.
-¡Hola!, nos vamos a llevar este-Dice Lili alborozada, en tanto se abanica con una copia de la más reciente aventura de Kiki, el adorable delfín amistoso que de pronto clava su mirada burlona en la Lili mayor para confirmarle el gozoso desprecio que su autoridad materna acaba de sufrir.
-¡Excelente elección, nena!-Exclama el librero gordo-Qué bueno que has venido pronto, porque de seguro para pasado mañana no quedará ningún ejemplar.
-No, Lilia, vendremos después…-Mamá palidece rápidamente y su voz se va apagando con cada palabra; sabe que ha vuelto a pasar…
La pequeña Lili se paraliza y mira a su mamá con una severidad que congela el ambiente hasta que el botijón barbado le quita suavemente el libro de las manos y lo coloca sobre el sensor de la caja registradora para luego recitar las palabras que retumban como una sentencia brutal:
-Son ciento cincuenta con veinte, señora-Dice el mofletudo, nada más porque es la oferta de la semana, para suerte de todas las madres del mundo que tienen hijos miembros del Club de Kiki.
Mamá lleva sus manos temblorosas a su bolso tratando de no sucumbir al vacío que de pronto se ha formado en la boca de su estomago. Saca los billetes y las monedas y empieza a pensar en los restos de la cena de anoche y en la leche caduca que aún podría servir para calmar el hambre durante la merienda de hoy, en que no habrá productos nuevos y frescos pero sí una cantaleta novedosa en los labios de su niña, quien no parará de hablar de las divertidas peripecias de unos piratas y un delfín y una máquina del tiempo o algo así.
-Aquí tiene.
-Muchas gracias por su compra, señora, ¡vuelvan pronto!-Dice el gordo Bushnell a sus clientas y, tras guardar el dinero, dice a la más chica: Hey, peque, aquí entre nos, por si no lo sabes, la semana próxima llega una Edición Especial, con la recopilación de todos los números, ¡desde el primero y con posters de regalo!
La pequeña Lili pela los ojos como si quisiera expulsarlos ahí mismo, y abre su boca hasta límites inverosímiles, dejando su quijada trabada durante unos instantes, cuando su madre la jala rumbo a la calle.
Desde fuera de la librería es posible observar, tras el mostrador de esta, a un gigantón brindándole una cariñosa despedida con ambos brazos a una niña chiquita tomada de la mano de una mujer de rostro ojeroso y devastado.
0.2
Concluida la transacción, Marcelo Bushnell da cuenta de su soledad en el establecimiento jugando con las solapas de cuanto libro encuentra a su paso por la mesa de los saldos tras escuchar el timbre del horno de microondas que le indica que su burrito se ha cocinado.
La diminuta trastienda que comunica dos locales del modesto centro comercial La mariposa guarda en su interior bien pocos objetos que pudieran indicar qué clase de persona lo utiliza: una mesa sobre la que hay algunos botes de soda junto a un hato de periódicos atrasados, una credenza en cuya superficie descansa el horno y que en sus gavetas conserva varios gruesos álbumes de pasta negra escrupulosamente acomodados por fecha y que dan la impresión de haber permanecido sin abrirse durante bastante tiempo, y, al fondo, una sillita fatigada sobre la que el dueño reposa su descomunal humanidad cada vez que la agitación y el cansancio reverberan en su pecho o se dispone a comer, como en esta ocasión, un bocadillo rápido que le dé fuerzas para reintegrarse eficientemente a su diaria labor.
La tortilla luce un aspecto tieso y deforme y la salsa se ha chorreado por ambos lados, aún así, el gordo da una mordida y otra y otra al amplio taco hasta dejar tan sólo la servilleta húmeda en que venía envuelto para posteriormente tirarla con indolencia a un punto cualquiera en el piso manchado por mugre inmemorial que en algunas zonas forma verdaderas estalagmitas de suciedad. Bushnell reacomoda su trasero en la silla para alcanzar la puerta de madera que da hacia su otro negocio y observar rápidamente todas las cosas que en sus estantes acomoda, por el momento envueltos en una insondable penumbra que en una par de horas más será corregida por las luces de neón y los rayos del sol penetrando por las persianas, hasta ahora corridas y ansiosas por ser levantadas por su dueño, quien las mira desde la puertita del cuarto de servicio como parte de un ritual diario que, a esta misma hora, más o menos, realiza casi de manera automática, como la expresión de su prurito por abrir pronto ese changarro alternativo y novedoso cuya esencia y giro le parecen, en lo más profundo de su ser, la razón auténtica por la que ha venido a este mundo.
Cierra de pronto la puerta y recupera su posición habitual: atenta e inmóvil hacia la librería y su puerta de cristal que, en la inmovilidad de sus cascabeles, delata la poca actividad que tiene el negocio a unas semanas de que llegue la temporada febril de los libros de texto y los precios inflados.
Parece que hubo un tiempo, ya muy lejano, en que este hombre soñó con un empleo de fotógrafo en alguna agencia de publicidad o, mejor aún, de modelaje, en donde pudiera echar mano de su habilidad, pasión e ingenio para dominar la imagen, decorarla, mejorarla y ponerla al servicio de las necesidades de clientes y modelos y de las suyas también, pues la magia de un momento capturado no se compara, según el, con las emociones estériles de las historias que vende en papel, tinta y cartón. Él mismo ha sustituido los libros y revistas de su buró por las fotos más recientes que puede tomar con su cámara, que guarda amorosamente en la guantera de su vetusta combi. Nunca se sabe qué cosita interesante se puede encontrar en la calle una tarde cualquiera.
Sin embargo, por una cosa u otra, aquí está, en la rebotica de su librería, tratando de descansar un momento, entre escandalosos eructos con sabor a carne rancia, sentado al centro de su destino irremediable, al que se ha decidido sacar el mayor jugo posible, aguardando a la tarde, que suele reservar las más excitantes sorpresas.
Casi siempre.
0.3
Mientras Elisa avanza risueña por la solitaria carpeta vial de la avenida Migoni, las demás continúan caminando muy pegadas entre sí, subidas a la banqueta, y aunque a estas alturas ya han desacelerado el paso y respiran normalmente, siguen vigilantes del paisaje que han dejado tres cuadras atrás. Nunca ha ocurrido ningún contratiempo, pero tienen siempre en su mente una pesadillesca escena que ya se ha vuelto un lugar común durante las infrecuentes conversaciones en las que hablan en concreto de las cosas que hacen y de los artículos que quieren comprar próximamente: de improviso, se forma un contingente de conocidos y familiares que cierra la avenida y está capitaneado por los padres y maestros consentidos de cada una de ellas, silenciosos y socarrones, esperan a por ellas para hacerles la recriminación más odiosa, larga e hiriente que se les pueda ocurrir en ese momento.
Mariana tiembla siempre que semejante escena se instala en algún lugar de su cabeza y no deja de repetirse ante sus ojos como en una alucinación compulsiva, cada vez más completa y aderezada con más regaños, lagrimas y hasta insultos. En realidad, ella no tiene la culpa de nada, las cosas son como son y no hay motivo para sentir vergüenza; finalmente, a ella, como a sus amigas y a la mayoría de las personas a su alrededor, le enseñaron que se debe trabajar por aquello que se desea.
-¿Qué horas son?-Pregunta.
Laura se detiene un momento y levanta su muñeca izquierda: un delicado Bvlgari se asoma ante sus ojos para indicarle, entre destellos dorados que se confunden deliciosamente con el sol fulgurante, que son las doce y cuarto, pero no se lo informa a su amiga, quien esta tarde se ha conferido a sí misma el liderazgo del grupito; como que es ella quien tiene más habilidad para pasar desapercibida.
-Sigo creyendo que debimos esperar otro ratito-Insiste Liliana.
-Te digo que primero vamos con Marcy, y eso siempre se lleva tiempo, Lil-Mariana trata de calmarla, deseando tener cerca a alguien para que la calme a ella. Es cierto, las cosas han sucedido apresuradamente.
Suele ser más fácil dejar que pasen las horas y, al momento de terminar las clases, salir todas juntas, a donde Bushnell, o si no, a tomar chocolate al Café Nerval, dependiendo de la situación, para después irse cada una a hacer los Pendientes del día. Pero hoy, Mariana esta apurada, necesita más que nunca llegar a casa. Papá ha regresado, y eso vale más que ninguna otra cosa en el mundo.
-Oigan, ¿les platiqué lo que me encontré en el Internet?-Pregunta Elisa, juguetona.
-Jeje…-Kitzia se prepara para algo bueno, las demás aminoran el paso y se acercan todavía más-No, ¿qué te encontraste?
-¿Sabían que hay algo que se llama “La Ley de Murphy”?
Breve bufido de Kitzia, decepcionada.
-Ah, era eso…
-Sí, dice que si algo puede salir mal, saldrá mal, ¿no es increíble?-Saca la lengua al momento de pronunciar la última letra L. Sonríe.
-Ajá, y después, un tipo de apellido Bloch la metió en un libro, se hizo rico y convenció a muchos babosos como tú de que están perdidos-Mariana está más nerviosa que nunca, no cuenta con el tiempo de los demás, tal vez lo haga algún día, pero no por ahora.
Elisa no escucha nada de lo dicho y empieza a desear llegar a casa lo antes posible para llenar de mantequilla una tostada y arrojarla al suelo. Será interesante ver de qué lado cae.
Silencio; todas deambulan a paso veloz por la glorieta que parte en dos la zona residencial donde se encuentra ubicado el pequeño centro comercial al que hoy, como todas las semanas desde hace un año, cuando se conocieron, asisten para ponerse al tanto de las últimas novedades o necesidades por atender de inmediato, según lo considere prudente Marcy, el dueño de la librería Minerva, que hasta hace algunos años era el centro cultural más importante de la ciudad gracias a que había adoptado como su política aceptar vales de comida y gasolina y había puesto en marcha un programa de ventas por catálogo en el que los clientes podían solicitar libros importados que llegaban en cuestión de días, a precios altos, claro, pero en excelentes condiciones y con cupones de ofertas.
-¿Siguen aceptando vales de comida en la biblioteca?-Pregunta Liliana.
-¡Librería!, ¡es una librería!-Responde Kitzia, irritada por tal muestra de ignorancia.
-Eso, sí, eso quería decir.
-No, acuérdate de que le cerraron el establecimiento por dos semanas cuando lo descubrieron recibiéndolos…
-¡Ah, claro!, jijijiji, ¡cómo sufrimos aquella vez!, ¿verdad?-Concluye la atolondrada Liliana.
El subsecuente gruñido de Mariana revela su cansancio, ya se ha quitado el chalequito que indecentemente le exigen portar con el uniforme aún en esta temporada de calor y, mientras toma con sus manos húmedas el asa de la puerta de entrada, revisa que el nudo con que se lo ha ajustado a la cintura permanezca rígido.
Si no fuera porque es parte de todo el espectáculo, un día de estos se animaría a desafiar a la autoridad, abandonándolo sobre su cama, donde amanece, planchado e impecable, todas las mañanas.
0.4
Mariana abre la puerta de la librería y se deja envolver por el aroma a loción barata que el dueño utiliza y de la que ella misma pone algunas gotas bajo sus orejas cada mañana antes de partir rumbo a la escuela. Es como cuando se pone una corbata los días en que no hay mucho que hacer y llega al salón con un nudo Windsor estrangulando incontables hileras de bolitas rojas o cuadritos o pececitos de colores tropicales; siempre le ha atraído la amplia gama de ropa y accesorios masculinos que encuentra en el closet, a veces estrena los chalecos o las corbatas según el clima y a veces hasta tomando en cuenta la posición de las nubes y como incluyen en la luz solar que se filtra hasta el ángulo donde se encuentra la ventana de su cuarto y que en ocasiones tiende a mentir sobre el verdadero estado del tiempo, es entonces cuando decide ponerse una azul, que va con cualquier condición climática pero por desgracia tiene un efecto depresivo en su ánimo, por lo que suele desecharla a cambio de una roja o amarilla que brilla alegre en las mañanas exitosas de comba soleada pero que durante los días en que los vendavales se anuncian con pastos húmedos y panoramas grises hace sentir a su portadora fuera de lugar, como una manchita juguetona desentonando con el mediocre ambiente general que se siente diariamente forzado a desechar sus energías y su suavidad ante el inexorable y desmoralizante horizonte sepia. Aunque el día de hoy luce su blusa ceñida y con el cuello abierto, pues hay mucho por hacer.
-¡Hola!, buenas…-Saluda con tono precavido, mientras sostiene la puerta a sus compañeras que intentan entrar todas juntas.
Marcelo Bushnell, Marcy, para las amigas, abre en un relámpago la puerta de su trastienda, que azota estruendosamente contra un anaquel vacío y se coloca presuroso ante la vitrina donde despacha. Uno de los mejores momentos del día ha llegado.
-Hola muchachas, ¿qué las trae por aquí tan tempranito?
-¿Por qué la agitación, Marcy?-Pregunta Liliana.
-Ah, no, es que estaba almorzando, porque ya ves que a estas horas nunca hay nadie.
-Ah…
-Y me sobresalté, pero bueno, ¿qué desean ustedes?-Inquiere, agitado.
Kitzia, quien ha estado hojeando un libro que para su gusto tiene demasiadas letras y muy pocos dibujitos, voltea la cara y frunce el ceño.
-Se me acabó mi Amarige, Marcy
-Y a mí ya no me quedan mis jeans deslavados-Salta Elisa.
Bushnell sonríe nervioso, no había caído en la cuenta de que las cosas no duran para siempre. El semestre acaba de iniciarse y frente a él, cinco niñas, precoces y feroces, pero niñas al fin, abren la boca para desembuchar varias impertinencias que lo fastidian, una vez más, pero que le hacen recordar lo dulces que suelen ser las navidades y los veranos cuando, al comenzar las vacaciones, logra librarse de ellas por un rato, despidiéndolas abanicando un buen fajo de billetes y acariciando en su mente las infinitas posibilidades que se le han abierto para su negocio, nuevamente salvado por material fresco para distribuir a los clientes despistados que gustan de quedarse en sus casas, solos, ansiosos por probar algo diferente o de plano, entregarse de lleno a darle gusto al gusto.
-Es que estas engordando, ¿no?-Insinúa quedamente.
-¡Claro que no!-Aclara Mariana-Al contrario, ha estado bajando mucho de peso, ¡mírala!, puedo meter mi puño en el espacio que queda entre su abdomen y la pretina de su falda, Marcy.
Terminada una pequeña demostración, Marcy hace notar su preocupación.
-Pues eso no es normal, ¿no te ha visto el médico, Elisa?
-Eh…
-Tampoco es para tanto, hombre, además ahorita andamos apuradas, parece que estamos cortas de tiempo-Prorrumpe Laura.
-Así es-Dice Liliana, tras permanecer callada largo rato-Y queremos ver qué pendientes hay para hoy.
Marcy busca mentalmente alguna solicitud nueva, ha aprendido a no archivar nada en papel.
-Pues no, nada todavía, ya sabes, el negocio va flojo estos primeros días, supongo que muchos papás y algunos de sus hijos, quién sabe, apenas se están acomodando de nuevo a su rutina y no se acuerdan de Minerva, pero les aviso la próxima semana, ¿no?
Su mirada se encuentra con los ojos torvos, contrariados, de Mariana, quién reposa su mano derecha en el talle, mientras juguetea con la bolsita donde guarda unos pocos billetes de a veinte; desde luego que los tiempos han sido duros, de austeridad, que ha significado la reducción del presupuesto, y con el, la supresión de la bola complementaria en su cono de nieve de pistache o la de los accesorios que guarda Laura en su desgastada bolsa Prada o de los videojuegos de Elisa. Sin embargo, no pierde la esperanza, aún quedan muchos meses por delante.
-Bueno, ¿sabes?, hace falta platicar contigo de eso, ¿ok?, es que ya debemos irnos, luego volvemos-Promete, ligeramente descorazonada, dándose una media vuelta.
-¿Pronto, verdad?-Marcy sigue preocupado.
-Ajá…-Contesta, enfilando rumbo a la puerta. Las demás la siguen.
-Ah, ¡oye!-el rostro del librero rechoncho se ilumina-Ya volvió tu Papá, Mariana.
-Ya sabía.
Las bisagras giran y los cascabelitos se convulsionan, permaneciendo tintineantes por unos momentos e inundando el local con su musiquita rudimentaria.
0.5
Pisadas fuertes, vagamente iracundas, aunque más bien se trata de preocupación, premura; en el Macrotrade han inaugurado recientemente una estética donde se programa el tinte para el cabello con cualquier mezcla imposible que se desee, se aprieta un botón de la consola peinadora y en unos pocos minutos está listo; servicio de postres y revistas incluido, y todo a un precio especial, pero sólo por este mes. A unas pocas cuadras del distrito industrial, en las afueras de la ciudad, Jerky’s Now ha ampliado su barra de sabrosa carne seca con un surtido experimental de tocino glaseado con miel y costillitas bañadas en sal de ajo. Y el dinero es bien poco.
-¿Pretina?-Liliana no puede evitar que su ceja se levante al ritmo de las comisuras de sus labios en tono de burla juguetona y afilada-¿Dónde aprendiste esa palabra, Mariana?
-Hmm, no sé…
-¿Qué?, no te oí.
-¡Que no sé!, ¡ya!, esto no me está gustando, deberíamos movernos por nosotras mismas-Mariana se sonroja, probablemente por levantar la voz por vez primera en el día o porque en su rostro empiezan a asomarse los signos iniciales del cansancio.
-¿Cómo?, ¿poner una tienda nosotras?-Kitzia deja salir ese lado inocente y memo de su personalidad que siempre cautiva a todos aquellos con quienes acepta sostener una conversación y por cuyas características sabe que puede sacar algo de provecho.
-Jajajajajaja, no seas imbécil, ¿cómo crees que vamos a poner nosotras un negocio?-Mariana puede notar que la desesperación empieza a hacerla su presa.
-Bueno, se me ocurrió de repente, como dices que hay que movernos solas…
-Cuando lo dije me refería a que deberíamos tratar de hacer huecos en nuestra agenda, por decirlo así, para contactar más gente y sacarle más jugo al tiempo, para no depender tanto del Marcy, pues.
-Pero tenemos trabajo, Mariana, tampoco podemos descuidar las tareas.
La objeción de Liliana le quita de un plumazo el poco entusiasmo que le quedaba. ¿Por qué las cosas tienen que ser tan difíciles?
-¿Qué dejó el de Biología para el lunes próximo?-Pregunta Elisa.
-La clasificación del león, la termita y la cucaracha por reino y especie, y además de ponerlos en una cartulina que se pegará en el salón-Contesta Laura.
No hay más comentarios, las cinco muchachas caminan lentamente adentrándose en una colonia clasemediera, desde ahí partirá cada una a su casa, faltan diez minutos para que el reloj marque la una de la tarde, el perfume se ha evaporado de sus cuerpos y un humor ligeramente ácido empieza a agriar el aire que van surcando con sus pequeñas y pesadas mochilas, llenas de cuadernos que solo han sido usados una vez, cuando la elaboración de alguna tarea importante o de una redacción inevitable hace imperativo mancillar las primeras hojas rayadas con la tinta de una pluma casi inservible que es utilizada con flojera y ligereza, como si cada letra representara un esfuerzo imposible que se debe realizar satisfactoriamente para poder seguir adelante con un estilo de vida descubierto hace poco y que se disfruta como si se tratase de la existencia reposada que siempre han soñado y que ha llegado antes de que se haya hecho nada para ganarse un poco de lo mucho que ahora gozan. Ese es el chiste del negocio.
-¿Y el ensayo sobre la Reforma para cuando?-Solicita Liliana.
-Para final de mes-El tono de Mariana es terminante y añade:-Pero ya dejen de hablar de eso, necesitamos concentrarnos en lo de hoy, ¿ok?
Siguen caminando hasta llegar a una cuchilla que conecta a la Avenida Principal con Jardines Calmos, el fraccionamiento del que salen la mayoría de los automóviles que por las mañanas se dirigen al sector maquilador para surtirlo a la industria local de los trabajadores que diariamente requiere para funcionar. Continúa Mariana:
-¿Qué van a hacer?
-Nos ponemos en remojo y nos llenamos de perfume también-Afirma Kitzia.
-¡Nos ponemos bonitas!-Finaliza Elisa, mientras reparte besos de despedida con sus amigas, que se comienzan a dispersar por los cuatro puntos cardinales.
0.6
Elisa emprende el camino por las angostas avenidas de la zona residencial, pisando suavemente sobre el encarpetado, subiéndose a veces a la banqueta y a veces poniendo el pie izquierdo en esta mientras apoya el derecho en aquel. No se le borra la sonrisa, que siempre muestra ampliamente la blanca dentadura que alberga orgullosa un par de caninos ligeramente desgastados por las largas sesiones en que la menor del grupo de amigas se tumba en el piso de su cuarto con una bolsa de caramelos entre los brazos a devorar docenas de dulces de mantequilla y fresa y jelly beans endurecidos. Chapotea con el agua nauseabunda que brota insolente de las fosas sépticas descompuestas de algunas casas que, sin embargo, lucen un impecable trabajo de jardinería en el mínimo patio que sus diseñadores han dejado para el esparcimiento de las familias pequeñas que no viven mejor sólo porque el cuarto de baño se encuentre a un paso de la minúscula salita. Tienta varias veces la bolsa trasera de su mochila para sentir satisfecha los bordes superiores de su revista favorita deslizarse por sus yemas a través de la mezclilla.
“Acompaña a Kiki en sus aventuras por los mares del sur para recuperar un enorme tesoro que el malvado pirata Avarón ha escondido en una isla llena de peligros desde donde controla el pasado y el futuro mediante una máquina del tiempo que su secuaz, el Doctor K-Kumen ha construido para borrar las pistas de cada fechoría de los forajidos y confundir a nuestro héroe y sus amigos, Estrellita Feliz, Gatinha y Cutie Crab, en su lucha porque el bien triunfe sobre el mal y porque la riqueza se reparta entre todos. ¡No te quedes fuera!, ¡Apúntate ya mismo a la gran aventura por el océano!, y recuerda, cuida el ambiente y el agua, colocando la basura en su lugar y cerrando la llave mientras te lavas los dientes!, ¡A LA CARGA!”
El gracioso magazine ostenta una portada colorida compuesta por varios tonos de azul que señorean cada imagen y recuadro donde Kiki y sus amigos anuncian sonrientes su nueva gran aventura resumida en pocas escenas de alegría, tensión y juego que prometen hacer vivir a sus pequeños lectores la experiencia de transitar por todos los estados de ánimo a lo largo de tan sólo treinta y dos páginas a todo color y con grandes letras negras y expresivas en las vírgulas que dan voz y vida a sus personajes. Siempre hay un final feliz y eso es lo que Elisa adora; los malos son capturados y regenerados y junto a los héroes desfilan sonrientes y algarábicos al filo de la última página, culminando el despliegue de alegría, excitación y luminosidad que los ha llevado hasta ahí; los rehenes y los tesoros regresan sanos y salvos haciendo las delicias de los amigos que los integran al festín, los buenos son recompensados con un garigoleado y triunfante letrero que dice “FIN” y con la más dulce de las sonrisas de la delicada Elisa quien, de pronto, se percata de que sus calcetas se han arrugado y forman bolsones antiestéticos alrededor de sus tobillos. Se agacha para componerlas y con dos rápidos estirones a cada una las ha colocado en su sitio, en sus menudas pantorrillas pálidas que siempre están en movimiento, como cuando oscilan juguetonas junto a las patas de las sillas en las salas de espera. Ha pasado ya algo de tiempo desde que Elisa se realizó su primer papanicolaou, en aquel entonces sus piernas lucían más nerviosas que nunca, al parecer su dueña había perdido todo dominio sobre sus movimientos y sus rodillas danzaban al ritmo del repiqueteo del corazón, tan lejano y sin embargo tan presente en cada rincón de su joven cuerpo con la fuerza retumbante de sus angustiados latidos. Un joven esposo, esperando a su pareja en la silla vecina, había percibido la zozobra de la niña observándola patear varias veces el piso mientras chasqueaba las falangetas de sus deditos, húmedos de tanto limpiarse las gotas de sudor frío; le había fijado los ojos encima durante largo rato, para después reconocerse incapaz de enfocarlos hacía otro punto libre del influjo de la mirada triste y tierna de una Elisa más asustada que nunca. La había analizado, desvestido y viviseccionado durante cerca de media hora y había gozado muy particularmente con la negrura acuosa de sus ojos, tal vez perdidos en la llanura infinitesimal de los intersticios de la loseta de las paredes, tal vez paralizados por el vaivén de puertas y personas, afirmados divinamente por la elegante combinación que hacían con la suavidad de sus pequeñas manos que, sujetas con fuerza a la arrugada falda de algodón prometían ser tan deliciosamente tersas como el resto de esa piel prístina y elegante que reflejaba puntualmente la palidez de las luces artificiales del consultorio dominado por blancos inmaculados y beiges apenas insinuados por los depósitos inmemoriales de suciedad en las esquinas de cada pared y división de triplay o de los pisos gastados forrados por distintas y coloridas carpetas de tile.
Aquel hombre había aparecido casi imperceptiblemente ante la mirada de Elisa y de la misma manera se esfumó, como otras tantas personas y objetos que son reales pero que son convertidos a la invisibilidad total por las pupilas poco avezadas, tal y como lo eran las de la distraída jovencita que, a punto de llegar a su casa, en un conjunto habitacional que en su interior alberga orgulloso e imponente una colección homogenea de viviendas iguales a tantos otros infiernos de tres habitaciones y una sala-comedor, no se percata de la proximidad de un camión revolvedor de cemento, primero, y de un camión de la Promotora Industrial atiborrado de repugnantes obreros de mirada perruna, después, que pasan rozándola peligrosamente, obligándola a dar un brinco musicalizado por un alarido especialmente agudo al final del cual aterriza en la banqueta, cimbrada y perturbada, abriendo los ojos y respirando con una agitación azorada y, en opinión de algunos, indiscutiblemente atractiva.
Sola, petrificada momentáneamente por un intento de recuperarse del susto, Elisa junta sus manos frente a su abdomen y aprieta fuertemente las asas de su mochila, hasta que le duelen los nudillos, mientras, una brisa inesperada acaricia su cuello y alborota su cabellera, al ritmo de la frenética danza tribal protagonizada por Sístole y Diástole.
0.7
Deslizándose suavemente por las áreas verdes de una escuela primaria que creía que aún no existía durante su último paseo por el rumbo, Liliana termina de componer en su mente la lista de ingredientes del maquillaje que habrá de usar esta noche: el Wonderwear Cream Make Up de Ultima II, con vitaminas antioxidantes A, E y FPS6, junto con un poco de Hydra Flex de Biotherm y unas gotitas de Parfum d´ été de Kenzo, hará el milagro de dejar atrás todo un día de exposición a los humores nocivos de gente, lugares y ambientes poco propicios para la armonía de una psique tan delicada como la suya, altamente receptiva a las cosas feas y mundanas que arruinan los panoramas que originalmente deberían ser hermosos y, por qué no, exquisitos; el crucero infestado de miserables por el que todas las mañanas debe pasar para ahorrar tiempo, la escuela repleta de juveniles alimañas de raquítico talante o de vomitiva gordura elefantíaca virtiendo cascadas de feromona hirviente sobre el cemento de los pasillos donde por igual deambulan frustradas bolsas andropáusicas disfrazadas de profesores y bastarditas barriobajeras apestosas a Avon, las calles inmundas mancilladas por cientos de puestos de sub-empleados grasientos expendiendo fritangas o chicles o raspados o elotes o tacos o periódicos o fayuca o drogas o dulces o pastelillos o navajas o llaveros, la colonia popular (Fraccionamiento de interés social, si me hacen el favor…) en donde vive, siempre pletórica de vecinos idiotas; todo eso en las narices de la gente de todos los días, todas esas esencias despreciables en la naricita de la pobre Liliana, y en sus ojos, y en su piel, y frente a su silueta entera, obligada a bregar con rapidez en ocasiones y con parsimonia resignada en otras, entre el mar de personas que van y vienen sin percatarse del asco y la desesperación de aquella jovencita en uniforme que, detenida en una esquina a la espera de que el semáforo se ponga en rojo, está consciente, a diferencia de los demás, de que hay seres que le harían un bien mayor a la humanidad bajo tres metros de tierra firmemente apisonada que de pie, ahí cerca, junto a ella, como el hombre que a veces se le empareja en la calle y la obliga a intercambiar miradas de hito en hito, con precaución, con nausea.
Ha decidido ignorar el consejo de Mariana: la vainilla nunca le ha sentado bien y, en su opinión, el olor del heliotropo se desvanece demasiado pronto y se parece muchísimo al sabor en el que las compañeras más insoportables de su clase de Historia se envuelven, formando en el techo una gruesa nube de vulgares fragancias amoniacadas. Absolutamente incompatible con la frágil Liliana quien, la última vez que sintió que las cosas marchaban satisfactoriamente puntuales y positivas, como impulsadas por una música celestial ensamblada a la perfección, fue cuando Monseñor Aquiles de Lara le dijo, entre efluvios alcohólicos bajo una noche sin luna, que sus ojos eran como dos océanos de cristal y que su cuello deliciosamente perfumado era una ambrosía inacabable y dispuesta.
-Quizá debería echarle una llamadita-Piensa Liliana mientras se quita su brazalete de ónix Roberto Coin a la puerta de su casa, en el 810 de Paseo de Las Palmas, y lo guarda en una bolsita interior de su mochila, junto a las revistas de actualidad que tanto irritan a su madre, quien con el paso de los años se ha acostumbrado a recibir a su hija solo de una manera:
-¡Liliana!, ¿qué carajos pasó contigo otra vez?-Modulación estentórea en la voz de una mujer que es muy señora de su casa, tal y como se sentía cuando, sentada en la bodega de una de las dos cocinas de su fabulosa mansión, aspiraba a ser parte de la familia Anduaga-Villalonga, en sus tiempos de sirvienta (Auxiliar doméstica, si no es mucha la molestia…).
-Nada, nada, ¿me tardé poquito, verdad?-Mano menuda y ligeramente húmeda torciéndose para doblar la perilla de la puerta con la intención de no hacer mucho ruido, Liliana suele moverse con rapidez una vez dentro de su casa, entre los muros de block hay más fealdad de la que sus sentidos pueden soportar.
-¿Poquito?, me has tenido como tu babosa esperándote, ni siquiera he podido servir la comida y tus hermanos y tu padre están hambrientos. ¡Eres una inconsciente!
-Pues si los haces aguantarse es porque quieres, ya sabes que no como a estas horas y que no hace falta mi presencia para que los demás almuercen, ¿o sí?.-Toma la mochila con la mano derecha y con la siniestra se abre paso a su cuarto.
-¡Niña!, claro que comes ahora, ¡cuando tu familia esté sentada a la mesa es tu obligación estar presente!
-Okey, pues, a ver, ¿cuál de tus suculencias nos tienes lista para hoy?.-Liliana empieza a impacientarse, pocas cosas le parecen tan ridículas como las comidas en familia, incluso en Nochebuena sustituye la teatral cena navideña por un plato de cualquier cosa frente a la televisión en su cuarto, encerrada bajo llave.
-Hay chimichangas y caldo de queso, con agua de jamaica, anda, ven y siéntate.
Liliana Mosso siente cómo una intensa agrura de repulsión le sube desde el vientre hasta apoderarse de todo su cuerpo, los ojos castigadores de su padre, el empequeñecido y derrotado don Zacarías y de sus hermanitos menores, Kevin y Ana, aguardan expectantes su respuesta, pero ella sólo atina a correr a su habitación y poner el cerrojo, mientras la bebé Anita empieza a berrear de hambre.
0.8
Sobre el pavimento del Boulevard Camilo Trespalacios, el más transitado de la ciudad, Kitzia y Laura se abren paso presurosamente entre bólidos apenas contenidos por la luz roja y multitudes de proletarios ansiosos por llegar a casa a exigir su comida y arrojar un platillo demasiado salado o deficientemente condimentado sobre las cabezas de la o el cocinero con quien les tocó en mala suerte compartir su vida. Las luces, los gritos, el sudor y la niebla de esmog mortecino amenazan con arruinar el porte radiante de Kitzia, quien la noche anterior ha pasado casi un cuarto de hora lavando ella misma el cuello percudido de su blusa, que siempre debe verse hermosa y limpia para que resalte su blancura con el azul profundo de la falda. Las uñas de Laura han perdido lo que les quedaba de belleza, o por lo menos, de simetría, pues su dueña ha cometido el grave error de limárselas contra el frío poste de un transformador eléctrico, tras dar un brinco y asirse a él en busca de equilibrio luego de que una luz verde sumamente inoportuna se hiciera presente mientras Laura aún se encontraba cruzando tranquilamente la Avenida Progreso.
-Oye, Laura, ¿tienes la invitación todavía?-Pregunta Kitzia, haciendo conversación.
-Eh, sí, mira-Rebusca en su mochila mientras toman camino rumbo a sus casas, muy cercanas una de la otra-Aquí está, pero dice el profesor Mendiola que el programa está mal, que primero entra Mariana, da su mensaje, y después empieza la obra de teatro…o algo así.
Kitzia toma el folleto entre sus manos y lo extiende totalmente para revisar el contenido tentativo del evento. Por la noche están citadas las cinco, junto con el resto de sus compañeros, a la ceremonia conmemorativa del septuagésimo aniversario de la Escuela Preparatoria Estatal Justo Sierra, el lugar en donde estas chicas socavan sus vidas entre libros rotos y aulas hediondas y en cuya Aula Magna se llevará a cabo un pequeño festival al que asistirán, entre otros ejemplares de la más variada y célebre fauna, el Gobernador del Estado (que siempre envía un representante a esa clase de acontecimientitos), el Presidente Municipal (quien para esa hora suele tener ya bastante rato de haberse quedado dormido, luego de una tarde como tantas otras, empinándose una botella de whisky), los directivos, la Asociación de Padres de Familia, miembros de generaciones pasadas (entre ellos el pintoresco señor Garmendia, uno de los pocos sobrevivientes del primer grupo de egresados de la institución), el alumnado en general y las estrellitas de la casa, de las que destaca muy especialmente Mariana, quien, en su calidad de Bachiller Modelo del Año dirigirá un mensaje que todos esperan sea absolutamente conmovedor y lacrimógeno para todos los babiecas sensibleros que se presentarán con sus mejores y a la vez más frágiles trajes que siempre los hacen pasar exitosamente por señores decentes y damas sofisticadas, y tanto Kitzia como Laura saben que cuando las chicas guapas aparecen sentadas junto a los esperpentos, el velo del uniforme que hace parecer a todas una sola masa excitante e intrigante de jovencitas de escuela empieza a trabajar para que el ambiente se enrarezca más, minuto a minuto, hasta que los elegantes caballeros convidados se aflojan los nudos de las corbatas para hacerle espacio al que se les forma en la garganta al tiempo que inician sus movimientos erráticos dentro de la estrechez de la butaca (Ya sabes, Kitzia, todas juntas, tan bien sentaditas, siempre me hacen sentir, ¿cómo decirlo?, je, je, algo así como maripositas en el estómago, ¡y zonas periféricas!), en pocas palabras, ese es el efecto que se busca, que seguramente es involuntario e incontrolable para los organizadores de ese y otros tantos eventos académicos cuya formalidad exige la presencia de las alumnas bien uniformadas sentadas en silencio en los asientos del frente. Aquí lo que importa es la cáscara.
-Vaya, da igual ,¿sabes qué?, el profesor Mendiola ya me dijo que a Mariana le escribieron el discurso.
-¿Qué?, ¿en serio?, se me hace raro, ella siempre se lanza solita a esos eventos donde hay que escribir ponencias y todo eso, ¿no?-Laura se desvía por una calle poco transitada, llegarán más tarde que lo acostumbrado, pero no quiere pasar otro susto parecido al del semáforo.
-Pues sí, pero esto es bien diferente, ya ves, supongo que no quieren que se ponga nerviosita, ¿no crees?, además, si te hacen el favor de prepararte algo desde tiempo atrás, mejor, menos líos para tí.
-Es cierto, pero no lo creo.
-Sí, mira, el profesor Saldivar le contó los pormenores de lo que debía decir, el otro día que estuvieron en el Café Nerval.
-Oh, ¿sí?, ¿y cómo le fue?-Algunas calles se angostan, otras se bifurcan en avenidas desconocidas y ambas chicas empiezan a trotar hacía la cerrada en donde son vecinas. Luego de trastabillar un instante sobre un montoncito de guijarros que algún travieso ha acomodado a propósito, Kitzia prosigue:
-No, pues todo tan aburrido como siempre con aquel hombre, si jamás invita nada más allá de una soda y luego ya van de regreso, es ridículo, se pasaron el rato platicando, ya ves que Saldivar es el que siempre anda en esos eventos y hasta es compadre del director, así que, imagínate, Mariana ya debe estar bien aleccionadita.
-Uy, claro.
Al llegar a la casa de Laura, de cerco destartalado y recién pintada, la más pequeña de la familia Arriaga se siente de pronto paralizada por una sensación ya familiar para ella y para su cuerpo, bien acostumbrado a los accesos de angustia cuando papá la invita a tomar un helado a Gadsby´s o cuando en el aparador de Bolsos Lorentz se encuentra con el último catálogo de Loewe o cuando por las mañanas descubre que un inmenso jardín de claveles y bugambilias escarlata ha florecido en su pantaleta, lo que indica que habrá de pasar el día completo en camita, sola, como casi siempre. Las cosas parecen perder su forma y volúmen cuando el desasosiego se apodera de su personita, aunque afortunadamente pasa rápido y el mundo recupera el significado y la poca cordura que puede ofrecer. Es cuando alcanza un hilito de voz para abrir una última conversación fugaz:
-Ah-abre exageradamente la boca-oye, Kitzia, ¿hasta qué horas te dieron permiso para ausentarte en tu casa?
-Hmm, como hasta las once, más o menos, mi mamá no se fija mucho, ¿y a tí?
-Pues yo creo que el suficiente para cumplir tranquilamente con todos los compromisos. Da igual.
-Okey, bueno, nos vemos-empieza a alejarse arrojando un beso rapídisimo e imperceptible a su amiga, impulsándolo por los aires con sus dedos bien pegados-ah, a propósito, ¿a qué horas cierran el Café Madreselva?
-No lo sé.
Laura, con el desesperante laconismo que la identifica y que incluso muchos encuentran jocoso, sube los escalones hacia la puerta principal de su residencia, arrastrando los pies y haciendo rebotar su mochila Everest por toda la escalinata, tan gris y mugrienta como las nubes que de improviso se han apoderado del cielo sobre su cabeza.
0.9
Las calles que conducen a la Segunda Sección de Residencial San Lino parecen más sinuosas y estrechas cada vez, o al menos eso piensa Mariana desde que le empezó a costar más trabajo que nunca avanzar por ellas de regreso a casa, como si su propio subconsciente la alejara más y más de su destino hasta hacerla desistir y obligarla a buscar otros horizontes, ajenos a todos esos olores y objetos que en tiempo pasado henchían su pecho de regocijo cuando cruzaba la puerta de entrada y la hacían sentirse gozosamente atada a aquella realidad y que hoy, varios años después y con el angustioso peso de saber que existen cosas mejores (cristal cortado y vajillas de porcelana estampada) y sabores más refinados (pollo con anacardos y Casillero del Diablo Cosecha 1986), la hacen sentirse agobiada, disminuida, al borde de la asfixia entre las cuatro paredes de la sala que para llevar a cabo su misión de inyectarle cada tarde su dosis de infelicidad (insatisfacción suena mejor) se confabulan con el tapetito de crochet encima de la televisión Aiwa, las colecciones de Quehacer político y El Libro Vaquero del abuelo acomodadas desordenadamente en el librero, el naquísimo retrato al óleo del tío muerto que luce coronado con su eterna texana gris y captado con un tétrico rostro de sorpresa, el póster de Los Panchos pegado junto a la puerta de la cocina, y los silloncitos forrados con plástico. Nada vale nada, en realidad; Mariana sabe, de la misma manera en que todos lo deberíamos tener presente, que sin belleza el mundo material no tiene sentido. Alguna vez se le ocurrió espetarle a su mamá que ella podría vender esa casa en diez pesos y aún así habría regateo. Pero todo adquiere una súbita luminosidad cuando aparece papá.
Papá es bueno. Papá abraza, besa, y sus manos son los aplicadores más hermosos por donde puede circular el bálsamo de la alegría y el consuelo, ese que cura las heridas y acaba con el miedo engendrado por la tristeza de la diaria rutina. Papá acaricia y juguetea. Papá dice cosas bonitas a su nena, quien, aunque sabe que no es la niña más hermosa de todo el universo, es feliz cuando papito le susurra eso y mucho, muchísimo más en el oído. ¿Qué mujer no sería feliz si el hombre de su vida le dijera esas cosas, todo el día, todos los días?
-¡Bebé!, ¡buenas tardes!, ¿cómo le fue hoy a mi chiquita?.-Francisco Batiz abraza a su hija única, levantándola del piso y girando 360, 720, 1080 grados… los que sean, siempre que tenga a su cachorra en el regazo, lista para una lluvia de besos.
-¡Muy bien, papi!, ¿me tardé?
-Hmm… no, mi amor-Papá ataca la mejilla izquierda, la derecha, y termina con un tenue besito esquimal que Mariana apenas alcanza a sentir en la punta de su nariz-…para nada.
-Qué bueno, es que ahora que estamos en periodo de exámenes salimos temprano de algunas clases y otras de plano no las tenemos, ya sabes, y me quedé con mis amigas platicando de lo de esta noche. Creo que perdí la noción del tiempo, ¿verdad?-Cachetes ligeramente encendidos, pupilas dilatadas; finalmente, es el mundo entero el que altera su estado de ánimo.
-Ah, no te preocupes, Marianita, pero, oye, ¿no estás nerviosa, cielito?-Papi guiña un ojo-¿ya preparaste tu discurso?
-Sí, bueno, más o menos, quisiera algo breve y lindo, pero no quiero llamar mucho la atención, la verdad.
-Le sigues teniendo miedito al micrófono, ¿eh?
Ahora que se dirigen abrazados a la cocina para comer algo, y que el sabroso calor que de pronto se ha apoderado de Mariana desde la coronilla hasta las plantas de sus pies se ha evaporado, puede pensar claramente y caer en la cuenta de que sus neuronas aún no han hilvanado una sola frase de la densa perogrullada que por la noche debe dirigir a un auditorio repleto de hidras impacientes y hambrientas.
-No, o más bien, lo que pasa es que…-Silencio.
-¿Sí?, dime, peque-Papá Paquito quiebra un par de huevos en el borde platinado de la sartén T-Fal que Mariana le regaló en su cumpleaños pasado y, ante la masa informe en que transforman, renuncia a prepararlos fritos para mejor convertirlos en tortilla.
Mariana, callada, se sienta en el taburete que hace las veces de sillón durante los días agitados y de silla de la cocina en los normales, y contempla las suaves danzas que las ramas de los árboles ejecutan ante el enorme ojo de la ventana, desde donde se puede apreciar el desluciminto de la comba celeste que poco a poquito va dando paso a una horda impenetrable de nubes gordas y opacas que intempestivamente han hecho perder al sol parte de su fulgor, como en un gigantesco bajón de la corriente eléctrica del cielo. De repente le han entrado unas ganas tremendas de comerse una barrita de chocolate.
-Bueno, nena, se supone que esta es una tortilla española, pero se puso a bailar flamenco, ¡y mira nada más cómo ha quedado!, jijijiji-Papa recibe un beso como única contestación mientras coloca frente a Marianita un plato con el huevo revuelto que luce muy poco apetitoso con los trozos de tomate y cebolla que su cocinero le ha añadido a última hora.
-No sé, creo que voy a tener que improvisar parte del discurso.
-¿No crees poder terminarlo hoy?-Papá da el primer bocado mientras Mariana contempla un punto cualquiera, con la mirada ausente.
“Es que con eso de que cambió de horario, me voy a perder Hamtaro”, le gustaría contestarle, pues sabe que cuando se ocupa en menesteres que requieren de su absoluta concentración, como ese, siempre pierde toda la tarde, y con ella, la barra de caricaturas de Canal 10; pero, desde luego, esa no es la clase de respuestas que se le deben dar a papito.
-Puesss… sí, yo creo que sí, papá.
De pronto, el tiempo empieza a correr más rápido, y Pancho, devorando su porción en silencio y Mariana, cortando pequeños trocitos mientras juguetea con el tenedor y observa cómo alejan algunas nubes accediendo a la presión de otras más grandes, perciben su soledad como uno de los tantos beneficios que les ha traído su relación, tan amorosa y única desde el primer momento, cuando la bebé Marianita lloraba inconsolable y sólo se calmaba cuando el jóven Francisco Batiz, padre primerizo y chico precoz, la tomaba en sus brazos y sjetaba sus manitas para acariciarlas con la punta de sus labios. Desde entonces, mamá no contó más, y padre e hija pudieron entregarse a su amor, tanto en los momentos más solemnes como en los ratitos de domésrtico e íntimo placer, como ese, cuando, entre los sabores prosaicos y olores rancios de la pequeña cocina integral, sus miradas se cruzan, sin ninguna razón más allá de la necesidad permanente de expresarse y decirse “Te quiero”, como uno de los rituales por los que viven como sujetos de ese lazo cósmico e indestructible que les da identidad y, mejor aún, sentido a su existencia.
1.0
Ernesto Vallejo termina de acomodar su billete de dos rupias en la vieja carpeta morada donde, desde los diez años, guarda su colección de billetes de banco de todo el mundo; no vale nada, desde luego, pero le gusta imaginar que tras seis años de manosear, arrugar y oler esos pedazos de papel algodonado, es ya todo un experto conocedor de los elementos básicos de diseño y seguridad del papel moneda y, en última instancia, del funcionamiento de los sistemas económicos internacionales. Juntas, todas las piezas conforman un mosaico multicolor que se despliega majestuoso ante la mirada orgullosa de Ernesto, quien hoy, como todas las tardes, se ha encerrado en su cuarto a hojear una y otra vez las páginas translúcidas de su carpeta, realizar un poco de calistenia, comer algún bocadillo industrial de su refrigeradorcito personal, leer un viejo ejemplar de ¡Linda! y masturbarse un par de veces mientras contempla a las jovencitas que desfilan por toda la revista luciendo los más variopintos accesorios de moda con qué complementar sus uniformes o su ropa casual; a veces, incluso, tiene tiempo de encargarse de sus tareas escolares, pero eso depende de su abultada agenda que por hoy ha restringido su actividades hasta las ocho de la noche, cuando deberá estar presente en las celebraciones de rigor por un aniversario más de la preparatoria, portando decorosamente su uniforme y su chaleco (reservado para las galas) que su abnegada madrecita ha planchado y colocado en un gancho de metal saobre una esquina de la cómoda, listo para vestirse.
Esta es una habitación sencilla, ideada al gusto de un agorafóbico particularmente interesado en llenar cada espacio vacío de las paredes pintadas de un azul que recuerda el cielo, con pósters, fotografías, publicidad y recortes de revistas y periódicos: “La chica Cuchi del mes” en una esquina, junto al minicomponente Fisher, “Los 10 errores más comunes de las películas de acción” pegado en la lámpara de su escritorio y “Chacal desalmado viola y descuartiza a su hijita pequeña” sobre su cabecera, en el lugar donde en tiempos pasados estuvo una foto enmarcada de Pablo VI, cuando su abuelo aún vivía y dormía ahí, en el tercer piso, exiliado, emberrinchado, ahogado por su propia bilis congestionada y reprimida, tras resignarse a ceder a las presiones de su esposa y permitir que a su casa llegase a vivir el gandul que acababa de embarazar a su única hija (Mi amor, el mal ya está hecho, y de lo que se trata es evitar habladurías que puedan dañar a nuestra niña).
Al fondo, pegada a la puerta del baño, una pecerita de plástico con tapadera color naranja alberga a un aburrido y viejo pez Betta; después de pasar más de un año encerrado en ese espacio reducido y pestilente, la tonalidad verdiazul de sus escamitas y su cola se ha opacado entre la turbulencia del agua que no ha sido cambiada desde hace tres meses y que ahora está llena de desechos y moho, ofreciendo una imagen deplorable que Ernesto no está dispuesto a tolerar: ya ha amanecido el mundo lo suficientemente nefando como para que su propio cuarto colabore con la repugnante realidad de todos los días, ya sea apestándose con ese tufo de agua podrida o deprimiendo el ánimo del recién coronado Campeón Nacional de Ajedrez en la Categoría Bachillerato.
De manera que Ernesto, con paso presuroso pero seguro, se dirige hacia la pequeña repisa en que descansa la pecerita, la destapa, mete su mano huesuda no sin cierto asco al sentir la textura gelatinosa del líquido, saca al pescadito y con unos cuantos pases entre sus hábiles dedos lo va deshaciendo hasta reducirlo a una masa pastosa en la que las entrañas y el carcaje explotan en un escalofriante y efímero instante de chispazos policromáticos sobre la palma de su mano derecha, que desliza sobre el borde del plástico removiendo los restos del animalito para que se diluyan entre la porquería del agua. Acto seguido, toma el recipiente con ambas manos y se dirige al cuarto de baño para vaciarlo en la taza del excusado y darse una sabrosa ducha que le regenere las energías que necesita para soportar el evento de la noche.
El papel moneda fue inventado por los chinos, quienes hicieron una primera prueba en 810, consiguiendo buenos resultados que permitieron que para 970 ya fuera de uso corriente. Los primeros billetes de banco (banco-sedler) del mundo fueron emitidos en Estocolmo, Suecia, en julio de 1661. El billete más antiguo que se conserva es uno de cinco dalers fechado el 6 de diciembre de 1662. Los billetes de banco en circulación de mayor valor nominal son los de diez mil dólares estadounidenses, llevan la efigie de Salmon Portland Chase y no se ha emitido ninguno desde 1944 y el Departamento del Tesoro anunció en 1969 que no emitiría billetes de más de cien dólares. El billete de valor nominal más bajo del mundo es el de un sen (una centésima de rupia) indonesio. A mediados de 1984 valían, al cambio, ciento cuarenta sens por una libra esterlina. Hoy están descontinuados.
1.1
Ha caído la noche, la gran mancha suburbana se ha vuelto aún más oscura y anodina, si es que eso es todavía posible, mientras las marquesinas encendidas lanzan dentelladas de neón a las tinieblas del cielo y las arterias principales de la ciudad, al borde del infarto, se congestionan de gente que tiene el dinero necesario para no quedarse en casa, lo que es poco menos que una bendición. Cada día hay más personas que coinciden en que las familias son una cosa asfixiante de la que se debe escapar a toda velocidad, al menos cada quincena, cuando hay oportunidad de jugar una sola vez en una de las maquinitas del Casino Continental, o de paladear un puñado de cacahuates mientras cualquier anónimo ñiquiñaque grazna una canción de ABBA o The Beatles, en uno de los bares karaoke que desfilan uno tras otro por la Avenida Huizar, cerca del Centro Comunitario. Imaginemos la perspectiva aérea, en esta noche de indescriptible negrura, circulando sobre la Zona Dorada, llena de bares, discotecas y boutiques presididas por el Casino, y desviándose hacía los deprimentes hacinamientos de complejos habitacionales de clase media baja que, junto con los parques industriales, circundan el febril distrito comercial para dar como gran total a la ciudad de Monrónica. Ahora, descendamos sobre una de tantas casitas que el Fondo para la Vivienda entrega a sus afiliados y podremos ver a Mariana saliendo por la puerta de la cocina a paso veloz y avanzando por la callecita que en pocos segundos la saca de su apacible fraccionamiento para darle acceso al excitante trajín nocturno de la ciudad; la chica es tan sólo un puntito que brilla intensamente bajo las luces titilantes del distrito de antros gracias a la dosis extra de Vidal Sasson con que ha consentido a su cabello, cubriéndolo con dos capas alternadas de shampoo y acondicionador, luego de haber terminado su pequeño pero efectivo discurso y de haber colocado su exhausto lápiz Lisa Frank entre sus plumines y gomas de borrar en su lapicero Ágatha Ruiz de la Prada; ha salido del baño, se ha puesto dificultosamente su ropa interior, su falda, su blusa y su chaleco, forzándolos sobre su cuerpo mojado y se ha despedido de su papá con el más húmedo de los besos que es capaz de dar (Papi, ¿en serio no me quieres acompañar?, no me mires así, ¿por qué siempre te quedas callado?), para dejarlo tumbado sobre su cama, descansando después de otro cansado día de trabajo y limpieza en el hogar y, tras acomodarse su corbatita de gancho, ha dado media vuelta rumbo a la puerta y de su ojo derecho ha escapado una lagrimita que escurre rápidamente hasta la punta de su labio inferior, donde se queda estacionada hasta secarse, cuando Mariana cruza el periférico para llegar hasta el boulevard Camilo Trespalacios, donde todo el trayecto se vuelve más fácil y ligero.
Ahora coloquemos la vista sobre el fraccionamiento residencial El Roble y podremos apreciar el cada vez más usual espectáculo de dos colegialas tomadas de los brazos de un individuo perfectamente conjuntado con un traje negro barato y una corbata gris barata, forzando una mueca de optimismo ante la triste escena de sus zapatos, unos viejísimos pero bien cuidados Salvatore Ferragamo, sumergiéndose chapoteantes en la laguna de lodo que ha rodeado a su Simca azul, en el que se montan sus jóvenes acompañantes, ni más ni menos que Kitzia y Laura, estrujándose y bufando entre la estrechez del vetusto cochecito, en cuyo interior colmado de humedad se manejarán temperaturas de entre cincuenta y sesenta grados en cuestión de minutos.
-¡Auch!, ¡arghh!, disculpe señor, es que esto está…
-Muy chiquito, ya sé, perdona, yo fui el que no se fijó, el año pasado metí una solicitud de préstamo para comprarme algo mejorcito pero ya ves, las cosas se ponen cada día peor, ¿verdad?, jejeje-El papá de Kitzia cierra su portezuela con una mano y con la otra se masajea la coronilla, que acaba de impactarse con la de Laura, cuando ambos se han lanzado sobre sus respectivos asientos minúsculos.
El auto arranca dejando atrás las calles polvosas y solitarias del fraccionamiento rumbo a la escuela, enclavada en el corazón de lo que los mamarrachos y los publicistas han dado por llamar “La Zona Comercial”.
-Bueno, bueno, ¿y para cuando se hace la próxima pijamada, chicas?, ¿eh?
Kitzia y Laura intercambian rápidas miradas de sorpresa ante una pregunta que las saca de balance.
-Este, huy, señor, quién sabe, eso va a depender de qué tanto trabajo tengamos pendiente y además, ya ve que a Elisa no la dejan sus papás más allá de las diez y Mariana se aburre bien pronto; así no tiene chiste, de plano.
-Ya se, y lo peor de todo es que se nos acaba el repertorio muy rápido, después de que nos contamos lo que hicimos en la escuela nos quedamos calladas, porque para colmo, nunca nos ponemos de acuerdo en qué película poner-Kitzia suelta una pequeña carcajada con la que espera zanjar tan ridícula conversación.
-Jejeje…son todas unas ñoñitas…-ambas chicas fruncen el seño, Laura se percata del inicio de un pequeño bochorno-…okey, pero supongo que también hablan de muchachos, ¿verdad?, ¿sí o no?, jijiji…
Un semáforo en rojo y un par de pitidos, pero el cochecito no se detiene, circula a la velocidad de la sangre caliente de don Lorenzo Vea, acompañado de dos chicas de mejillas color de tomate.
Un centro comercial.
-¡Hey!, ¡ya abrieron la nueva sucursal de Pretty Girl!-Exclama Laura.
-¡Yessss!, sí es cierto, bueno, detente, papá.-Ordena Kitzia.
-Pero es que, bomboncito…
-¡Qué te detengas, papá, por favor!, ¡ya!
Rápido volantazo y don Lorenzo empuña la palanca de cambios para meter reversa, colocándose de nuevo frente al establecimiento, en cuyos enormes escaparates se encuentran, imponentes y divinas, las colecciones completas de relojes Swatch y de bolsos Louis Vuitton, detrás de ellas, en el mostrador decorado con estrellitas y corazoncitos multicolores en los bordes, la nueva línea de Kiki’s Fashion: pulseras, aretitos, plumas, lapiceros, estilógrafos, plumones, calcomanías, lentes oscuros, fundas de almohada, cubiertas para celular, bolsitas de mano, espejos, calculadoras, jueguitos electrónicos…delfines, gatos, pececitos y monstruitos cariñosos para toda ocasión, gusto y ánimo.
-Jajaja, no le grites así a tu papá-Dice Laura, juguetona, mientras se esfuerza por salir de esa pequeña cafetera ambulante sin arrugarse la falda.
-Ay, Laura, ni te fijes, ¿qué quieres que te traiga, papi?-Pregunta Kitzia, melosa, mientras pasa tiernamente su cara sobre el hombro de su papá.
-Nada, Kitzia, por favor, apúrense-El hombre se limpia un par de gotas de sudor con el dorso de la mano derecha, que de inmediato se desplaza al sintonizador del pequeño estéreo Pioneer que su niña le ha regalado el mes pasado para buscar la estación de las canciones viejitas pero bonitas.
Las chicas trotan sonrientes rumbo al establecimiento sosteniendo sus pequeñas carteras Gucci de piel que han sacado discretamente de sus chalecos. En la puerta se hallan apostadas cuatro enormes bocinas Peavey amplificando poderosamente las notas digitales de un non-stop del sello dance alemán Bungalow y haciendo vibrar agradablemente los cuerpos de Laura y Kitzia mientras pasan frente al estroboscopio junto al escaparate de blusas Gap.
Olor a plástico, a limpio, a nuevo, a caro, sin duda; artificialmente pulcro y rebosante de colores excitantes; el olor indescifrable despedido por el muestrario de inciensos genéricos al lado de la caja registradora pica la nariz de Laura, quien va a estornudar cuando es interrumpida:
-A ver, a ver, ¿tienes de esto?-Kitzia le muestra una planilla de calcomanías de Hello Kitty! que al parecer su amiga aún no ha pegado en sus cuadernos, ya que se vuelve con sorpresa hacia el aparador plástico giratorio con una mueca de sobrecogimiento.
-Uff, no…-Laura le arrebata la tirita de las manos y observa el amplio muestrario de pegatinas en que la gatita protagoniza cantidad de aventuras desplegadas en no menos de dos docenas de cartoncillos engomados con chillantes tonos amarillo, fucsia, azul, verde.
-Hmm… también están las de Badtz Maru y la nueva serie de Kiki ¡con rasca-huele!
-Y mira, ¡las bolsitas tejidas Arcoiris!, a mi solo me falta la que tiene bolitas amarillas y verdes sobre el fondo doble-Acota Laura mientras se cuelga el morralito y mete dentro las calcomanias junto con su carterita, sin querer.
-¿Cómo que fondo doble?
-Sí, son todos los colores del arcoiris intercalados, así las bandas son del doble de grosor, el chiste es que no solo son los colores que conocemos, porque a veces son fosforescentes, depende de la temporada, ¿no?.
-Ah…
Las chicas creen oír el escándalo de un claxon perdido entre las reverberaciones sónicas de las bocinas instaladas a lo largo de todo el establecimiento, lo que las violenta y les acelera sus movimientos, desconcentrándolas y abotagándolas, como siempre sucede en el instante eterno en el que somos apresurados en público.
Mario
Sonia se levantó temprano, ganándole nuevamente la partida al despertador, aunque esta vez no se sintió aletargada o cansada, como solía ocurrirle (la melatonina llegó para quedarse…), sino feliz y dispuesta, pues consideraba que tanto la niebla gris y caliente que cada noche entraba a su habitación y la envolvía por completo, decidida a asfixiarla, como los aullidos que después de cierta hora empezaban a retumbar en su ventana agobiándola hasta las lágrimas estaban ya tan lejos que no serían capaces de encontrar el camino de regreso a ese departamento que aún no había terminado de ordenar, pero para asegurarse, tomó una Halcyon y se metió a bañar. El cambio de plaza como docente del Sistema Estatal de Bachillerato la había obligado a trasladarse al otro extremo de la provincia, perturbando su vida de una manera que hasta hace poco no se había atrevido a imaginar; ahora estaba sola, en otra ciudad, relativamente lejos de sus padres (recuerda que a donde quiera que vayas irás en representación del buen nombre de nuestra familia, querida…), pero rebosante de deseos de trabajar y realizarse en su carrera y, con el ánimo efervescente de la gente joven, se preparaba para convertirse en una mujer diferente a la que había sido, por ejemplo, su abuela (sí, a tu edad siempre queremos hacer muchas cosas y construimos grandes proyectos, pero ya se te pasará, hijita, solo espera un poco…), lo que, ciertamente, dadas las condiciones, no resultaría muy difícil.
Aquel torrente de agua a alta presión era grosero, incómodo, y a Sonia le dolía el impacto de cada gota sobre su espalda, sin embargo, lo realmente gozoso del momento era la sensación de cubrirse de una sutil película de polvillo ferruginoso, tal como revelaba el intenso vapor que se le adhería perniciosamente, bailando sobre sus poros y obligándola a colocar el otro pie en el mundo real, tal y como la realidad suele exigirlo cada mañana. Salió del baño ya vestida y acicalada, cargó sus implementos bajo el brazo y cogió un membrillo para mordisquear en el camino. Cerrando la puerta de su pequeña vivienda se percató de los movimientos de un par de empleados del condominio cambiando las bombillas exteriores por focos fluorescentes de alto rendimiento, y entre el trajín alcanzó a atisbar el detalle de su foquito convencional fundido, abandonado entre dos flamantes bulbos Philips, como si tal avanzada del progreso hubiese decidido obviar su modesta residencia por no contar Sonia con una familiaridad como la de los legítimos habitantes de ese territorio desconocido.
Pero, a despecho de esta ligera monserga, el sol ardía, cada ruido y cada inmundicia corrompiendo el ambiente de la ciudad encajaban en un molde perfecto que reclamaba toda la atención. Había energía, había vida resoplando un fuerte aliento que declaraba, a través de una amalgama de aceite de motor hirviente que carcomía el aire impregnado por la grasa animal podrida en un bache junto a un puesto nocturno de fritangas, que la realidad estaba tan llena de Todo, que se antojaba imposible quedarse en un mismo punto conviviendo con la Nada, y Sonia enfiló rumbo al estacionamiento pisando animosamente el cemento partido; el calor ascendente deprimía hasta a las más simples rutinas de los animalitos que retozaban en el parque contiguo, trastocando sus ciclos vitales en malignas carreras hacia la irremisible destrucción, bajo el fulgor ahora opaco de los anuncios de neón asomándose inquietos entre los edificios. Sin embargo Sonia llevaba un sol adentro, era un solecito ella misma una vez que la noche anterior había quedado atrás, liberándola de la losa del temor a la incertidumbre, un desasosiego del que sólo puede surgir el optimismo con que anotó en su diario:
“…sigo con los pendientes de la mudanza, pero con mucha alegría y empeño, esta zona es limpia y la panorámica también es muy bella. La gente de por aquí es muy seria, aunque se nota que son bondadosos y decentes y lo único que tengo que hacer es decidirme a romper el hielo. Realmente me siento ilusionada con este trabajo, hay muchas cosas por hacer y yo ya estoy lista para empezar a comerme esta ciudad a mordidas. Porque esto es como un rosario de pequeños sueños encadenados que quiero ir disfrutando uno a uno, a su debido tiempo…”
Cuando en su mente se hallaba ya hilvanado un apunte distinto y un poco más exacto:
“…no sé por dónde voy a empezar a acomodar tantas chácharas inútiles que se han venido conmigo, este departamento es feo, y muy chiquito, la verdad, y afuera las cosas no están mejor, esta ciudad está empapada de un penetrante olor al que no acabo de acostumbrarme, los vecinos se han portado fríos, no sé, como que no habían visto a nadie nuevo por aquí en mucho tiempo, además, no me ha hablado nadie de la escuela para darme instrucciones sobre mi asignación definitiva de horarios y desde antier estoy empezando a sentir los síntomas de un resfriado que ya está adquiriendo fuerza y cada día me parece más aburrido que el anterior. Tengo miedo…”
Aceleró un poco sus pasos y, unos metros antes de llegar a su pequeño Escort 1990, un potente pero delicado fulgor proveniente del contenedor de basura situado a la orilla de la banqueta la detuvo en seco.
Ahí estaba. Aún cubierta por el pliego de celofán arrugado coronado por un maltrecho moño escarlata, la taza estampada con dibujos de ositos rellena de dulces yacía ladeada sobre la brillante superficie del papel aluminio usado como envoltorio de perros calientes. El modesto obsequio que el día anterior le había hecho a su vecina de al lado lucía intacta la nota “De: Sonia. Para: Magda” adornada con tiernos garigoleos a dos tintas, completando un cuadro inesperado, por colorido, en la superficie de aquel bote de basura de la parte trasera del edificio.
Las voces durante la noche, los cambios en los registros de la voz, los soslayos, la roñosa pestilencia de una curiosidad insana matizada por la suavidad de una sonrisa. Ruiditos. Sonia sabía ya cómo funcionaba y de qué manera se distribuía por cada rincón del edificio el hálito que daba cuerda al gran organismo que afanosamente intentaba remover las partículas extrañas de su sistema circulatorio, pero siguió caminando, la fuerza del espíritu de la naturaleza viva y el candor que el sol proyectaba sobre su nuca eran demasiado potentes como para permitirse el lujo de arruinar el agradable paisaje con detalles ínfimos.
Se acercó a su automóvil e insertó la llave en la cerradura de su portezuela que, haciendo un ruido delicioso al girar la sacó de sus cavilaciones para enfrentarla a la concreción de un fabuloso rayón que surcaba la pintura amarillo huevo desde la base del faro delantero hasta el punto donde se inicia el intersticio entre la cajuela y las luces traseras.
La bebé Alondra, sobrina de la viejuca que vivía en el 1814, lanzó su enorme pelota verdiazul con un puñetazo tan desmesurado que la envió desde la esquina mas alejada del patio del condominio hasta el estacionamiento pasando junto al contenedor de basura y quedarse rodando unos instantes sobre el asfalto, imagen que causó en la niña un estupor que Sonia no pudo comprender pero que la llenó de horror durante un par de segundos y cuando pudo recuperarse, sobresaltada además por el sonsonete de la alarma de un auto lejano que acababa de activarse, pudo observar que Alondra se metía corriendo a su casa. Aún sonriente, subió al vehículo y, sin atreverse a parpadear, pudo observar que por el boulevard, a vuelta de rueda, el autobús de pasajeros que iniciaba su ruta precisamente por ahí, recogía a los últimos pasajeros que se apresuraban fatigosamente a abordar el carruaje del pueblo, entre ellos, un hombre que por la mata de cabello totalmente blanco y el rostro rugoso podría pasar por su bisabuelo y que por su mueca desvalida hacía notar una desesperación que aumentaba con cada metro que el camión dejaba atrás incrementando su velocidad, multiplicando la presión del viento oscilante entre la puerta corrediza y la mano del viejo que finalmente cayó con estrépito sobre el pavimento. Sonia, ahogada por un llanto que como tantos otros en diversos momentos de su vida estaba destinado a quedarse atorado entre su garganta y su pecho, contemplaba con espanto la quietud de ese cuerpo que, de no levantarse cuanto antes, empezaría a freírse sobre el calcinante encarpetado. La angustia desapareció por un momento y dio paso a una exquisita curiosidad que se regodeaba entre los pegajosos ardores del vientre de Sonia: ¿a qué olería aquel bulto de carne vieja y correosa al comenzar a cocinarse en sus propios jugos?, ¿de qué manera se dibujarían en su cara las nuevas facciones diseñadas según el antojo de la grasa hirviente? Sonia sintió de pronto el deseo de fundirse con ese cuerpo ridículo en un solo segundo de minuciosa disección, recorriendo cada fragmento de ponzoñosas vísceras en ebullición. Los rayos solares acababan de alcanzar su mayor poder y Sonia, entelerida, salió trastabillando de su cochecito, puso el seguro y activó la alarma, pero ésta no emitió ningún sonido, ni siquiera las luces intermitentes se encendieron, pero Sonia no se percató, pues en aquel momento no era capaz de percibir los murmullos de los de cuervos encaramados en el cerco de una casa del fraccionamiento residencial al otro lado de la calle ni la pelota de plástico que detrás de ella había sido puesta a botar nuevamente. Caminaba con la elegancia de una posesa, afirmando tranquilamente sus pasos desde el suelo herrumbroso hasta la suavidad de su alfombra. Una vez en su departamento, cerró las persianas, se descalzó y se dirigió a la cocina.
Se arremangó el saco para lavarse las manos; la súbita necesidad de dar un paso en auto para conocer los puntos más interesantes de la ciudad antes de presentarse a su nuevo trabajo ya se había esfumado entre la repentina humedad del ambiente. Abrió el grifo y entonces escuchó un golpe que cimbró las paredes, después, la tubería se estremeció y en vez de agua, pudo ver cómo escurría de la llave una baba amarillenta que fue seguida por una de tonalidad rojiza y refulgente que reproducía en su hermoso brillo el rostro descompuesto de Sonia quien, partida en dos, pugnaba por escapar de la parálisis y salir huyendo hasta el umbral de su desaparición, aunque desde luego, no consiguió apartar sus ojos ni por un momento del espectáculo de la babosa que de repente dejó de fluir para permitir el paso de un bello ciempiés que caía inquieto hasta el fondo del agujero del desagüe, veloz y consciente de que tras el aguardaban su turno los escarabajitos más redonditos y pringosos que nadie vería jamás, y que al caer en el pequeño resumidero provocó un sonido metálico cuyo eco crocante quedaría instalado para siempre en el cerebelo de Sonia, quien no se dio cuenta cuando ya estaba jalando con todas sus fuerzas la perilla de su puerta segura de que así quedaría ésta soldada con el marco de hormigón, dejando atrapadas para siempre a aquellas alimañas en sus nuevos dominios. Segura de que su hogar sería invadido por las sabandijas en cuestión de minutos, Sonia apretó la espalda contra la pared y soltó el grito más amplio y desgarrador que jamás habría creído que pudiese escapar de su garganta y que no resultó ser más que un gemido que se apagó en su lengua seca: la energía necesaria para lanzar por lo menos un discreto sollozo era algo que estaba ya muy alejado de sus capacidades, ahora sólo gimoteaba lastimeramente, trotando de un extremo a otro en el pasillo, infectando el aire con el humor ácido de su piel cansada.
Al fondo del corredor, en el apartamento 1810, las dos ancianas comadres conversaban:
-Está muy mona la nueva inquilina que acaba de llegar, ¿verdad, nenita?-Comentaba doña Gertrudis Zamarrita a doña Marielena Cobián, mientras colocaba su pedacito de strudel de frambuesa sobre el plato en el que apoyaba su taza de chocolate.
-Si, linda, ¡y no sabes con qué sentimiento llora!, como Marga López en La tercera palabra. Igualita.
Mamá siempre está frente a mí, con todo y su fuerza, su decisión y su aburrimiento, ahora solo quiero que ella esté bien, lo suplico a gritos; sin miedo, calculando mis palabras y asumiendo su gravedad, puedo decir que haría cualquier cosa, absolutamente todo lo que fuera necesario para que ella estuviera siempre bien, siempre contenta, esa es la esencia de mis días, todo el tiempo es una persistente marea apabullante de sensaciones que desembocan siempre en el mismo punto; por lo demás, estoy bien, pasando el rato, soñando, ilusionándome, ideando, desechando sueños, eliminando ilusiones ridículas, desarrollando y sepultando ideas, todo es una constante y una variable al mismo tiempo, una vorágine de cosas que voy a hacer y que se que no voy a hacer, todo en el universo compacto de un día, frágil y perfectible; a veces pienso en el amor, pero la realidad de hoy es demasiado sólida como para divagar en ocurrencias fútiles, a veces pienso en el odio y en el terror, y es entonces cuando decido apagar todas las luces; no confío en la gente que usa lentes oscuros, ni en aquella que solo viste de negro, como en una grotesca charada gótica: la oscuridad debe llevarse dentro de uno mismo; a veces, también, me decido a no permitir que ninguna nube negra oscurezca mi día de sol (aunque, en realidad, los que a mí me fascinan son los días nublados), de todas maneras, cuando me cercioro de que mi mundo está bien, cuando mi mamá me ha dicho que está bien y que me quiere, ya es de noche, y es momento de recostarme en mi cama, recargando mi cabeza sobre la almohada, y me percato de que toda mi gente ya está ahí, esperándome, también los sentimientos, esos que no alcanzo a distinguir en el mundo real…
Sólo Dios puede crear un árbol,
la boca es sólo un pretexto para la angustia
de los gritos muriendo en la garganta;
cuando niños saboreamos nuestros labios
resbalando sobre la pared: la superficie era áspera,
un color espumoso es el placer de la química
y mientras nos perdemos en el placer de la nostalgia
las madres de familia matan cucarachas,
ahora no puedo recordar ese sabor,
era tan suave como una caricia de madera,
como un animal de la estepa
acurrucándose bajo nuestro regazo
justo cuando nos dirigimos a un salón;
hay cortinas largas y manteles lascivos,
el perfume no alcanza a disfrazar los latidos
del piso de parket
denunciando al imbécil,
desvistiendo al insidioso que escupe al ponche
y roba las monedas del anciano ciego
para tirarlas a la alcantarilla.
Juntos vemos salir al sol,
es bonito cuando compruebas
que también morirá,
pues solo nos quedan las palabras
para recordarlo…
¿te gusta acurrucar las piernas
sobre una almohada estampada?
Cuando la conversación fluye,
el amor se percibe como contenido,
pero tras la pátina del color,
se vuelve convicción.
Lo mejor es una carita feliz,
sus líneas están a punto de quebrarse
anegadas por la ilusión,
por la posibilidad de tu sonrisa,
porque ese es su destino,
el único impulso
es la felicidad de un instante.
Mi primer beso,
una experiencia tristísima;
los cordones azules se habían destintado.
Mario
Cuenta mi mamá que en la mañana de mi segunda Navidad yo salí de mi cuarto a revisar el árbol y, al verlo lleno de regalos enormes y coloridos, me regresé disparado a mi cama, dando grandes zancadas; creo que estaba demasiado atónito como para abrir los paquetes y posar para la foto de rigor. Mamá, que se había prometido a sí misma darle a su único hijo una vida mejor que la que ella misma había tenido y que recordaba agobiada frecuentemente por limitaciones económicas, tenía por qué sentirse feliz: comenzaba cumplirse esa promesa.
En algunas Navidades subsecuentes, y por cuestiones del destino o de la suerte, el árbol se cambiaría por la renta de películas para acompañar el jamón que suplía al pavo horneado. Así se pasaba la noche, hasta que llegaba Santa Claus, quien, con el estómago lleno y poniéndose su chal, me lanzaba una mirada soñolienta que me pedía esconderme en el cuarto de mi abuela, desde donde se podía oír el ruido de paquetes siendo colocados en el piso de la sala hasta que se escuchaba el llamado que requería mi presencia para abrir los regalos o, al menos, para recibir un beso y una bolsa de dulces.
En otra ocasión, los acontecimientos que habían amenazado durante todo un año se precipitaron la noche de Navidad. Mi bisabuela moría en el hospital al lado mi abuela, quien llamó para avisarnos su fallecimiento. Aquella noche sólo hubo un árbol que con su alegre decorado se convertía en la única luz para alumbrar la casa. Bajo sus luces titilantes, acurrucados en el sillón, mamá y yo intentábamos juntar nuestros rostros más allá de lo físicamente posible, en un abrazo que debió concentrar el sabor de todos los pavos, dulces y obsequios que suelo desear en ese día.
Al acercarse la Navidad toda la familia se mira a la cara en busca de alguna idea para hacer algo diferente. Pero todos los años nos ocupamos invariablemente de abrazarnos y de levantar nuestros platos servidos con cualquier cosa sabrosa para luego retirarnos a nuestras habitaciones dejando en el aire sonrisas que significan “te quiero”, junto a los aromas dispersos de alguna loción barata recién sacada de una cajita ornamental hecha de madera y adornada con una reproducción borrosa del escudo nacional y con unas letras que conforman la palabra “FRAGIL”, dibujada con plantilla.
Mi mamá y yo acostumbramos comprar comida china para la cena; seguimos rentando películas y pasamos la noche platicando todo lo que nos viene a la mente, en ocasiones comentamos las líneas de estática que delatan la suciedad en los cabezales de mi videocasetera, el tostador que mi tío se ganó en la rifa de una posada luego de que el ganador legítimo no se presentara a reclamarlo o lo seco que está el arroz frito este año. Solemos dormirnos platicando de ese clima tan cálido que entra desde fuera para invadir cada rincón de la casa y de nuestra habitación que parece acentuar la tibieza que nos envuelve durante una noche para evaporarse por la mañana, pero que está ahí durante un instante incalculable que quisiéramos extender por todo un año, para soñar y crear ilusiones entre cariños y sonrisas por el resto de nuestras vidas.
Mario
Ciertamente, la tarde acababa de imponerse de manera definitiva sobre la alegría del sosiego matinal, apresuré mis pasos rumbo al canapé colocado frente a la ventana, asegurándome de amortiguarlos en la mullida alfombra (las patas del comedor y de los sillones desaparecían entre las gordas hebras prensadas), me recargué a su lado acomodándome entre el cojín de Doraemon y la colcha con dibujitos de Piolín.
-¿Qué pasa, Marianita?
-Nada
-Tu papá me dijo que se encuentra muy preocupado porque estás muy seria y no hablas desde hace días.
-¿Y?
-Y estamos preocupados.
-Bueno, es que, ya sabes, tú también tienes tus días de declive, ¿verdad?, así me siento, sobre todo cuando pienso en cosas que no comprendo; tan solo fíjate en esos pajaritos chiquitos que hay en la calle, son tantos y se me hace que están muy solos, ¿no?
-Las palomas nunca están solas.
-No, las palomas no, me refiero a esos pajaritos color café, chiquitos, hay demasiados en todas partes, pero cuando ves a uno solo de ellos, te das cuenta de que están muy solitos y no hay quien se preocupe por ellos; además, su vida es muy cortita…
-Se llaman chanates, Mari.
Soltó una risa hermosa que rompió majestuosamente cada ornato de cuantos nos rodeaban en aquella salita, sus dientes lucían opacos y adustos, por lo que los consideré perfectamente comunes y vulgares: tal pensamiento me agobió y fue entonces cuando caí en la cuenta de que nada había cambiado a nuestro alrededor.
-No, no, no, solo Diosito sabrá como llamarlos, yo nada más quisiera tocarlos, pero no se dejan.
-¿A ti te gustaría que te acariciaran?, ¿te sientes muy solita?
-Un poco, pero creo que todos estamos solos, en mi caso, pienso que papá suele dejarme sola porque a veces se cansa de mí, es decir, vivimos en una burbujita, ¿verdad?, queriéndonos mucho siempre y tal vez eso lo aburre, además, mi mamá dice que tiene otra hija y que esa sí es normal.
-Uff, ya sabemos que tu mami es muy simpática y hablantina, Mariana.
-Pero papá dice que las otras niñas son más bonitas porque sí se pueden estar quietas.
En su mejilla derecha relampagueó un tic que le fue convulsionando progresivamente todo su rostro con cada acometida; pronto, Tourette se aburrió de su cara y Marianita agitó un brazo, luego una pierna. Cuando se ponía nerviosa o triste empezaba a mover su cabeza de acá para allá, acelerando el ritmo cada vez, hasta entorpecerle el habla.
-A veces, llegamos a sentirnos muy cansadas y decimos cosas en las que no creemos realmente y lastimamos a las personas que…
-Es que… ¡imagínate!, haz de cuenta que tienes un granito de arena en el mero centro de tu cerebro y te empieza a hacer más y más cosquillitas y entonces te desesperas porque quisieras abrirte el cráneo y meterte la mano y abrasarte el cerebro con las uñas pero no puedes, entonces mueves la cabeza y te desesperas porque no sabes a quién dirigirte para que te alivie porque no conoces a nadie a quien le pase lo mismo, así que eso nunca se acaba, ¡nunca!
Se movía de un lado al otro, pero no se animaba a acercarse a mí, al contrario, giró sobre sí misma y quedó de frente a la ventana, seria, tiesa, intentando controlar la rebelión motora que le mortificaba su cuerpecito
-¿Quieres que te cuente un chiste?
-No.
-Resulta que en una familia tenían a un muchachito que nunca había hablado en toda su vida, lo habían llevado con médicos, psicólogos y hasta con curanderos, pero nadie había logrado sacarle palabra alguna, así que todos se hallaban resignados y acostumbrados a su eterno silencio, hasta que una noche, cuando se hallaban cenando, el chico, como si tal cosa, pidió, con voz y dicción perfectas y claras: “Pásenme la sal”; todos se quedaron congelados, sus padres, histéricos, apenas atinaron a preguntarle con estupefacción “¿Por qué no habías hablado antes?”, y el les contestó: “Es que hasta ahora todo había estado bien”, ¿qué te parece?
-Hmm…
Yo hacía esfuerzos por contener una risa estentórea e incontenible, consideraba que ese chiste estaba entre lo mejor de mi raquítico repertorio cómico, pero Mariana no se inquietó siquiera, aún miraba impasible hacía afuera, la noche caía poco a poco y la puerta seguía sin abrirse, solos nosotros dos, sentíamos una curiosa sensación de abandono que encontrábamos soporífera antes que agobiante.
-Papito no llega-me dijo suspirando.
-Seguramente le llegaron muchos clientes, ya sabes que loa ejecutivos de cuenta están siempre ocupados.
-Mamá me dijo que hoy vendría tarde porque tenía una junta en la escuela, con los padres de familia, parece que quieren cambiarla de grupo porque no están conformes con no se qué cosa, pero ella no me importa, la verdad.
-Entiendo.
-Ahora en la mañana les alcance a escuchar decir algo acerca de que hoy terminarían con sus problemas para siempre, pero no entendí de qué se trataba, ¿tú qué piensas?
-Bueno, a mí me parece que ahora también iban a hablar con la persona que quiere comprarles el Pontiac viejo de tu papá, les urge deshacerse de él, ya ves cuantos problemas y gastos les ha generado, sí, eso debió ser.
-Claro-me respondió titubeante.
Algunos departamentos y edificios de oficinas enmarcados por la ventana encendieron sus sistemas de iluminación, lo que, antes que alegrar el interior de la casa, lo ensombreció.
-¿Te fijas?, puedes ver por la ventana las luces de los rascacielos, ellos mismos se ven un poquito como una noche con muchas estrellas, ¿no?
-Pues… sí, así es-una agrura inexplicable me recorrió desde el fondo de mi estómago hasta la garganta.
-Si no me equivoco, cuando era chiquita, siempre que mi papa y mi mama se iban y yo me quedaba sola en mi casa, yo miraba por esta ventana y las estrellitas me jalaban, me sacaban de aquí y yo volaba y recorría todo el cielo.
-Ajá…-me empecé a poner nervioso, aún me pregunto por qué.
-A través de la ventana podía ver la oscuridad de la noche, cuando regresaba de platicar con ellos, con las personas de las estrellitas, y sentía como si estuviera escuchando tu voz otra vez, aunque estuviera sola, y eso era todo lo que resonaba en medio de la quietud.
-Sí, ya desde entonces platicábamos mucho.
-Si mal no recuerdo, la primera vez que platicamos la noche estaba muy estrellada.
-¿En serio?, no lo recuerdo.
-La gente de esas estrellas me quiere mucho, todos los que conocí allá seguramente me recordarán, algún día habrá en que ellos piensen muy especialmente en mí.
-¿Tú piensas mucho en ellos?
Mariana se cubrió el rostro con sus manitas bien apretadas, como intentando impedir que una insondable angustia saliese disparada de algún lugar de sus vívidos recuerdos.
-Me gusta acostarme y pensar que estoy con ellos, sobre todo cuando mi papá se levanta y se va a dormir con mi mamá y me deja encerrada con llave, pienso que de inmediato vienen por mí y jugamos toda la noche.
-Es bonito pensar en eso, te libera de mucha tensión.
-¡Pero es que después sucede de verdad!
-Claro, Mariana, claro, concéntrate en pensar sólo cosas buenas y saldrás adelante.
-La estrella que yo extraño particularmente está muy lejos, esa gente tan bella y amigable y dulce algún día pensará en mí y me recordará con gusto, ¿verdad?
-Así es, tú no te preocupes.
-Me gusta que alguien piense en mí.
-Todos lo hacemos, Marianita.
-No es cierto.
Afuera, el bullicio cesó durante un instante solo para acentuarse escandalosamente poco después, se oyó el ruido de algo que parecía quebrarse y las luces de los rascacielos se pusieron a titilar, yo me había decidido a no dejarme llevar por mis emociones en esa ocasión y, por fortuna, pude mantenerme en mis trece.
-Efectivamente, no es cierto, Mariana, el amor se termina por diversas causas, la gente desaparece, a veces de las maneras más absurdas, pero se esfuma; yo lo haré, tu también, algún día, aunque para eso aún falte muchísimo tiempo, mientras tanto, piensa en ese mundo que hay en ti misma, dentro de tu cabecita hiperactiva, piensa en esas bonitas estrellas que, gracias a Diosito, nunca desaparecerán, créeme.
Se quedó callada por un largo rato. Comunicar una mala noticia, desde mi perspectiva, es una empresa que no cualquiera puede realizar sin resultados lamentables para ambas partes, sigo creyendo que mi función por aquel entonces fue hablarle a Mariana con claridad y dulzura. No sé si lo logré, sin embargo, lo que aún no consigo olvidar, claro, es su reacción. Lindos ojos. Aquel rostro violentado por el impacto debía ser la imagen misma de la purificación por el fuego. Aún hoy no puedo dormir cuando se me aparece en algún punto de la oscuridad de mi cuarto, patrocinado por una noche llena de estrellas.
Mario
Juan VIII, ascendido al trono de Pedro hace dos años apenas, en 855, ha sido un pontífice al que todos los romanos hemos aprendido a apreciar y respetar por su especial preocupación por mantener la vigencia de la Santa Iglesia, a pesar de todos los problemas que provocan aquellos infieles que gobiernan al mundo ejerciendo mala influencia sobre el resto de los siervos de nuestro Padre, pastor firme y seguro de su autoridad resquebrajada en medio de los restos del Imperio, derrumbado hace ya más de cuatrocientos años y cuya sombra no parece tener el brío suficiente para resurgir de entre una materia detrítica inferior a las cenizas.
El pergamino en el que escribo estas líneas ya se está quejando de la aspereza de la pluma y espero, aún así, poder completar este relato peculiar.
El hecho ha sido por demás llamativo, diría que especialmente vergonzoso, porque temo a los efectos de denominarlo “morboso”, ha sucedido en unos momentos en verdad críticos para todos nosotros; corren rumores terribles acerca de que en las Galias llueve sangre, mientras por estos rumbos debemos soportar la vomitiva hediondez de las langostas que, muertas, caen al mar, como en una maldición bíblica en pleno corazón de la fe universal. El pánico ha cundido y hasta el más valiente empieza a saber lo que es el terror anidado en el fondo de las entrañas; y la coronación de Carlomagno, hace varios lustros, anuncia la consumación de los tiempos, en una profecía no atendida hasta hoy, cuando en medio de la catástrofe las multitudes nos congregamos a vitorear al Papa: exigimos que nos tranquilice.
Así, lo seguimos, porque nos dirigimos a su residencia, al otro lado del río Tiber, en una procesión desde la Basílica de San Pedro, donde la comitiva papal se organiza para pasar por un estrecho callejón entre el coliseo y la iglesia de San Clemente, sin embargo, el horror de la colectividad parece cruzar el angostillo con más ligereza que los ciudadanos que la integran, por lo que un enorme contingente queda atorado al frente del séquito pontificio, provocando la pérdida del equilibrio y el tambaleo del Santo Padre, quien tropieza y cae.
El hombre fuerte de nuestra Iglesia está en el suelo y, por momentos, todo el panorama se paraliza alrededor del Papa, y los cardenales más cercanos se disponen a ayudarlo mientras los fieles se vuelven una masa anárquica, confusa y desesperada, al tiempo que los demás obispos y purpurados forman una valla que intenta evitar que, en el histerismo del momento, el pueblo romano dañe más a Su Santidad de lo que legítimamente desearía ayudarlo.
De pronto, entre la mahorrina de sudores, cuerpos y gritos trastornados de la muchedumbre, comienza a oírse el llanto de lo que parece ser un bebé.
Efectivamente, se confirma que se trata de un bebé recién nacido, que petrifica a los cardenales primero y al pueblo entero después, con su vagido atronador, obligando a todos a voltear al centro de la escena y sorprenderse ante un hecho espectacular e inverosímil concentrado en la mancha de sangre en el piso, alrededor de un ensordecedor grito femenino surgido desde el fondo de la garganta del pontífice.
Escándalo en la Ciudad Eterna, la Papisa Juan VIII en su revelación como mujer ante las aglomeraciones aterrorizadas que sostienen el aire a un mismo tiempo, clamando la sangre de la Vicaria de Cristo y de su hijo, cuyos gritos, fundidos a coro con los de su madre son desoídos por todos los concurrentes: tanto campesinos y comerciantes de hoz y morral como príncipes eclesiásticos investidos por la santa dignidad de su purísimo destino, quienes dan muerte a la Jefa de la iglesia y al retoño papal al mismo tiempo.
De regreso por la senda del Tiber, la concurrencia ha alcanzado la suprema y tranquila beatitud de aquel perplejo que siente haber corregido oportunamente un error que había escapado de su vista por una mera obnubilación de los sentidos y del sentido del deber más elemental.
El ser humano desde siempre ha inventado, con esa habilidad tan propia para mentir e hilar intrigas, medios para ocultar la verdad, de ahí que no deberá sorprender a nadie que todo mundo diga, a partir de ahora, que en realidad Benedicto III, el Papa designado por el Cónclave como sucesor de la ahora innombrable soberana, fue quien gobernó la iglesia desde hace dos años. Seguramente piensan que el mundo está lleno de idiotas.
Algo de luz, mucho de sombra,
aquí estoy,
dando vuelta a cada fotografía,
a punto de perderme
en el fondo del pozo,
verde, amarillo, chispas de púrpura,
con miedo de encontrarme
una cosa horrible
entre esos pedazos de papel,
como en la tiniebla del pasillo,
o en la puerta cerrada con pestillo,
o así como en la caída de las hojas,
de las gotas,
de las plumas,
del incensario,
o de las risas
ahogándose en la angostura
de una madrugada promisoria,
que se ilumina por la mañana,
se envilece por la tarde
y desaparece durante la noche,
repitiendo el ciclo
que intentamos capturar
con imágenes idealizadas
en cada neurona,
y que se pervierten
en el mundo de las formas;
el percutor se acciona
y aquí estoy,
contemplando todo lo artificial
de aquello que jamás podrá ser
tan terrible y hermoso
como lo que se parapeta detrás de mis ojos.
Mario
Dino, escritor fracasado y jugador empedernido, había descubierto en aquella suite de ese hotel de mala muerte un lugar apacible y agradable para darle rienda suelta a su imaginación; finalmente había encontrado un nicho apartado del mundanal ruido del exterior y de las bacanales antológicas que se celebraban a las afueras de ese hotel de rameras, lugar insospechado en donde terminaría por ver un verdadero santuario para continuar con su novela, su gran ilusión inacabada en la que había trabajado durante la última década, sin salir jamás de la primera pagina.
“La danza de las solteronas”, se llamaría; basada en su infancia, narraría la vida de un niño en la casa de sus 14 tías quedadas, que pasaban todas de las cinco décadas, esto, mientras su madre viajaba por el mundo con su nuevo descubrimiento amoroso: un magnate petrolero que gustaba del placer de la adrenalina corriendo por sus venas cuando realizaba algún desfalco financiero contra alguno de sus adversarios en el negocio y era descubierto por las autoridades internacionales para luego ser obligado a huir del país en el que estuviera infiltrado; jeques, monsieurs inversores de la apertura comercial global o texanos maledicientes, cualquiera podía sufrir una estafa o robo en su negocio por aquel millonario ambicioso que estaba más interesado en mantener su monopolio que en cuidar de su amante, con la que mantenía una relación de mera conveniencia que la proveía de nueva clientela en todo el mundo, seduciendo jefes de estado, emires y primeros ministros, que, cegados por la fogosa conducta de la dama, se deshacían en atenciones, caricias y collares de perlas que ella lucia en cuanta cena o reunión acudiera con una invitación oficial en los lugares más disímiles del orbe, todo esto con la venia silenciosa de las cenizas de su marido, que permanecían inertes bajo la cama de la modesta casa de la que aquella señora había salido para nunca volver.
Sí señor, con esto, Dino lo tenia todo para escribir, mas que una historia cómica sobre los problemas de una infancia traumática, una novela de aventuras e intrigas internacionales al mas puro estilo Raffles o James Bond, pero esto no era lo que tenia contemplado para incluir en su primer libro, que era el que lo haría famoso, porque todos los premios literarios que se pudieran ofrecer en todo el mundo eran solo algunos de los objetivos que Dino tenia planeados para el futuro, incluyendo su posterior retiro a las montañas canadienses para trabajar, ahora sí, en su segundo proyecto literario. Así de altas eran las metas que Dino Barrientos Burruchaga tenia para su futuro de escritor.
Pero lo primero que tenía que hacer era continuar y terminar su novela, así que, luego de darse un baño reenergetizante y de devorar su desayuno continental, se plantó frente a la maquina de escribir portátil que había traspasado tres generaciones de su familia, y comenzó a revisar los papeles en donde tenia todas sus notas de trabajo y la única media pagina que había logrado de su novela en diez años.
Una vez dispuesto todo el material tras un ritual que se venia repitiendo desde el feliz momento en que se decidió a ser escritor, Dino comenzó a teclear, vaciando las notas mentales mas cercanas en su mente para desarrollarlas en el papel mas tarde.
“Pafnuncio vivía tiempos difíciles, sus tías le habían enseñado una disciplina férrea consistente en una obediencia total a sus ordenes, sin importar que tan descocadas fueran estas, así, vivía una existencia apacible y pacifica, salpimentada con las ocurrencias, historias y regaños de su numerosa parentela.”
Así empezaba y, hasta el momento, terminaba, la novela de Dino, esa obra magistral que lo conduciría irremediablemente a la consagración universal, solo que su único defecto era que no la había acabado.
Y para solucionar tan inconveniente situación, Dino puso manos a la obra, comenzó a teclear animadamente en la maquina de escribir, para así continuar con su trabajo, tan postergado durante tanto tiempo…
Han pasado tres horas en las decisiones concernientes al trabajo creativo, Dino no sabe en realidad como va a continuar su novela, puesto que al observar sus antiguas notas de trabajo, le ha venido una oleada de recuerdos tan variados como el de la noche en que su madre volvió a la casa de sus tías a anunciar que había quedado sola de nuevo tras la ejecución de su amasio por una corte marcial en Dien Bien Phu, luego de ser sorprendido por las autoridades de Vietnam del Norte pirateando códigos de la computadora nacional de defensa civil, habito que se le había dado muy bien a aquel ricachon por aquellos tiempos en los que defraudaba a diversas compañías multinacionales, y a comunicar que cobraría una pensión muy jugosa para su manutención y la de su hijo, para después volver a las andadas por el mundo con un japonés octogenario de Chiba-Ken, que se había enriquecido cobrándole a los soldados del emperador por usar un paredón en Saipan para las ejecuciones en masa, Dino también recordaba como aquella pensión del amante petrolero de su madre había sido dilapidada por el vástago único de la dama en los casino y burdeles de moda de Las Vegas sin sentir ningún tipo de culpa, para luego convertirse en el beodo repulsivo que lo había llevado, a sumirse en el agujero mas profundo de los abismos del vicio, y por ultimo, a ese hotel de pirujas en el que no encontraba sosiego para escribir su anhelada novela, pero por supuesto, no incluiría eso en su trabajo.
Y si la infancia es destino, entonces Pafnuncio bien pudo haber sido el embrión del Dino que más de treinta años después se ponía a escribir una novela lúdica y enfadosamente humorística, con chispazos de petardeo bien disimulados en anécdotas que nunca existieron pero que están tan bien escritas que se hacen pasar por verdad.
Y es que el asunto de las identidades personales en la década de los noventa se enfrenta día con día con individuos capaces de convertir cualquier cuartucho de hotel en una morada perfectamente adaptable a sus necesidades creadas pero tan bien adaptadas a su estilo de vida, que se vuelven indispensables.
En un principio, la novela de Dino pudo ser una obra basada en sucesos tan aislados y reales como el del primo que fue ejecutado en Estados Unidos por la supuesta violación de una de sus hermanas, pero que en realidad fue colocado como chivo expiatorio por parte del equipo de campaña de su tío, el verdadero culpable, que por aquel entonces era candidato a Representante, o como le de la tía Doris, que se pintaba el pelo a las tres de la mañana de cada jueves, cuando todo el mundo dormía y no podía notar que su blonda cabellera no era más que una ilusión provocada por el tinte Marca Propia que compraba en el mercado de la esquina de la casa.
Pero no, se necesita un argumento más sólido.
Ya esta por amanecer y Dino teclea animoso en su maquinita, esta ansioso por vaciar sus historias y sus recuerdos en la hoja de papel, sabe que, a como esta observando el desarrollo literario de su novela, bien podrían pasar otros diez años para comenzar la escritura del segundo capitulo, pero Dino ya no tiene tiempo, sabe que la salida bajo fianza de su madre de la cárcel por el asesinato de Wakayama-san es ya un hecho, y que pronto lo ira a buscar para pedirle dinero y así continuar su juerga mundial, y también sabe que, al contarle sobre su vicio de 50,000 dólares diarios en el Caesar´s Palace podría repetirse con toda facilidad aquel episodio en Tokyo que llevaría al anciano militar a la tumba, en el fondo de su piscina palaciega, luego de negarle mas dinero a su dama especial, tras comprobar horrorizado que su cuenta bancaria de Ginebra se encontraba, no en la bóveda privada de aquel hijo del sol, ni en algún banco de las Islas Caimán, sino en los minks de la señora, en sus perfumes de Esteè Lauder y en las servilletas sedosas de Hermès, dejando en la ruina al oriental, Dino también sabia que su madre era capaz de robar, de engañar y hasta de matar con tal de mantener su lujoso estilo de vida, así de fácil, tan fácil como sentarse, escribir cualquier estupidez en la maquina de escribir o empujar una silla de ruedas a una alberca.
Son casi las cinco de la mañana y la Remington esta que echa chispas, Dino esta inspirado, posiblemente por la cercanía de su progenitora, posiblemente porque siente el fin de su carrera malograda de escritor, posiblemente porque presiente que, de alguna forma u otra, su madre sabe donde esta y que esta por sorprenderlo en un hotel de paso haciendo esfuerzos sobrehumanos por hilvanar unas cuantas frases, sin un centavo en la bolsa, por eso, cuando escucha unos fuertes golpes contra la puerta de su cuarto, sabe que bien podría ser, no su madre, sino algún camarero malhumorado o cualquier otro ser humano capaz de semejante acción, pero, en ese instante, Dino pudo sentir correr por sus venas el mismo adrenalinazo que habría sentido cualquier preso entre un millón de los que se ejecutaron durante alguna de las batallas de la Gran Guerra, ya sea en Saipan, en Normandia, en Iwo-Jima o en cualquier otro lugar en donde se cargara un arma en posición amenazante, porque como bien lo dijo Stalin, una muerte humana es una tragedia, un millón de muertes humanas es una estadística.
Mario
1
Frente a la hoja
Mohandas Carter se ha dispuesto a escribir un libro, ¿pero de qué?, la pregunta está en el aire y revolotea enfadosamente bajo el falso plafón del techo de la desordenada habitación de este individuo que se ha decidido iniciar la encomiable tarea de escribir, ¿pero qué escribir?, ¿una novela?, ¿un libro de cuentos?, ¿un ensayo?, ¿una obra de teatro?, ¿un recetario?, ¿una historieta?, es difícil saber, con tantas ideas es importante escoger la mejor, ¿pero cual? ¡si todas, irremediablemente, lo llevarán a la fama que precederá a esa gloriosa senda dirigida hacia el Nobel de literatura!, efectivamente, escribir es una empresa difícil, pero Mohandas lo logrará, si, seguro que lo logrará, por una sencilla razón: ahora se ha convertido en escritor.
Desde el glorioso momento en el que quiso escribir un libro y avisó a toda su parentela que se encerraría en su cuarto a escribir o, en el peor de los casos, a esperar que le llegase la inspiración, advirtiéndoles de antemano que no deseaba interrupciones ni ruidos de ningún tipo, Mohandas había separado del cajón barnizado de su escritorio un paquetito de hojas blancas tamaño carta y las había colocado ceremoniosamente bajo la luz del flexo para después arremangarse la camisa y tomar su preciado bolígrafo adornado con la litografía de una bailarina nudista de las épocas del Can-Can parisino de los fabulosos años veinte y plantar su pesado brazo sobre el bonchecito de celulosa procesada adoptando una postura de meditación apropiada para ir desgranando cada una de las opciones literarias que tenía ante sí.
Primero estaba el asunto de la proyección, ¿a quién estaría dirigido su libro debut?, ¿a los niños?, ¿a los adolescentes?, ¿a los adultos?, ¿a los ancianos?, ¿a los amargados?, ¿a los alegres?, ¿a los eruditos?, ¿a los ignorantes?, ¿a los obreros?, ¿a los empresarios?, ¿a los pobres?, ¿a los ricos?, ¿a los gordos?, ¿a los flacos?, ¿a los tranquilos?, ¿a los inquietos?, ¿a los negros?, ¿a los blancos?, ¿a los hombres?, ¿a las mujeres?, ¿a los estudiantes?, ¿a los vagos?, ¿a los deportistas?, ¿o a los intelectuales como él?, es una difícil decisión, de la proyección de su primer libro, y de su asertividad para escogerla, dependerá su éxito y su paso a la historia. Hans Christian Andersen escribía un teatro fuerte, con obras dramáticas e impresionantes, o al menos eso creía el, porque le salían muy infantiles, según le decían, entonces, encontró la posteridad escribiendo cuentos para niños.
La princesa y el guisante, el escritor y su pluma, y Mohandas Carter tenía el porvenir en la mano derecha, aunque de vez en cuando, el destino de la literatura pasaría a su mano izquierda, por culpa del ambidextrismo de su indeciso portador, aun así, solo sería necesario un cambio inocuo de posición. Así pasó su primera hora como escritor establecido, acompañado de una blanquísima centena de hojas de papel, y paseando su impúdica pluma de la diestra a la siniestra y a la visconversa. Entonces, pensaba Mohandas: ¿qué será bueno?, ¿algo que tenga un mensaje?, ¡no!, no va a ser un fabulista, va a ser un novelista contemporáneo, ¿o un cuentista?, ¡tal vez un ensayista!, no, tampoco, ¿o historiador?, ¡Mohandas Carter siempre ha sido bueno aprendiendo fechas!, no, tampoco.
Meditaba entonces, tal vez eso sea bueno, escribir un libro de superación personal, a final de cuentas, los escritores como él, que no tienen ideas, ni creatividad, ni futuro en la literatura, se dedicaban a eso, a escribir, irónicamente, libros de superación personal, pero no, Mohandas Carter, aunque estaba aburrido, sí tenía ideas, sí tenía creatividad y lo demostraría, solo hacía falta una idea, una prodigiosa idea.
2
Un cuento
Entonces, Mohandas Carter elige la primera opción, ¡si!, ¡un cuento!, ¡excelente idea!, al fin y al cabo, el cuento fue el principio de la narrativa, de la literatura, y, ¿por qué no decirlo?, de la historia, ¿cómo no?, si la historia es puro cuento, sí, ya se lo estaba imaginando: ¡Hitler y el comando de los comunistas nazis a bordo de la poderosa nave Goebbelsprise, ataca las baterías antiaéreas instaladas en las bases cubanas del planeta Roosevelt, pero no cuenta con que Luis XVI Montesquieu lo espera con una turba de Ayatollahs armados con misiles de gas mostaza, proporcionados por créditos a cargo de los gobiernos de Saddam Hussein y del archiduque Francisco Fernando, previa firma del Tratado de Brest-Litovsk a bordo del acorazado Missouri, por Mussolini, Colón y Salinas!… así de fácil es escribir.
Era, según se acababa de dar cuenta Mohandas, muy fácil plasmar alguna tontería en el papel, eso era un cuento, pero, ¿le gustaría escribir una tontería?. No, ese, su primer cuento, era una pieza destinada a ser un gran cuento, no una tontería, pero por otra parte, un relato no tiene que ser lógico y serio, entonces, lo ideal sería escribir una historia humorística y fantasiosa, pero siempre conservándose lógica y ordenada, por lo tanto, pensaba, ¡eso no sería un cuento!, pero Mohandas había aprendido religiosamente, así como se aprenden el por favor y el gracias, que si no es una temática libre, entonces es necesario establecer una serie de temáticas preconcebidas para seleccionar la mejor, pero, ¿de donde sacaría algún tema?, la desaparición de un joven en un laberinto metafísico, la muerte de un ex-embajador amargado, las correrías orgiásticas de la hija de un diputado, las oportunidades que se presentan todos los días para hacer montones de dinero, las aventuras que se suceden al dar un paseo nocturno con los perros de Suburbia, las infinitas posibilidades de la vida nocturna, las andanzas de algún chico de Nueva York, o el melancólico testimonio de la esposa de algún famoso escritor que siempre tenía tiempo para divertirse y ser ella misma y así jamás aburrirse, durante los ya lejanos años veinte…todas las historias le parecían largas para ser un cuento.
Todas eran historias que Mohandas Carter, escritor, podía desarrollar al infinito, pero entonces, ya habría que pensar en algo más alto, todas las historias organizadas en su imaginación desde días antes, ahora las encontraba excesivamente largas para compactarlas al pequeño universo cuentístico, tal vez habría que adelantar un poco la carrera de escritor y pasar a lo grande, ¡una novela!, eso sería aceptable, aunque Mohandas lo duda un poco, ¿en verdad quería pasar de cuento a novela sin hacer un ensayo previo?, eso sería como si un bebé empezara a dictar conferencias antes de empezar a hablar, así de ilógico, así de irregular, así de interesante…
3
Una novela
Mohandas Carter, escritor, tiene por qué estar orgulloso, su calidad literaria es tan superior que en este, su primer día de actividades como literato, ya ha pasado por su primer época productiva, correspondiente a la elaboración de cuentos que funcionaban, más que nada, como preparación para proyectos futuros, contando hasta el momento con una producción literaria total de 0 unidades, pero eso, ¿qué importa?, lo importante aquí es el hecho maravilloso de que ahora escribirá una novela, el paso de cuentista a novelista, se ha dado, ¡y en un tiempo record!, un hecho que sin duda amerita una celebración, pero Mohandas no tiene tiempo para celebrar, ahora hay que empezar una novela.
Muy bien, se hará una novela, y nuestro personaje sabe que una novela puede ser de dos tipos: lineal y brechtiana, la primera es la narración de una historia desde el principio, prosiguiendo con el desarrollo y terminando con el final, que puede ser alegre, triste o tranquilamente aburrido, dependiendo del final que el autor quiera darle a su propia vida, y la novela brechtiana, que vendría siendo más identificable en los locos realistas contemporáneos, puede empezar en el final y terminar en el principio, o iniciar en el desarrollo, continuar en el final y terminar en lo que sería la primera línea si se tratara de una novela lineal, entonces, la primera decisión se vuelve una encrucijada: si el escritor se decide por un formato y debe llegar al punto final utilizándolo, renuncia al otro.
Ahora puede escoger dos caminos, sería fácil escribir una historia lineal, entonces, la novela se convertiría en una de tantas, con inicio, continuación y final, pero no, Mohandas no es un escritor del montón, sino un escritor del monte, por lo tanto, está decidido: una novela moderna e introspectiva marcará su debut, bien, ahora lo mero bueno, la decisión final de todo ebanista literario como Mohandas Carter, escritor, para comenzar, ya en forma, su carrera: la elección del tema, de qué hablar, para qué decirlo y cómo decirlo, ¿qué novela puede llegar al público en general?, es muy difícil saberlo, porque cada cabeza es un mundo, todos tenemos diferentes gustos, a cada quien le gusta algo, por eso es que existen novelas de misterio, drama, comedia, terror, humorismo, etc., para cada quien, es por eso que no ha existido una novela universal ni en los principios de la palabra escrita ni actualmente,.
¡Pero Mohandas Carter se encargará de eso!, ahora, sentado frente a sus hojitas de papel, se dispone a lograr ese prodigio, va a escribir una novela para todos, ya que hasta el momento no se ha decidido por nadie a quien dirigirle si creación, entonces escribirá una novela universal, con proyección para todos, y, además brechtiana, como es la vida de todos, o casi todos: disparatada y desastrosa. Entonces ya están decididos el formato y la proyección, pero sigue pendiente el tema, que, efectivamente, debe ser para todos, Mohandas ha divagado demasiado, es necesario resolver eso cuanto antes, un tema universal para una proyección universal, y ese tema será ¡la muerte!, no, ¡la vida!, no, ¡la familia!, no, aunque esos son temas universales que le interesan a todo el mundo, no son, seguramente, el interés último de la literatura de un escritor tan completo como él.
Entonces, ¿qué?, el trabajo no le interesa a todos, el descanso, puede ser pero no todos tienen tiempo de eso últimamente, el arte, también podría ser, pero, ¡uy!, no, eso sería tanto como burlarse de la ignorancia de la gente, entonces, ¿qué?, pues nada, que para un escritor tan magnifico como Mohandas, basta con que logre el entendimiento para sí mismo de esos temas universales, pues no hay razón para que el vulgo espeso tenga acceso a tan profunda información que no podría asimilar en toda su magnitud, por lo tanto, un escritor como este, debe hacer algo a su medida, y no debe andar ensayando con cosas que no están a su nivel, ¡eso es!, ¡hablando del rey de Roma!, ¡eso es lo que hay que hacer!, ¡un ensayo!.
4
Un ensayo
No hay forma de definir la estupefacción de Mohandas Carter ante este nuevo avance en su corta, improductiva, pero brillante carrera de escritor. Había pasado por el cuento y por el intrincado mundo de la novelística, había meditado y discutido consigo mismo todas las opciones para crear lo que se propuso desde el principio de la jornada: escribir un libro, y ahora se encontraba otro peldaño que subir, seguramente igual que los otros, ahora estaba en condiciones de escribir un ensayo, ahora, el gusto es mayor, pues ya había pasado de la fantasía al análisis, y ahora contaba historias verdaderas y profundas.
La literatura ahora sería para Mohandas el espacio idóneo para explotar todo su talento analítico ,entonces, ya no hay razón para esperar más, ¡hay que escribir un ensayo!, y Mr. Carter, animoso, coloca ya la pluma cerca del papel listo para ser mancillado, cuando de pronto, la pregunta lo asalta de nuevo, y ahí está, impune, agresiva, odiosa, ¿de qué escribir el ensayo?, ¿cómo elaborarlo?, ¿cual sería su contenido? ¿de qué?, ¿de política?, ¿de literatura?, ¿de entretenimiento?, ¿de deportes?, ¿sobre el comportamiento humano?, ¿sobre la cultura y las tradiciones?, ¿de didáctica?, ¿de ciencia?, todo es posible, pero nadie, ni siquiera él mismo, domina toda la verdad.
Entonces, no puede seleccionar todo al azar, de tal manera que está obligado a seleccionar un tema, pero, ¿qué tema dominaba?, en la escuela, Mohandas Carter había tenido cierta experiencia dando asesorías a sus compañeros en la clase de Historia Universal, considerándose a sí mismo como un profundo conocedor de el acontecer del mundo durante la Segunda Guerra Mundial, sus héroes y villanos, las historias de aquellos que originaron las ideologías que habrían de batirse en los campos de batalla de la conflagración más sangrienta de todos los tiempos, de la deprimente infancia de Hitler a las aventuras y exilios de Lenin desde el Lago Ginebra hasta la Estación Finlandia, así las cosas, sintiéndose una verdadera autoridad en el tema, ahora Mohandas puede disponerse a escribir tranquilamente un libro de historia de la segunda gran guerra. Voltea de repente al fajito de hojas blancas y le parecen escasas para vaciar su caudal de conocimientos y disertaciones.
En su mente comienza a hilvanar la primera frase del ensayo, algo así como “La Segunda Guerra Mundial representó, al igual que el resto del siglo XX en lo general , una interrupción del curso normal de la historia de la humanidad por toda la serie de cambios, causas y efectos que significó” suena bastante bien, un excelente augurio al principio de un best-seller y, por lo tanto, un vehículo ideal para la consagración de Mohandas Carter, bien, elegido está el tema, y el ensayo de dividirá en “causas”, “desarrollo” y “consecuencias”, del famoso conflicto bélico, entonces, se tratará de una historia lineal, que comienza por el comienzo, continúa por la continuación y finaliza en el final, tal y como sucede en la novela lineal.
Efectivamente, un recuento histórico-cronológico de un evento cualquiera, en este caso, la Segunda Guerra Mundial, tiene que ser, necesariamente, una historia lineal. Pero, ¿qué no era una historia lineal la que Mohandas había rechazado para la que estuvo a punto de ser su novela debut?, y si, efectivamente, hablar de historia es hablar de sucesos, y son, precisamente, sucesos los que conforman las novelas y los cuentos, ¡entonces Mohandas Carter no puede escribir una historia lineal en su ensayo!, ¡pero tampoco una historia en formatos modernistas, porque no podemos pensar que la guerra inicia con el suicidio de Hitler el 30 de abril de 1945, provocando la caída de la bomba atómica y la invasión a Danzig y Pomerania.
Mohandas aparta la pluma de la hoja de papel, antes la había colocado con mucha seguridad, ahora la retira meditabundo, ¿será posible?, un escritor como el no puede andar escribiendo historias del montón, eso era lo que había pactado consigo mismo cuando se decidió a escribir una novela, sin embargo, ésta había dado lugar a otro proyecto más complicado, la estructuración de un ensayo que sería un recuento de la cronología completa de la Segunda Guerra Mundial, que era, por fuerza, y al igual que todos los sucesos de la historia, un acontecimiento con desarrollo lineal, situación que iba en contra de las intenciones literarias de un suceso de las letras contemporáneas como lo es Mohandas Carter.
Prontamente, Mohandas Carter se ha dado cuenta de que toda la historia del mundo no estaba a su nivel, pronto la encuentra simplista al no poder ofrecerle algo que no fuera una cronología lineal entonces se sintió decepcionado y aburrido al darse cuenta de que, en la historia, el suceso A desencadena el suceso B, y que éste, por el solo hecho de ocurrir, propicia el suceso C, que surge, irremediable y rápido, de las características de los anteriores acontecimientos, así las cosas, es imposible escribir un ensayo, no solo de la Segunda Guerra Mundial, sino de cualquier pasaje histórico, entonces, el ensayo no es el camino para un brillante poeta de las estructuras y las temáticas contemporáneas, ¿poeta?.
5
Un poemario
La palabreja retumba en cada rincón de la retorcida mente de Mohandas Carter, quien ya no puede seguir con sus elucubraciones respecto al ensayo, ¿poeta?, y, ¿por qué no?, es decir, seguramente la prosa y la crónica se le habían negado y lo suyo, en verdad, era la poesía, ¡sí!, ¡una excelente idea!, ¡a la luz de una vela apagada, un ciego escribía lo que un mudo le dictaba!, ¡muy bien!, ¡escribir poesía es despertar emociones!, y eso es precisamente lo que Mohandas quiere hacer, despertar emociones, y no lo lograría, seguramente, con un aburrido cuento, una insípida novela o un somnífero ensayo.
En definitiva, todos los demás géneros no cubrían las necesidades artísticas de Mohandas, por ser limitados en fondo y forma, pero la poesía representaba un medio excelente para vaciar todos los sentimientos que trae en la mente y en el corazón, así pues, un poema es la clave, y eso es lo que se hará, desentramará los tejemanejes del corazón humano, descifrará los sueños y las ideas, y todo con un poema que respondería a todos los cuestionamientos universales de la débil mente humana, así de fácil, y lo logrará con unas cuantas simples e inspiradas frases que conmuevan a todos los corazones.
Pero, ¡un momento!, ¡paren las prensas!, ¡aquí pasa algo!, ¡Houston, tenemos un problema!, ¡Mohandas, tenemos un problema!, a ver, con calma, ¡acaso no era un poema lo que el pálido e insignificante joven Chris, tu compañero del cubículo de al lado escribe a escondidas durante la hora de la comida?, ¿y que no se trata de un poemario lo que Laurita, la secretaria del Licenciado Farrow, oculta con tanto celo en el cajón de su escritorio? (Sí, bueno, a decir verdad, tratar de ocupar el tiempo del horario de trabajo distrayéndose con algún hobby es algo muy típico en el mundo de las oficinas burocráticas; si uno pregunta a alguna de las empleadas boquipintadas que en ocasiones suelen atender a las multitudes histéricas entre cada sesión de maquillaje, nos puede responder, si no esta muy atareada soplando a la pintura fresca de la uña del meñique, señalando a aquel señor que está allá, hasta el fondo, entre la mesita de café y la oficina de conserjería, ése que usa brillantina para relamerse el pelo y un saco de rayitas con los codos parchados: “ése escribe poemas”, acentuando la perversidad de las palabras con una leve sonrisita que hará que la quinta capa de make up se le cuartee).
Mohandas Carter, un soltero bilingüe y culto, feliz poseedor de un reluciente título en Historia que socava su miserable y solitaria existencia colgado entre los posters y retratos de su oscura habitación, que ha tenido una evolución sorprendente gracias a su mente brillante de escritor superdotado, el día de hoy parece estar corriendo con suerte: su conciencia lo ha detenido a tiempo y le ha hecho reflexionar en que un escritor de su calidad no tiene por qué rebajarse al nivel de la raspa ignorante con la que debe convivir diariamente en la oficina, por lo tanto, un poema no tiene por qué ser la vía mediante la cual escriba su ópera prima. Es algo muy simple, ¿acaso Mohandas hará algo que hace todo el mundo?, ¿escribir poemas?, ¡no!.
Finalmente, una cosa es cierta: si Mohandas Carter, escritor establecido se rebajara a escribir un libro con un contenido común, como lo hace medio mundo, escribiendo poesía simplista, pueril y con el fin último de distraerse y olvidar la frustrante realidad de saberse encerrado en una oficina de burócratas durante los treinta años más productivos de su vida, su carrera se verá seriamente afectada, y ya no podría escribir un libro histórico, magistral, formidable, como los que solo él sabe escribir, sin que lo persiguiera por siempre, cómo una tira de deudas sin pagar, la sombra ominosa de un mediocre libro que se dejó condenar a un contenido como el que cualquier gaznápiro puede escribir unos cuantos minutos antes de que doña Cholita le sirva el café de la mañana y lo obligue a apartar la libreta para colocar su bebida entre los folios de adeudos expirados y las amarillentas fotos de la familia. No, la poesía no es el camino.
6
Un recetario
La impaciencia, sí, la desesperación ponzoñosa de estar aburrido, también, son temas para Mohandas Carter en estos momentos, sabe que tiene un suceso editorial entre las manos, que tendrán que moverse rápido para poder hacerlo realidad, en tales maquinaciones se encuentra cuando su estómago emite un sonido raro, que no alcanza a identificar, aunque bien se imagina lo que ha de ser, ¡es el gruñido de un estómago hambriento!, Mohandas cae en cuenta de que no ha comido, pero, ¿quién tiene tiempo para comer?, un escritor como éste no puede darse esos lujos superfluos ni perder el tiempo en ello en medio de la elaboración de su histórico debut literario.
Para Mohandas la comida siempre ha sido un objeto de culto y veneración constante, teniendo como centros de peregrinación los distintos restaurantes de la localidad, no por nada, ahora es el orgulloso portador de una prominente barriga que puede presumir soberbiamente, considerándose una eminencia en la materia, y es importante apuntar que Mohandas sabe que quien tenga conocimientos de algo debe compartirlos con quien carezca de ellos, así, el mismo se encuentra en condiciones de compartir conocimientos de gastronomía mundial en un lindo recetario que no tiene que ser una obra ensayística. Mohandas cambiará la Segunda Guerra Mundial por el pay de manzana.
Bien, un recetario es una buena idea, puede empezar con postres, continuar con platos fuertes y terminar con entremeses, ¡excelente!, ¡absolutamente modernista!, al gusto de un renovador literario como Mohandas Carter, escritor, dueño de una panza labrada palmo a palmo en todos los restaurantes de la ciudad, ahora solo hace falta vaciar esta experiencia en el papel; algo de comidas populares, para empezar, una hamburguesa simple, pero, ¿qué contiene la hamburguesa comercial?, ¿esa carne es carne de verdad o es algún producto de soya?, ¿el huevo del desayuno es soya también?, seguramente, no pude existir un huevo tan perfecto y tan amarillo, tiene que ser soya, ¡huevo sintético!.
¡Y la comida china!, ¡esa sí es una fuente inagotable de material fascinante!, desde las carnitas de gato colorado, hasta la sopa de aleta de pollo, ¡todo un reto al paladar del conocedor!, pero el embotamiento extásico del sabor único que brindan las sobras del arroz recalentado y la verdura de la verdura presente en el plato de pato deshuesado no permiten el funcionamiento adecuado del raciocinio, con lo que se cancelan las posibilidades de pensar y analizar antes de meterse a la boca ese pedazo de Foo Young al que se le puede acusar de todo excepto de tener nexos con el huevo, así, es muy difícil establecer un orden como el de un libro de cocina, en el caos total.
No, un recetario tradicional cuyas recetas obedecen un orden lineal no está a la altura de Mohandas Carter, y un recetario crítico, analítico y reflexivo de todas las corrientes gastronómicas de una ciudad cosmopolita no puede considerarse un recetario en forma, sino un bizarro ensayo torpemente estructurado por un gourmet aficionado e inconforme que no puede probar de ninguna manera y por ningún medio, los complots imaginarios que ve en cada plato de arroz frito, en cada hamburguesa o en cada lata de conserva industrial, ¡pero ya hemos quedado de acuerdo en que ensayos no!, no, un recetario no está a la altura de Mohandas Carter, súper escritor inconforme.
7
Una historieta
Mohandas medita unos momentos en esas palabras, ¿súper escritor?, se oye bien, Mohandas Carter, el renovador, pero, ¿de qué manera ejercer esa fuerza si cada alternativa ha resultado improcedente ante la grandeza de su autor?, escribir una historieta acerca de esta jornada también es posible, pero no, no vale la pena, porque aparte, para ser dibujante, hay que tener bastante habilidad, pero Mohsndas agotó su pulsó durante sus infructuosas empresas juveniles en la Marvel, ¿en verdad sería feliz reviviendo viejas costumbres?
Todos los súper héroes ya fueron súper explotados, habría que crear nuevos, pero Mohandas tiene la última opción en lo pretencioso que resultaba su propio nombre: Mohandas Carter. La voluntad y la dignidad del gran redentor de los pobres hindúes, Mohandas Karamchand Gandhi y el presidente que teatralmente y en apariencia, cortó de golpe la expansión imperialista de los Estados Unidos en el cono sur, James “Jimmy” Carter, quien preparara los tinglados para devolverle su canal a Panamá, pero no, tampoco, esta mezcla de virtudes no es viable en un súper héroe convencional, no, una historieta tampoco es el camino.
8
El escritor
Mohandas Carter se ha dispuesto a escribir un libro, pero, ¿de qué?, la pregunta sigue en el aire, y revolotea desesperadamente sobre aquella centena de papel, aún virgen y blanca como la leche y la nieve de coco. Nuestro escritor ha llegado a una conclusión: ¡ha vencido a la literatura!, ni sus colegas Shakespeare y Wilde, ni sus cofrades Cortazar y García Márquez pudieron sortear las dificultades de la literatura con tanta gallardía, con tanta elegancia, ¡y en tan poco tiempo!. Ni un libro escrito, pero, ¿qué importa?, el valor de un escritor magistral como Mohandas no radica en la cantidad sino en la calidad, ¿qué tan excelente será su obra que no es merecida siquiera por el papel?.
El escritor es un maestro de la lengua, pero Mohandas Carter superó sus propias expectativas, no necesita escribir ningún libro para demostrarle al mundo o a sí mismo su lucidez, su excelencia y su dominio sobre cada una de las letras y cada uno de los géneros, ¡así de excelso es!. ¡así de brillante su carrera artística!, pero, pasando al otro lado de la moneda, el vulgo es demasiado ignorante como para comprender a los maestros como él, escritor, así las cosas, resulta imperativo escribir un libro, solo para demostrar que Mohandas existe y para advertirle a los intelectuales y al comité consultivo del Nobel de literatura que va en serio, pero eso será en otra ocasión, porque el hambre se hace presente de nuevo y una tripa ya se comió a la otra.
Entonces, Mohandas Carter, escritor, guarda su preciada pluma, vuelve a encerrar el paquetito de hojas blancas en el cajón barnizado de su escritorio y apaga la luz de su lámpara de trabajo; tal vez mañana haya mejor suerte.
Mario
Entre los muros helados de la sala de mi casa transcurre mi pequeña vida ebria de sonidos desquiciantes en que la música ininteligible se convierte en la única protección contra las cosas que no quiero oír y las personas que no quiero mirar a los ojos, mamá se queja de que mi mirada se pierde por igual en el monitor de la computadora y en el crucifijo decadente que una de mis abuelas puso en el dintel de la puerta de entrada hace unas cuantas décadas y cuyos bordes están totalmente descarapelados, y es que en realidad no hay nada que ver, he aprendido mi vida de memoria, ha llegado la hora de acercarse, desde una prudente distancia, a las de los demás: somos muy afortunados por poseer ventanas, el vidrio es translucido e indiscreto, es una buena protección que da tiempo para armarte con algún objeto contundente mientras el esquizofrénico de la cuadra emprende la carrera hacia mí, harto de que lo mire acariciarse los genitales mientras observe un remolino en el suelo, frente a mi casa; siempre es útil conocer las costumbres de los vecinos, es un buen entretenimiento, con el paso de los años noto su envejecimiento, su tristeza puliendo las arrugas de sus manos y dándole brillo a sus ojeras y labios resecos. Allá van Max y su odiosa mujercita mucho menos alegres que hace un año y el bello cutis de mi vecina Lucía se ha echado a perder con la fabulosa verruga que echa raíces sobre su labio superior y todo eso me hace sentir tan feliz y jovencita que nuevamente agradezco no sé a quién por no haberme dado la costumbre de salir de mi hogar y pasear saludando a los vecinos porque entonces en este momento no estaría aquí contigo sino en cualquier otra parte, en un restaurante con mis amigas (o amigos!) o, aún peor, en alguna casa ajena, y antes de que me diera cuenta, mis manos estarían agrietándose y mi pelo opacándose, cada vez más lacio, hasta aceptar compartir mi cabeza con las primeras canas prematuras. No, eso es imposible, por ello es que estoy aquí, porque quiero que me conserves tal cual siempre que vengas a verme, además, la contaminación se pone peor día con día y no es conveniente que a estas alturas empiece a exponerme a los rayos del sol, vivimos en un lugar caluroso, pero el candor del corazón es lo verdaderamente asfixiante, tengo que caminar mucho para cansarme y hacer que disminuya la excitación que me provoca ver a tanta gente bella pasar frente a mi ventana, esas blusas y camisas con logos de grandes multinacionales me recuerdan el tremendo placer de ver a mis ex-compañeros de la primaria detrás del mostrador de la hamburguesería diez años después y eso para mí es suficiente, el sofoco que sus cuerpos enfundados en esos uniformes vaporosos manchados con grasa vegetal me provocan alcanza a nublarme la razón durante todo el día y cuando los vuelvo a ver (creo que algunas veces llego a mirarlos) vestidos de civiles no los reconozco y ese es un gran aliciente para que mi mundo interior no sufra ningún daño severo. Lo que más me emociona en este mundo son los ancianitos, babeo cuando observo a Don Antonio (o a Don Emigdio, podría ser) arrastrarse por la calle frente a mi banqueta con el periódico bajo el brazo y el filtro ardiente de un Raleigh entre sus deditos arrugados y entonces quisiera salir y secuestrarlo, obsequiárselo al porvenir entre los efluvios amorosos de mi suave aliento y mi excelente café express, porque siempre he pensado que los viejitos (adultos mayores, les llaman en la televisión) se merecen todo lo bueno y las más sinceras atenciones pero, tú sabes, el sol, el viento, en realidad el ambiente se ha vuelto sumamente hostil año con año, las cosas no tienen la misma claridad de antes, eso me impide salir de dulce claustro seguro, hermético, debo mantenerme tal y como me viste la primera vez, refugiándome en la zona más sombreada de la banquita del parque del fraccionamiento, odiaba tanto el metal caliente del asiento, tan luminoso que me pareció que hervía, pero no me atreví a levantarme porque no quería sentir el calor de la naturaleza horadándome las orejas y aquí me tienes y, no me hagas mucho caso, pero una vez, una sola vez, vi a unos gemelitos tomados de la mano caminando perfectamente sincronizados ante mi ventana pero no localizar en el paisaje a sus padres, simplemente pasaron, y yo los vi, con sus cabecitas rubias proyectando el destello dorado del sol de la tarde y se fueron para siempre y supongo que no debo repetirte que no podría haberme asomado a la calle porque ya has entendido que no hay motivo para eso pero, retomando un diálogo que escuché en una película de la que ya no recuerdo a sus protagonistas, podría explicarte aquel acontecimiento diciéndote que son raras las oportunidades de aventurarnos mas allá de nuestra rutina diaria, pues eso depende del buen ánimo de que se disponga, algo ya muy raro en este tiempo de bienestar generalizado y el momento justo en que notamos esa necesidad es cuando el corazón se congestiona y la garganta se cierra ante la sorpresa de sentir cómo se va haciendo insoportable el deseo de no morir jamás.
Mario
La tensión y el celo se han ido, ahora solo hay esporas flotando en ese calorcito acogedor que hace que las cuatro paredes de concreto se vuelvan de fragante pino y que sientas tu pecho a punto de estallar de regocijo; tu precioso muchachito retoza ágil en el campo de juegos, dando vueltas gozosas alrededor de los demás efebos de marfil turgente. Piernas, agua y pasto, y tu mano certera interviniendo el alegre morral multicolor, tocando, sintiendo, cebándose en fugaces explosiones de placer táctil arrobando cada surco de tus huellas dactilares hasta que la feliz conclusión de tu búsqueda te llena la palma de suaves mixturas de almizcle y menta. Corres. En la soledad de tu habitación te diluyes entre los ángulos refrescantes de su letra “F”, de esa firme parte de su esencia que ahora es la tuya en tanto sientes cómo la torre del templo se yergue maciza, cortando el aire, hasta que tu corazón explota y la bruma cancela al sol.
Mario
I.-La última lluvia en la casa
Se presentaba al principio como una molesta gotera que resonaba en los oídos como una tortura incesante que hacía pensar que había llegado para establecerse por siempre la rutina casera, daba la impresión de que, sin importar cuantos soles se desplegaran bajo la comba celeste, siempre encontraría una nube particular de dónde sacar las aguas del hastío y la ansiedad. Frecuentemente subían todos los miembros de la familia a la azotea para tratar de localizar el foco de tan atronador martirio; y un día descubrieron una gotera en el techo abriéndose paso entre el viejo asbesto desgastado, haciéndose poco a poco lo suficientemente poderosa para vencer paulatinamente la estructura del techo sin que nadie lo percibiera hasta que finalmente, en una tarde lamentablemente densa por culpa de un sol indeciso y opaco, terminó por reventar el sobradillo e inundar la casa con todo y habitantes, por primera y única vez, como en un diluvio de poca monta.
II.-Desintegración
Cuando despertó, se volvió hacia la ventana y observó todas las cosas convertirse en una masa de barro pringoso. Saliendo a verificar la panorámica del exterior, pudo percatarse cómo los edificios se tambaleaban tras unos segundos de temblor ondulante y alucinado, que cimbraba todo su imponente volumen. Después, dirigió su mirada al piso intentando distinguir cualquier vibración sospechosa, desde un zapateo particularmente fuerte hasta el nacimiento de un sismo de magnitudes colosales: nada. La gente caminaba y realizaba sus actividades de manera regular, como si nada estuviese sucediendo, sin inmutarse, paseando, trabajando, a veces corriendo; de pronto, todo ello le pareció la escenificación de un paisaje asaz grotesco, magnificado con cada cosa y cada ser conforme deambulaba por la ciudad, contemplando horrorizado a los edificios desintegrándose y reintegrándose, hasta que él mismo se desintegró.
III.-El velorio
Fue largo el proceso de embalsamamiento, monótono y rutinario pero, al final, el cadáver quedó listo para su presentación, con todo boato y elegancia, en el pomposo circo social de las exequias de rigor para aquellos cuerpos tan bellamente adornados para su lucimiento eterno en las entrañas de la tierra. Pero en el momento de su colocación en el estuche, y de su mismísima entrada triunfal a la capilla, se pudo sentir un cambio significativo en el ambiente, otrora relajado y levísimamente bullicioso. Todos los presentes tuvieron la sensación de estarse careando con la personalidad afectada y adusta del ahora occiso; es increíble lo que una persona habilidosa puede hacer con varios kilos de maquillaje y la disposición de la materia vieja, correosa y tradicionalmente malhumorada como la de este hombre que había sabido transmitir su sombrío estado de ánimo de la vida a la tumba, no sin antes mostrarse marchito ante los ojos atentos de sus deudos.
Mario
I
Pero, ¿por qué se acaba de estrellar Martín de la Concha?, ¡si hace tan sólo un par de horas estuvo departiendo tranquilamente con Amparito!, ¿no es injusto que aquel paro cardiaco, tan inminente desde hacía tiempo, lo alcanzara justamente en la carretera?, sí, pero el corazón es traicionero, sobre todo si es de Martín de la Concha, ¡mira que sacar todo el dinero del banco para luego huir a la frontera!, si, ese era un plan mezquino, pero funcional y práctico, después de brindar gozosamente con su esposa y una copa de cognac adulterado, la conciencia dicta una orden, que en esta ocasión ha sido la de escapar, junto a su pequeño helecho y sus últimos diez mil dólares.
II
-¿Cómo que no puedo pasar?, ¡traigo prisa!-. Le grita desesperado Martín de la Concha al agente que realiza un retén cerca del lugar donde su Grand Marquis 1992 se ha estrellado contra un árbol; el tránsito no se percata sus gemidos, es obvio, los muertos no hablan ni son escuchados; parece que no hay duda, Martín de la Concha está muerto, pero, ¿por qué?, ¿no ha sido él la persona más buena y decente que podía ser?, ¿no hacía visitas a los orfelinatos durante la navidad?, ¿no pagaba a tiempo sus impuestos?, ¿no les regalaba una botella de brandy a los empleados de limpia cada año nuevo?, sea como sea, ahora todo ha quedado atrás.
III
Martín de la Concha gustaba de cuidar plantas, todos los días se levanataba y se dirigía a su helecho, le limpiaba las hojas y le quitaba el polvo a su maceta. Sí, como padre era sobreprotector, “el que no tenga hijos, que tenga plantas”, decía, y es por eso que para esa huída se había llevado a su chiquirrinín, (¡chiquirrinín!, ¡chiquirrinín!, ¿quieres más agua, chiquirrinín?), esa planta que su esposa odiaba tanto; por eso lo había invitado a comer, por eso le había preparado esa copa de cognac sospechosamente turbio, con la cual poder llevar a cabo la ejecución de esa idea con la que ella, Amparito de de la Concha, había despertado por la mañana (si no mato al helecho, mato a Martín).
IV
Entre los restos mortales e incomibles de ese delicioso filete mignon y los exóticos aromas de las digestiones difíciles, Amparo y Martín levantaron esa tarde sendas copas de cognac y se desearon salud, en un momento en que se ocultan los intereses que hay detrás de la cordialidad; Martín no sabe cómo decirle a su esposa que se ha enamorado de otro helecho y quiere llevarlo a casa; Amparo no sabe como decirle a su maridín que está preocupada porque esa tarde lo va a matar porque simplemente ya no lo aguanta ni a él ni a su terregoso hijo, y ha olvidado cual de las dos copas contiene el cianuro potásico; pero, en fín, hay momentos en los que sólo se puede reir y decir ¡Salud!.
V
Vale la pena mencionar aquel momento glorioso en que ambos, como en sus buenos tiempos, volvieron a jurarse amor para toda la vida para después saborear placenteramente de los soberbios platillos servidos. Amparo observa el juego que hace la garganta de Martín cuando traga el contenido de su cáliz, porque con su maridito fuera de circulación podrá tomar el dinero del seguro y disfrutar de sus anheladas vacaciones en la Costa Azul, finalmente, cuando vuelve a dirigirle la mirada a Martín, éste coloca su copa vacía en la mesa, junto a su plato.
VI
Entonces, analiza el fondo de su copa y se preocpua al observar fríamente los restos del líquido, el extraño gusto amargo que paladea y la sensación de que Martín ha escapado por la puerta de sevicio que se encuentra al lado de los baños del restaurante con la intención firme de desaparecer cuanto antes, le hace pensar que tal vez algo ha fallado en su plan.
VII
Como que había observado las intenciones de su mujer desde un principio, así de seguro estaba de lo que podría haber pasado esa tarde, había visto la malicia bailar en las pupilas de Amparito, por eso decidió ir al baño un momento, para tranquilizarse, para aclarar las ideas, entonces, en el camino, a través de las ventanas del corredor turquesa de la sala de los sanitarios, vio su vehículo, brindándose a su perplejo propietario desde el estacionamiento, ofreciéndole la oportunidad de huir y salvarse, junto con su helecho, por supuesto, de aquella bestia, de esa arpía psicópata en que se acababa de convertir su esposa, por lo que decidió seguir sus instintos: salió por la puerta de servicio, montó su automóvil, fue a su casa, recogió a su única razón para vivir, fue al cajero y tomó carretera.
VIII
Con su preciado y clorofílico acompañante en el asiento de al lado, Martín de la Concha, parte rumbo a un destino desconocido, pero que espera que sea lejano y seguro, para así comenzar una nueva vida llena de oportunidades, satisfacciones y helechos, sí señor, la fortuna lo ha colocado en un punto central, y sería imperdonable desaprovechar la oportunidad, en ese preciso y mágico momento, por la carretera y dirigiendo su bólido ’92 hacia la libertad, un árbol no parece tener gran importancia, y menos para un hombre que es tan libre que puede darse el lujo de desobedecer reglas de tránsito elementales y salirse la carretera en medio de un infarto masivo.
IX
-¡Martín!, ¡oye!, ¡vamos, despierta!, ¡tenemos que movernos muy rápido para poder alejarnos cuánto podamos!, ¡mira, hasta la policía acaba de llegar!, ¡en serio que tus distracciones no pueden dejar nada bueno!-exhorta Martín de la Concha al Martín de la Concha que se halla boca abajo, sobre el volante de su auto; las cosas son ahora muy distintas, los espiritus condenados no tienen oportunidad de salvación y, aunque Martín es un buen hombre que siempre visita los orfanatos haciendo obras de caridad cuando puede, paga puntualmente sus impuestos y provee generosamente de su dotación navideña de brandy a los recogedores de basura, se ha olvidado de lo más importante: ¡no le ha puesto agua a su chiquirrinín!.
Podemos decir que, simplemente, ha cometido uno de los peores crímenes que un padre puede cometer contra su hijo, la negligencia a ese extremo puede y debe castigarse ejemplarmente, pero ahora ya no importa, también diremos que las prisas en esta ocasión se explican por el temor que inspira la certeza de que la vida corre peligro, el hombre que dijo, para excusar la estrechez insólita de su uretra que quién no tenga hijos, mejor que tenga plantas, ha faltado (y lo hará por los siglos de los siglos) a su responsabilidad como padre de esa pobre plantita a la que ha secuestrado como parte de un ominoso plan para huir sin huella, es por eso que ahora, al morir, se ha quedado atorado en esa terrible duda, ¿a dónde ir?.
X
Martín de la Concha Honrubia, licenciado en Derecho y defensor de la vida de las plantas, existe, aunque ya no sin el envoltorio del cuerpo material, en medio de la vida y de la muerte, sin saber qué es peor, si haber trastocado su existencia y su destino al huir del lugar donde su esposa perecería lastimosamente entre la frustración inconmensurable que sólo provoca un intento malogrado de homicidio, o haber sacado, sin darle de comer a su hermoso helecho de la casa donde había vivido tantos años venerándolo, para después olvidarse de la trastornada Amparito que en estos momentos habría estar seguramente, carcomiendose por el odio, la impotencia y la copa de cognac que definitivamente le ha sentado mal.
Tal vez ambas cosas sean igualmente graves, pero ahora, ese oscuro laberinto ético de contradicciones, indecisoines y desesperación se encuentra resumido ante los ojos de Martín de la Concha en la inexpugnable soledad de la carretera larga y sinuosa en la que se encuentra, destruido, paralizado y rodeado por paramédicos y policías ineptos, porque, a la muerte del mundo de la materia tal como lo conocemos, solo puede seguir el desasosiego del que se sabe pérdido en la confusión para toda la eternidad.
Mario
1
Me levantan a las seis de la mañana en punto, tras una sarta interminable de irritantes arengas como ¡Mariana, levántate que ya es tarde!, me despabilo y acabo de comprender que ha empezado un día más de escuela, a donde, he de aclarar, no voy, me llevan.
Salgo de la cama, bostezo y el tufo pestilente de los gérmenes acumulados durante la noche sale disparado omnidireccionalmente, trato de que esto no ocurra, tapándome la boca con las manos, pero mis esfuerzos resultan infructuosos, mi mamá se da cuenta y me manda al baño a lavarme.
Después de desahogar mi vejiga y de limpiar mis dientes careados, tengo oportunidad de tomar una siesta de diez segundos sobre las toallas pachoncitas y así no sentir el frío estrujante del azulejo en el cachete, como otras veces me ha sucedido, que es cuando paso media hora estornudando, sin embargo, muy pronto debo abrir los ojos hasta donde las lagañas me lo permiten y salir a cambiarme, pues mamá grita mucho, demasiado para mi gusto, y es que somos tan diferentes… ya nos han dicho en varias ocasiones que no nos parecemos en nada y ella misma me comenta que podría jurar que no soy su hija de no haberme observado cuando me parió.
Entonces salgo del baño y en mi cuarto, sobre la mesita, me espera una charola con agua, café, pan tostado y cereal, son las seis con diez, mamá enciende la televisión y la pedestre voz del conductor del noticiario matutino, acompañada de una música repelente que me taladra los oídos, inunda la habitación, mi mamá no alcanza a entender, mientras sube el volumen hasta unos cuantos puntos antes del nivel máximo, que a estas horas de la mañana no tolero ni siquiera el viento que se cuela por los agujeros del marco de la ventana, es como si todas las sensaciones me llegaran magnificadas por la modorra que me permite apenas mover lentamente mi mano para alcanzar la taza de café.
Me da mucho asco desayunar, al menos tan temprano, generalmente me como un pastelito o una fruta al mediodía, mamá tampoco acepta eso, y por tal motivo me sirve un desayuno rebosante de sabrosas viandas que comería gustosa si fueran las diez de la noche, pero que en este momento simplemente no puedo disfrutar, es como si mi estómago decidiera no abrir sus puertas en este ingente horario, pero no le queda más que aceptar resignado lo poco que alcanzo a tragar antes que mamá empiece a gritar histérica, clamando porque me ponga los calcetines.
Me gustan esas calcetas largas y sueltas que me llegarían a la rodilla si no fueran tan cómodamente flojas, son calientitas en invierno y se vuelven frescas y confortables en los días de calor, el resto de mi uniforme es simplón y nunca me ha gustado, pero siento que lo odio cuando debo levantarme a ponérmelo en menos de un minuto porque de nuevo se me hace tarde y mi mamá no deja de patear la puerta de la sala para darle acompañamiento a sus berreos de inconformidad, pues faltan quince minutos para que den las siete y yo ni siquiera me he puesto los zapatos.
Y cuando salimos de casa y me acomodo en el asiento del carro, estoy tiritando, aunque afuera el sol brilla con una intensidad calcinante y el vecino pasa trotando vestido con una playera de manga corta y unos shorts que me hielan las piernas con tan solo mirarlos, ¡qué difícil es hacer las cosas cuando una no tiene ganas de nada más que quedarse bajo dos cobijas hasta la tarde sin que nadie le interrumpa el sueño!, pero parte de la disciplina tal y como la entienden los directivos de las escuelas parece ser la de pasar diariamente por el suplicio de ese frío mañanero que llega hasta le medula mientras va congelando los huesos.
En el camino trato de pensar en algo estimulante que pudiera ocurrir en el día para despertar un poco e ilusionarme por llegar a la escuela, pero no lo logro, solo recuerdo que debo entregar un obtuso ensayo sobre las drogas en la clase de Orientación Educativa, donde ahora están manejando contenidos programáticos que se dirigen a sus alumnos menos iluminados, para que no se quiebren mucho la cabeza tratando de presentar trabajos sobre temas de actualidad o por lo menos, levemente originales.
Llegamos a la escuela, me despido de mi mamá, me bajo del carro y cruzo la puerta principal, paso por la dirección y voy caminando sobre las canchas deportivas cuando de improviso siento que alguien me detiene con un apretón en la cintura.
-¿A dónde cree que va, señorita?-Me grita el prefecto, mientras me encamina de vuelta sobre mis pasos hasta la oficina de la directora donde me sienta en una silla del escritorio para luego retirarse dando un portazo y dejarme sola a la espera de alguien con autoridad venga a recriminarme por mi mala, irresponsable, poco cooperativa y asocial conducta, reflejada en los escritos liberaloides que he tenido el desacierto de publicar en el periódico escolar en ocasiones y más frecuentemente en el tablón de mensajes.
Los siguientes diez minutos los paso en total soledad, el silencio es abrumador y acaba por cansarme, aunque no tanto como la efusiva llegada del profesor Antonio, orientador escolar, quien no parece traer intenciones de aplicarme algún correctivo.
-¡Mariana!, ¿cómo estás?, por favor discúlpame por el recibimiento que te han dado, pero es que hemos tenido algunos problemas con los directivos con varias de las cosas que has escrito, pero no te preocupes, lo que pasa es que estos imbéciles no comprenden tu esencia-Me dice, mientras acaricia el pelo sobre mi hombro y toma mi mano para levantarme de la silla.
-Me parece que comparto su opinión-Digo por decir.
-Jajaja, bien, ahora apúrate que hay muchas cosas que hacer, vámonos antes de que llegue alguien.
Salimos apresuradamente, encuentro desconcertante que mi trabajo sea requerido tan temprano por el profesor, de ahí que para sacar platica, pregunto:
-¿A dónde vamos?
-¿A dónde crees?, a mi oficina, ni más ni menos, tenemos muchas cosas de qué platicar-Responde agitado el profesor Antonio.
-Pero, ¿no voy a entrar a mis clases de hoy?
-No tenemos tiempo para pequeñeces.
Entramos al Departamento de Orientación, en su cubículo se pueden observar carteles informativos sobre el SIDA, las drogas, el aborto, etcétera, lo de siempre; mientras los miro, el profesor Antonio, va esquivando con movimientos cadenciosos los papeles tirados en el piso hasta sentarse ceremoniosamente en su silla.
-Bueno, estuve leyendo tus artículos sobre el gobierno y las mafias infiltradas en él, y también eso que escribes acerca de que en la cafetería usan vísceras de desecho para preparar los antojitos, son interesantes, aunque estarían mucho mejor si le bajaras un poquito al tono crítico que les impregnas.
-¿Qué quiere decir con eso?-Pregunto dando un brinco, finalmente, ya estoy despertando.
-Lo que quiero decir es que uses tu mente para otras cosas, que escribas tus pensamientos sobre otros temas menos dañinos para la sensibilidad de algunos, empezando por los profesores de aquí.
Lo miro con seriedad, y aunque no me sorprende la poca sutileza de su censura, comienza a aburrirme la falta de habilidad con la que él y otros de mis maestros conducen esos reproches plagados de argumentos que se caen como parches mal pegados.
-Quiero que escribas algo sobre las drogas, un ensayo aparte del que te encargué en clase, en el que plasmes las verdaderas ideas que manejas sobre el tema de las adicciones en general, dando algunas aportaciones personales sobre cual es la manera más eficaz de hacer que la juventud se aleje de ellas-Dice el profesor Antonio, descubriendo sus intenciones.
-Lo siento, maestro, pero yo nunca he escrito nada sobre las drogas, y lo que le traigo es sólo una investigación, la verdad es que ni me interesa-Contesto, esperando dar por terminada la charla.
De pronto, observo que el rostro del profesor comienza a enrojecerse de ira, creo que podría freírse un huevo en su calva mientras se observan sus ojos desorbitados.
-¡Escúchame, estúpida!, no voy a permitir que me salgas con esa basura, yo soy el que ha disuadido a todos los malditos directivos para que no te expulsen por las idioteces que has escrito contra ellos y te dieran una segunda oportunidad, ¡por mí es que sigues en esta escuela!, si por los maestros fuera, desde hace mucho que te hubieran echado a patadas por rebelde y subversiva, ¡me debes una y ahora me la voy a cobrar!
Me quedo quieta, es algo impresionante, jamás había presenciado a ningún profesor y menos a este, tan molesto, me parece algo inaudito, todo lo que ha dicho es ofensivo, pero bien cierto, y no me queda más que doblegarme.
-Está bien, señor.
-Muy bien, hay un simposium de Orientación Educativa en Tecate, dentro de una semana y tu vas a ir, y no me vayas a decir que no, porque ya sabes a lo que te atienes.
-De acuerdo, ¿para cuando quiere el trabajo?-Pregunto con la mirada gacha.
-Para mañana mismo, sin falta, Mariana-Contesta el profesor Antonio mientras saca un cigarro.
-Para mañana lo tendrá-Finalizo, sigo mirando al suelo.
-Correcto, ahora, ¡largo!, tienes el día libre, vete a hacer esa ponencia, ¡tres cuartillas, portada, introducción, desarrollo, conclusión, propuestas y bibliografía, doble espacio, a computadora!-El maestro enciende otro cigarro con la punta del anterior, que apenas se ha consumido hasta la mitad cuando lo magulla en el cenicero.
Salgo de la oficina con la mente en blanco, finalmente, no es él la primera ni la última persona a quien veo gritar con esa fuerza histriónica, parece que he olvidado las escenas de mi mamá cuando me nalguea y me jala de un pie para hacer que me levante todas las mañanas.
Llamo por teléfono a casa, mamá se sorprende porque le hable tan temprano.
-¿Qué pasa, Mariana?-Pregunta azorada.
-Ven por mí, te explico en el camino.
Cuelgo el auricular, me coloco frente a la puerta y aspiro el polvillo que emana del suelo de terracería, y cuando veo llegar el carro de mi mamá me parece tan reconfortante que relajo todos mis músculos.
-Ahora sí que me fastidiaron-Comento en cuanto abordo el auto y le beso la mejilla a mamá.
-¿Y ahora qué pasó?.
-El profesor de Orientación Educativa me ordenó que escribiera un trabajo sobre las drogas para mañana, y yo tenía planes para mañana-Chillo con la esperanza inconsciente de que mamá baje a reclamarle al profesor por su abuso, como en mis buenos tiempos de alumna de primaria, cuando ella pertenecía a la mesa directiva y me libraba de hacer tareas o ejercicios que no me gustaban con una simple conversación con mi maestra.
Aunque lo anterior se lo digo, por supuesto, sin tocar de ninguna manera el tema del berrinche del profesor, ni de mi inminente expulsión de la escuela por mis insolentes ataques contra los profesores.
Después, entro a mi cuarto y me siento en mi escritorio dispuesta a escribir un nuevo trabajo, aunque pasan horas y no me llega ninguna idea interesante con la cual presentar nada, lo que es desesperante, sobre todo para alguien que esta acostumbrada a presentar sus opiniones tal como son, y la actual situación me lleva entonces al extremo de reciclar un antiguo trabajo sobre las tribus suburbanas y su adicción a los inhalantes…
¡Voilá!, tengo ahora la ponencia lista para engargolar.
Así las cosas, tan fáciles y tan afortunadamente simples, solo resta mostrarle el ensayo al profesor Antonio, para que con su venia se me permita por parte de la dirección asistir a uno más de esos eventos en los que los participantes, como los panelistas de Cristina, llegan al salón, hablan, discuten, se destrozan y se van con todos sus problemas agravados a la enésima potencia, pero con el dulce o amargo sabor de la victoria o derrota intelectual en el paladar.
2
Al día siguiente, muy oronda, paso directamente a Orientación y al cubículo del profesor Antonio, de verdad que me muero por enseñarle mi trabajo, así que entro y mi recibimiento es un poco diferente al del día anterior.
-¿Quién te dio permiso de entrar aquí?-Grita el profesor, furioso.
Su imagen es igual a la que tanto me impresionó en nuestra conversación anterior, el círculo de su pelona se pone tan rojo que parece la mecha de una estufa.
-Eh, maestro, aquí le traigo la ponencia que me pidió.
Entonces, el semblante del profesor se transforma radicalmente, el rostro enfurecido se torna en una cándida sonrisa hipócrita.
-¡Ah, perfecto, muy bien, Marianita!, ya era hora de que me hicieras caso y utilizaras tu cacumen para algo constructivo…-Exclama el maestro mientras me arrebata las cuartillas para leerlas y dar rápidamente su veredicto-…hmm, me parece que este es el mismo trabajo que presentaste hace poco, te reprobaría y te mandaría expulsar por este embuste, pero la verdad es que ya no hay tiempo para hacer cambio y si no presento ninguna ponencia a los directivos del Colegio, podrían descontarme una parte de la quincena.
-¿Y eso qué significa entonces?-Pregunto inocentemente.
-¡Que estás dentro, mocosa!, pero una cosa sí te voy a decir: estás en la cuerda floja, si lo creo conveniente, puedo mover todo para que te echen inmediatamente de aquí, pero si te portas bien, yo me portaré bien.
Mientras dice esto, se levanta de su asiento, se dirige hacia mí y pone sus manos sobre mis hombros, la escena me parece ridícula y grotesca y por un momento me recuerda esos comerciales televisivos en los que se conminaba a los niños a rechazar cualquier propuesta indecorosa diciéndole “no” al adulto que se acercara a ellos y después correr y contar el suceso a quien más confianza le tuvieran.
¡Qué fácil era decir “no” en esos comerciales!, todo era cuestión de apegarse al libreto, pero en la vida real, en mi caso, específicamente, por lo general no hay manera de aplicar ningún tipo de diplomacia, pues eso equivaldría a rechazar la oportunidad de quedarme en la escuela.
Los ojos del profesor se ven amenazantes, hay algo en ellos que no me gusta, nunca me ha gustado, aunque no alcanzo a distinguir qué es.
-Si maestro, como usted diga-Respondo, aún sin creer que me encuentro en esa situación.
-Bien, si quieres, puedes tomarte el día libre, y mañana vemos lo del concurso, preciosa-Comenta, meloso, el profesor Antonio.
-Hasta mañana, maestro.
Salgo de su oficina y se repite el mismo cuento, llamo a mi mamá, que se queda azorada por mi temprana salida de la escuela, llega por mí y esta vez no hace ninguna pregunta.
Llegamos a casa y sin decir media palabra, me retiro a mi cuarto, donde me subo a la cama y pienso en lo que ha pasado.
¿Qué quiso decir con eso de “preciosa”?…
Es realmente increible que ocurran estas cosas, por supuesto, no me queda más que seguirle el juego al maestro, cualquiera que sea, aunque no deja de incomodarme esa sensación de estar fichada y no poder acudir a nadie para platicar lo que me pasa, ya no digamos, para denunciarlo, llegado el momento, ni a los directivos, que me detestan, ni a mis profesores, que no me soportan, ni a mi mamá, que no tiene una idea de cómo es mi vida en la escuela, ni a mis amigas, que no tengo.
Después, por la mañana, entro a la escuela, cruzo los campos de basquetbol y, de improviso, siento que alguien me toma de la espalda y comienza a manosearme muy ligeramente por los costados, aunque sé desde el primer momento de quién se trata, se puede decir que por instinto volteo y preparo todas mis fuerzas para lanzarle un fenomenal sopapo al pícaro atrevido que ha osado tocarme.
Pero nada, tal y como mis presentimientos me lo indican, se trata del profesor Antonio, quien ahora me dedica una mirada más que feroz, como si quisiera devorarme y saborear mis carnes con solo sus ojos.
-Mañana, a las tres cincuenta de la madrugada, te quiero aquí puntualita, ¿me entendiste?
Y ahí estoy, en la madrugada, esperando a que llegue el profesor Antonio, congelándome a la puerta del camión, siento los mocos como estalactitas asomando por las fosas nasales, traigo las uñas moradas y mi mandíbula no deja de trastabillar; de repente lo veo venir, se le nota molesto y es que no es para menos, levantarse a estas horas no algo para un para un haragán como él.
Entro en el camión y noto en el fondo a mi amiga Laura, quien parece que participa con el otro orientador, me apresuro a sentarme a su lado, cuando el profesor Antonio me jala y me lleva al asiento de su lado.
-¡Tú te vas conmigo el resto del viaje!, ¿de acuerdo?-Me grita.
Asiento tímidamente con la cabeza, no tengo ganas de ponerme a discutir ni con él ni con nadie.
Entonces ahí voy yo, algo adormilada, junto a un cerdo gaznápiro de cien kilos, de los cuales, por lo menos cincuenta son de puro ego; creo que es terrible la forma en que se han ido dando las cosas, ahora que lo pienso mejor.
Entramos en la carretera cuando, de improviso, el profesor Antonio se queda dormido, y, al despuntar el alba, me duermo yo también.
Siempre tengo el mismo sueño, mi mamá y yo en una de aquellas terrazas como las que tienen esos jubilados ricos en Malibú, tomando el brunch al mediodía: unas lascas de salmón ahumado, un aderezo de salsa tártara, una baguette para preparar sandwiches, acompañándolo todo con una copa de vino blanco; las dos, vestidas con unas cómodas blusas de algodón y pantalones frescos para pasar los atardeceres calurosos, aunque nunca son realmente calurosos, simplemente son templados como el agua de la piscina que tenemos frente a nosotras, coronando el paisaje de un día con vistas luminosas y perfectas, como en las películas Technicolor de las que mi abuela hablaba con tanto ánimo desde que era joven.
Luego, un ligero cosquilleo en mi pecho me despierta y me encuentro conque el profesor ha colocado su mano bajo mi suéter y, más pronto que inmediatamente, me la quito, cuidándome de no proferir ninguna maldición entre dientes, me parece increible que esto esté sucediendo, aunque de cierta manera, me lo esperaba.
Luego de pasar La Rumorosa, entramos a Tecate, el profesor Antonio comienza a cabecear, ya está despertando, se coloca sus lentes, voltea a verme, se muestra perturbado y yo sólo alcanzo a decirle ¡Hola!
-¿Ya llegamos?-Pregunta vacilante.
-Casi, ya estamos en Tecate, en unos minutos más llegaremos a la escuela.
Mientas, el camión se adentra en al zona urbana, al momento de bajar el maestro me toma de la cintura, y no alcanzo a decir palabra, parece que finalmente me he adecuado al papel que desempeño en esta ocasión.
3
El alumnado se deja ir como estampida al interior de la escuela, yo por mi parte, entro acosada por las manos del profesor Antonio que recorren discretamente mi baja espalda, detrás de nosotros, está Elliot, un compañero con el que rara vez hablo pero que siguió atentamente nuestros movimientos en el camión y que, en su afán de llegar a tiempo al salón audiovisual avanza rápidamente, a pesar de su evidente sobrepeso, empujándonos al maestro y a mí, con lo que nos hace tambalear.
Como pudimos, recobramos el equilibrio y lo primero que veo al erguirme es al profesor Antonio histérico, que no tiene el menor empacho en gritarle agresivamente a Elliot.
-¡Ten cuidado, idiota, fíjate por dónde caminas!
Elliot pone los ojos como platos, no dice nada y se va.
-Profesor, no le grite así, no tuvo la culpa de nada-Abogo, para tratar de hacerle comprender que lo ocurrido es una nadería.
-¡Tú no me vas a decir lo que tengo que hacer!, ¡yo le grito a quien quiera, cuando quiera!, ¿me entendiste?, ¿o qué?, ¿por qué lo defiendes tanto, eh?-Me pregunta maliciosamente-¡Anda, camina!-Y vuelve a colocarme su mano en mis posaderas, contengo la respiración.
En el lobby del auditorio, nos registramos en la lista de participantes, y pasamos a sentarnos en nuestras butacas, es ahí donde se escucha una música suave, pero no tanto como los asientos, que son deliciosamente cómodos, aún y cuando sé que ahí está el profesor comienzo a sentir cierta somnolencia en la que permanezco hasta que oigo mi nombre completo por el altavoz, es hora de leer mi ponencia.
Subo al podio y la leo.
Al final, los jueces no están muy convencidos, el profesor Antonio lanza lumbre por los ojos y Elliot me nota preocupada; pasa el rato y se dan a conocer los primeros lugares en los que, como lo imagino, no estoy incluida.
Tras el evento participamos de una pequeña comida para romper el hielo, voy por un sandwich y tengo oportunidad de charlar un rato con Laura y Elliot, quien ofrece disculpas y se retira al sanitario; mientras, busco con la mirada al profesor Antonio y no lo veo, ahora sí estoy preocupada.
Al caer la noche, salimos del auditorio, Laura es tan amena cuando quiere que me ha hecho olvidar a todos los demás, hasta que, junto a una jardinera, me encuentro con los lentes de carey destrozados del profesor Antonio, voy a tomarlos cuando Elliot me chifla, el camión ha encendido el motor y antes de pensar nada, me subo y tomo mi asiento, sin la presencia del profesor puedo finalmente notar la belleza del paisaje nocturno de la zona rural desde la ventanilla.
Entonces, a pregunta expresa de la profesora Conchita, de Matemáticas, Elliot contesta:
-El profesor Antonio volverá a Mexicali, en el auto del Director General, podemos irnos-Dice, y me guiña un ojo mientras el autobús se pone en marcha.
Entonces, recargo mi cara en la ventana, mis ojos miran hacia un punto perdido en la nada y me pregunto: cuando se acabe el tiempo, ¿qué pasará con gente como el profesor Antonio, que no alcance a arrepentirse de sus errores?, creo que nada que podamos imaginar.
Epílogo
Realmente no sé si a alguien le interese lo que pudiera contar, mi mundo es tan pequeñito que podría platicártelo en un una sola carta, pero lo haría con gusto, en serio, valerme de otros para compartir lo que hay en mí, desde mi entorno diario hasta episodios de mi vida que creía olvidados, fue motivo de mucha reflexión y discusión conmigo misma, no quiero importunar a nadie con mis asuntos, que tal vez no interesen tanto como los de un estudiante exitoso, los de un atleta consumado o los de una rubia, pero son tan míos que siento que cada día que pasa es irrepetible pero al mismo tiempo permanente y constante en mi existencia, algunos le llaman rutina, para mí solo representa la vida que disfruto siempre, por ello quisiera dar una notita alegre a todo esto, ya que lo único que puedo hacer es comentar sobre lo que soy, quiero decir que me considero feliz, no sé si mi vida sea peculiar, como dicen algunos, o monótona, como aseguran otros, mientras averiguo, solo me queda pedirte que seas tan feliz como puedas y como gustes, yo por ejemplo, soy feliz cuando me encuentro algo bueno en la tele, cuando salgo con mi mamá a cualquier lado, cuando papá vuelve de viaje y me lleva a comer, cuando por la mañana despierto y veo a Kiki, un hermoso delfín de peluche con el que duermo, cuando me gusta una canción y mi mente no deja de repetirla durante días, cuando me como un cono de nieve de pistache que mamá me compró a escondidas en la tienda y con el que me sorprende cuando termino de comer todos esos asquerosos brócolis…en fin, hay muchas maneras de ser feliz, y yo comento esto porque creo que tengo algo más para platicar aparte de esta historia que no me parece ni bonita ni fea, sino una de tantas que pasan todos los días, sin que por ello debamos renunciar a nuestros sueños y momentos de alegría, ni mucho menos a las cosas que nos gustan, a mí me gusta escuchar el walkman a todo volumen, caminar con los pies descalzos, comer muchos dulces, dormir hasta muy tarde, leer algún libro interesante, salir a pasear y simplemente mirar todo lo que me encuentro, tratando de encontrar la razón por la que cada cosa está ahí precisamente y muchas cosas más, no me gusta usar ropa muy cara ni muy barata, me preocupo por limpiarme el ombligo y detrás de las orejas, también me fascinan los perfumes, aunque, bueno, no me dejan usarlos, pero me gusta el de Vanilla fields, y además me gustaría algún día viajar a alguna linda islita de Oceanía…como sea, esta es la clase de cosas a las que me refiero cuando digo que tengo mucho por decir, todos tenemos mucho por decir, hasta aquella persona que menos chiste tenga a primera vista y que nos podemos encontrar en las calles de cualquier ciudad, nos reserva una historia maravillosa que espera impaciente a ser contada, eso es un hecho, te lo aseguro, y yo, en lo personal, espero llegar a contar, en un futuro, una historia más alegre, más entretenida y más feliz, ¡espero poder hacerlo!
Con cariño,
Mariana Batiz
Mario
Desde que a mi pequeña Lili le vino ese ataque de agorafobia que la sumió en el fondo de su habitación sin permitirle asomarse siquiera a la polvosa ventana de la sala, las cosas se han simplificado muchísimo; ella se ha dejado de preocupar por estupideces como salir a dar un paseo, ir a la escuela, hablar con gente y todo eso, sencillamente no quiere ver a nadie que no sea su lindo hermanito, y en cuanto a mí, nada más fácil que trabajar aquí, desde mi NT Workstation, se trata de una oportunidad que no puedo desaprovechar; he de decir que en varias ocasiones se me ha presentado la coincidencia de estar trabajando con fractales cuando Lili me llama porque se le ha antojado un sandwich de mermelada de durazno y crema de cacahuate, y siempre que intento organizar mis ficheros de álgebra booleana, mi niña tiene la ocurrencia de preferir bollitos de canela en vez de los horrorosos huevos cocidos o el tocino frito que a veces preparo intentando economizar tiempo y esfuerzo.
No la culpo, ella es la reina de esta casa; bueno, es mi princesa, la palabra tiene connotaciones tiernas y me gusta casi tanto como mi hermanita en su mameluco tumbada sobre la cama mientras devora su tercer platito de nieve de vainilla con chocolate fundido antes de dormir; la arropo, la acurruco apretándola contra mi pecho y dejo que se acomode gozosamente entre el calor de mi cuerpo y el de los cobertores y le recuerdo una vez más que no hay absolutamente nada allá afuera, cruzando la puerta de la sala, que ella no ha visto abrirse ni cerrarse desde hace ya bastante tiempo. En su cerebrito, nuestra casa gira y gira en el vacío, siendo el único punto del universo desierto donde se genera energía, la energía de nuestro amor, como la del Principito para con su rosa, Lili siempre me recuerda esa historia cuando hablamos de nosotros, es su libro favorito, lo ha leído algo así como dos docenas de veces mientras se despacha una bolsa de chocolatitos Hershey’s Fun Size que le alcanza para terminar con las aventuras del pequeño príncipe para seguir después con alguno de sus viejos cómics de La Pequeña Lulú, que nunca concluye, pues para entonces Morfeo la acaricia suavemente y se queda dormidita, a mi amorosa disposición.
Ahora le preparo su Nesquik con todo el amor del mundo, como siempre, mi nena goza de un sueño pesado y suele dormirse profundamente mientras el chocolate con leche fermenta en su pancita; ya es tarde y en unos momentos correré a arrullarla y darle su biberón, sí, ya sé que a su edad es ridículo seguirle dando mamila, a ella, que en tan sólo un par de años estará a punto de convertirse en toda una adolescente, sin embargo, yo le consiento eso y más, muchísimo más, porque si no, ¿para qué es el amor?, ¿para qué la abnegación de un hermano mayor con un frágil corazón que amenaza con explotar de amor con cada balbuceo y cariñito que su bebé le hace?
Primero vierto la leche (deslactosada, fina, Parmalat, faltaría más…) en el tazón con motivos de Bugs Bunny que tanto le gusta a mi bebita y la pruebo, la cato sumergiendo media cara en ella y enloqueciendo de ternura cuando visualizo a Lili entre su olor y textura fresca e inmaculada, intento asimilarla abriendo la boca y recorriendo con mi lengua la superficie, abriendo surcos de amor en el líquido prístino y creando pequeñas olas de devoción que chocan contra los bordes del tazoncito.
Y mi Lili está allí, salta de mi mente al cucharón rebosante de chocolate en polvo que saco con sumo cuidado del envase mientras tarareo Twinkle little star para luego metérmelo a la boca y retenerlo ahí unos momentos, disfrutando los espasmos de alegría y fraternal satisfacción con que mi cerebro en revolución asimila las imágenes de mi chiquita deleitándose con su chocolate con leche o chapoteando feliz bajo la ducha. Mi instinto de protección se ha aguzado últimamente, ahora pongo atención a todas las señales del camino, a cada persona, objeto o animalito, a la naturaleza entera, que es totalmente resignificada por mi Lili oliendo una bella florecita, mi Lili cantando, comiéndose una naranjita, admirando el atardecer que juguetea con las sombras de nuestras persianas, diciendo mi nombre, o simplemente quejándose del clima artificial que no está lo suficientemente confortable; incluso me he vuelto irremediablemente sensible en extremo; alguna vez pateé a un gatito, no consigo recordar por qué, ahora preferiría romperme la nariz contra la pared antes de lastimarlo, pues se lo llevaría corriendo a mi beba (a mi Lili, mi Lili preciosa, me mataría antes de hacerle el menor daño) aunque, en realidad, ya no veo muchos gatitos, mejor dicho, no he visto ya a ninguno, ni tampoco he podido concentrarme en otra cosas que se encuentran más allá de mi diaria rutina y que, en mi opinión, ya no conservan magia alguna, como si Lili hubiera (que lo ha hecho) absorbido toda la belleza y el encanto que adornaban a este mundo; aunque ella también es una linda estrellita que brilla con luz propia, alumbrando mi alma con el solecito refulgente y candoroso que lleva en su interior.
Me inclino para que mis labios toquen ligeramente la superficie de la leche y voy descargando poco a poco el polvito permitiendo que se integre con lentitud hasta el fondo Del recipiente hasta diluirlo con mis dedos, agitando con rapidez hasta que obtengo un líquido de apetitosa tonalidad café, rompo con mi lengua algunas de las burbujitas resultantes en plan juguetón y vacío el contenido del tazón en la mamila de mi preciosa, que justo en este instante dormita ladeada sobre su Snoopy de peluche y con seguridad empieza a impacientarse porque aún no llego a abrazarla y darle su cenita.
Disculpen mi abuso del diminutivo, no puedo evitarlo, me gustaría tanto que ustedes pudieran hacerse una idea de lo que siento, de las cosas tan bonitas que he vivido junto a mi terroncito de azúcar en este tiempo, quizá si en sus corazones anidara fugazmente el gozo que compartimos Lili y yo cuando jugamos a la casita bajo las cobijas, cuando la baño y la visto, cuando vemos las caricaturas o tan sólo cuando me entra esa sabrosa desesperación que ya conozco tan bien y que me obliga a correr hacia ella y llenarla de besitos mientras se muere de risa, serían capaces de perdonarme este sacarinoso recuento de nimiedades que ahora les platico para entretenerme en algo mientras preparo la cena de mi amor; he pensado que también debería comer algo más, no creo que la lechita sea suficiente para mi bebé, así que le serviré una empanadita de manzana Mrs. Reed’s, que me trae siempre a la mente la ocasión en que Lili despanzurró un panecito similar y se puso a jugar, divertidísima, con el relleno, ¡deberían haberla visto!, tengo una foto preciosa que logré tomarle justo cuando se untaba la mermelada en su carita, fue fantástico, aunque ahora sí me gustaría que se la comiera toda, pues no puedo permitir que en ningún momento su barriguita se ponga a rugir de hambre. Lo único en lo que puedo pensar es en ella, en su sonrisa, que se me ofrece limpia, feliz, en el preciso momento en que el resto de las cosas, (la gente, el mundo) pierde todo su valor.
Saco la empanada de su envoltorio, en la forma de su cubierta de glaseado alcanzo a descifrar las manitas de mi bomboncito; extendidas como cuando me pide un apapacho, de la misma manera noto que el bizcocho tiene la forma que Lili toma al quedarse dormida, hecha un ovillo sobrecogedoramente delicado y conmovedor, como los buenos sueños que nos hacen levantarnos felices y reconciliados con la vida, de inmediato me llevo el pan a la boca, besándolo tiernamente al tiempo que saco la lengua para humedecerlo completamente con mi saliva arrobada por la belleza suprema que suele encontrarse en los seres mas pequeños y débiles. No me explico qué buena acción pude haber hecho en esta vida o en otra para merecer una sola de las sonrisas que mi hermanita me dedica cada mañana cuando se despierta segura, protegida, prisionera entre mis brazos; yo estoy permanentemente en deuda con mi cielito, los programadores y, en general, las personas que trabajamos con computadoras tenemos fama de ser solitarias, pero Lili nunca me ha hecho sentir solo, jamás, cuando despierta, sus risas me hacen regresar a este mundo con la mayor alegría y, cuando me quedo en la PC hasta tarde, me entero de que ha despertado al escuchar su llanto y sus lamentos porque no estoy con ella.
Ese es tan solo un fragmento de nuestra vida diaria, me encantaría contarles de cómo las horas se nos van como agua siempre que nos ponemos a jugar con sus peluchitos (que están desplegados por decenas por toda su habitación) e inventamos mil historias con esos desenlaces felices que a mi nena le gustan tanto como los disquitos de cuarenta y cinco revoluciones que pone en su tocadiscos Fisher-Price y que escuchamos abrazados, tirados sobre la alfombra del cuarto. Siento que de un momento a otro voy a escuchar ese gritito con el que me llama desesperadamente cada vez que deja de detectar mis movimientos y no es capaz de deducir mi ubicación, así que acomodo la empanada y el biberón en una charolita con estampados del Pato Donald, desprendo una tachuela de la pizarra de corcho que está junto a la estufa y con firmeza me hago una incisión en mi pulgar izquierdo, abro la teterita de mi cielo y dejo caer varias gotas de sangre en el chocolate, vuelvo a colocar el tapón y agito el frasco con todas mis fuerzas para dejarlo de nuevo sobre la bandeja, la felicidad que invade cada palmo de mi cuerpo en estos momentos es absoluta, créanme. Estoy consciente de que algún día moriré, todos nos vamos a morir, para eso nacimos, ¿no?, pero entonces, ¿qué pasaría con Lili?, se quedaría solita en este mundo, en esta casa, sin nadie capaz de comprenderla y a merced de los zoquetes que tenemos por familia o de esos amargosos trabajadores sociales que pretenden encausar las vidas de los demás sin antes haber arreglado las suyas propias, es por ello que he pasado tantas noches en duermevela con mi solecito roncando sobre mi pecho, pensando en lo conveniente que seria que, llegado el momento (y es un hecho que me llegará primero a mí) nos fuéramos juntitos, dormidos para siempre en un cálido arrumaco, tal y como el amanecer nos encuentra siempre que intentamos pasar la madrugada entera viendo películas; creo que sería lo mejor, con todo, ceder a esta fantasía que me parece una manifestación rotunda de mi egoísmo: Lili tiene que hacer su vida, aunque yo me empeñe en mostrarle que en realidad no existe nada más allá de mí mismo y de las paredes de esta casa, cubiertas casi en su totalidad de posters y chacharitas gráficas recortadas de periódicos y revistas que a Lili le parecen simplemente adorables, cada pared y cada insólito recoveco en la sala, el baño, la cocina, el sótano, la covacha y, desde luego, las habitaciones, están tapizados de imágenes graciosas y agradables que ella misma ha seleccionado para colocar en cada lugar según su humor y las expectativas que tiene acerca de la satisfacción que un bonito sol dibujado descuidadamente al centro de un anuncio de leche en polvo podría generarle al lado de la benévola fotografía de un tarro de miel en forma de osito, todo pegado bajo el dintel de la puerta del baño y de frente a la entrada de su cuarto. Podría citar cientos de ejemplos como este, pero solo diré que, en mi humilde opinión, Lili debería dedicarse al diseño de interiores cuando sea grande, y es que algo de talento debe haber en el hecho de que ciertos tonos rojizos y amarillos dominen la sala en tanto que dulces chispazos azulados hagan más agradable el camino del pasillo a su habitación, como resultado de la simple mezcla aleatoria de recortes que a mi Lili le gustan y forman, en su conjunto, un mosaico de bellas paletas de color uniforme y que por sí solas pueden tener distintos efectos en el estado de ánimo de quien las mire.
-No quiero salir…
Así fue como empezó todo; ha pasado ya tiempo y mi bebé sigue donde mismo, en su cama, apretujada entre una docena de almohadas y abrazada de su peluche; así es como la encuentro ahora, sus cachetitos sonrojados y la sonrisa radiante, cuando acomodo la charola en el buró y hago maniobras con los dos inmensos cobertores San Marcos que nos protegen cada noche del gélido aliento del mundo cruel y conservan el calor de nuestros corazones henchidos.
-¿Va a haber abrazo?
Lili me extiende sus bracitos mientras se acerca a mí con una prisa gozosa, yo no tengo más opción que apretarla con toda la fuerza de mi pasión filial.
-Beso…
Y entonces coloco mi cabeza frente a la suya y le lleno la carita de besos recién salidos del rincón más candoroso de mi corazón, de mordisquitos felices impulsados por el inocente embriagamiento de mi sangre contaminada, sí, pero pletórica en cada glóbulo de un amor infinito, inalcanzable, arrasador y poderoso como el que no es conocido por nadie y ya no se podrá conocer jamás en este mundo, en esta vida. Lili y yo somos un lazo cósmico.
-Toma, nena-le acerco su mamila y, al mirar a Lili beber de ella siento un repentino vértigo que se adueña de mi pecho y de mi boca de la que apenas alcanzan a salir dos palabras ahogadas:-Te amo.
Un lugar común: si nos dieran un centavo por cada cariño, cada arrumaco y cada palabra de amor, viviríamos como hacendados terratenientes del siglo XVIII, desayunaríamos finas lascas de pechuga de emú al triple burro, merendaríamos exquisito caviar beluga recién traído de Vermont apurando el refresco de Noni en nuestras copas de cristal de Bohemia, estrenaríamos televisión con DVD integrado cada vez que ésta presentara la más leve línea de estática e incluso en este momento estaríamos dándonos besitos en nuestra Suite Imperial en el Hotel Maxim’s de la 28 Rue de Censier 5ª., Paris, Francia (Tel.- 00-33-33-1-331-16-15, nueve mil dólares la noche), comiendo rollitos de besugo y picando bizcochitos suizos de postre.
Pero el amor es limpio, libre, gratuito e inacabable, ¿cómo no hervir de dicha cuando mi bebé se acomoda en mi regazo y me mira como el sacerdote shinto que, al oficiar, mira a su espejo con la plena seguridad de que ahí se concentra toda la divinidad?, ¿cómo no desear autoinmolarse (yo, miserable y mundano pecador) ante la visión purísima y sacralísima de la niña que pacífica y deliciosamente acomoda la chupeta de la mamila en su boquita?.
-Me quieres mucho, ¿verdad?
-Sí bebita, más que a mi vida.
-Hmm…¿qué tanto?
Coloco con firmeza mi dedo índice izquierdo sobre su pechito y, deslizándolo lentamente, poco menos de un centímetro, le digo:
-De aquí hasta aquí.
-Oh…¡qué poquito!-Mi beba aparta su mamila y hace un puchero, como no le contesto nada más, sus ojitos empiezan a brillar.
-De aquí hasta aquí, nena, sí, ¡pero cruzando todo el universo!
Lili, mi Lili, lanza un pequeño chillido, un alboroto emocionado, y me abraza otra vez, ahora presionando mucho más mi cuello, asfixiándome, pero yo no me quejo, no soy nadie para decirle una sola palabra en tono imperativo, eso sería una ingratitud imperdonable hacia mi nenita, con esto quiero decir que jamás me he atrevido a ponerle límites con respecto a cualquier cosa, una niña buena, un angelito que se ha caído de su particular nubecita, no necesita reglas ni castigos ni amenazas, pues no conoce las formas del mal ni las posibilidades del odio. Cuando mi nena se tranquiliza, me pregunta:
-¿Mañana va a venir el señor bonito?
-Sí, pequeña.
El repartidor de agua; hombre de poco más de sesenta años, canoso por completo, jovial y de modos jocundos, alegre y robusto, la única persona del mundo exterior que es aceptada en esta casa, porque mi niña encuentra sencillamente irresistible que la cargue y le diga cariños y mimos con ese lenguaje arcaico y encantador de los señores mayores.
-Pero para que lo veas mañana tempranito, debes dormir, amor, ¿qué tal si nos acomodamos así, a gusto y nos dormimos abrazaditos?
-¡Sí!, ¡así me gusta!-Lili apura su biberón, eructa satisfecha y con una discreta delicadeza que apenas me permite percibir la reverberación en su gargantita, arroja la tetera sobre el buró (vacía, sin una gota de chocolate, Lili y yo, yo y Lili, uno sólo, solo un lazo, de aquí hasta el final de nuestros días), se vuelve hacia mí, parece que esta noche ha desairado la empanadita de manzana y a mí ni se me ocurre sugerirle que le dé tan siquiera una probadita, y me abraza, hundiendo su cabecita en el cuenco acogedor que forman mis brazos entrelazados, sujetándola amorosamente.
-Te amo, bebé…
-Te amo, hermanito-
Apago la lamparita, nos damos más besitos y todavía mas cariñitos y juntos entramos a esa zona límbica que precede al sueño armonioso y profundo mientras allá afuera, en la calle, un malviviente malnacido le revienta la cabeza contra el pavimento a un señor bonito para robarle un billete de veinte pesos.
Mario
Durante una tarde caliente, producto de los inmisericordes rayos de un sol canicular, un barco soviético del cual me tomaré la libertad de omitir el nombre, se hunde en el Océano Índico.
Es el año de 1950, en el mes de agosto; el barco, quizás por una falla mecánica, se hunde entre las aguas. Los más de 300 pasajeros que iban a bordo, mueren ahogados.
Horas más tarde, un náufrago, solo uno, abandona la nave en una lanchita de emergencia. Comienza así el paseo de este hombre por el océano. Solo. Con apenas unas cuantas raciones de comida y una pistola de luces de bengala con una sola carga.
DÍA 1
Con tan sólo seis raciones de comida, el náufrago pasa la tarde acostado en la lancha, entre dormido y despierto.
DÍA 3
Come su primer bocado, bromea sobre su deseo de fumar pegando los dedos índice y medio de su mano izquierda sobre sus labios, una y otra vez, durante varios minutos. Comienza a marcar los días transcurridos en la cubierta de la lancha; ya son tres palitos, tres días en la más absoluta soledad.
DÍA 6
Con la desesperación carcomiéndole las entrañas, en una situación como esta, cualquier persona se encontraría en la desazón total, en el límite mismo de la locura, mas no este hombre. Sus constantes miradas hacia el firmamento diáfano de esta tarde son desconcertantes, inquietantes, ¿qué estará viendo?, ¿por qué siempre mira fijamente al sol?, ¿qué busca encontrar en el cielo?. Son cuestiones que no se pueden contestar, tan solo deducir con una mentalidad teocéntrica, infiriendo que nuestro náufrago, con gesto de tranquilidad, reza y pide a la providencia que lo lleve por fin a tierra para terminar con el suplicio de estar a la deriva en un extensísimo y desesperante mar.
DÍA 10
Este infortunado tiene un contenedor de agua. Probablemente estando vacío o por guardar agua lo suficientemente contaminada para ser imbebible, lo arroja por la cubierta, dirige su vista hacia su comida. Ya no tiene agua.
DÍA 22
El hombre come su penúltima ración de alimento, ahora sólo queda una pequeña bolsita que seguramente no le alcanzará para satisfacer su apetito por un día más. Pero no está preocupado.
DÍA 40
Resulta increíble que un ser humano pueda pasar sin comer dieciocho días sin que ello logre minar sus bríos; pero esta es la situación de este individuo. Aunque aún le quedan viandas para un día, hace ya rato que no las toca. ¿Qué fuerzas misteriosas lo mantienen aún con vida, animoso y tranquilo?. ¿Qué es lo que sigue esperando ver en el cielo?. ¿Qué le inspira a guardar durante tanto tiempo una actitud meditabunda?.
DÍA 42
El náufrago sigue donde mismo, no se ha movido un centímetro de su posición. De repente, se alcanza a ver en el horizonte un barco que podría ser su salvación.
Aún cuenta con la pistola de bengalas; disparándola en dirección al barco, éste podría dirigirse hacia la lanchita y rescatarlo.
Pero no, el hombre, todavía con mucha fuerza y sin ningún viso de cansancio o descuido en su rostro fino y limpio, toma la pistola y dispara lejos, muy lejos de la nave. Ahora ya no tiene salvación ni esperanzas de rescate.
Hacia el crepúsculo, y de la manera más inesperada, se distingue una luz en el cielo, encandilante y poderosa que no proviene del sol, pues este se encuentra en el punto contrario del horizonte.
El náufrago brinca eufórico, desdobla una lona que protegía la lancha a bordo del barco, y la coloca sobre la cubierta, como queriendo mostrar algo escrito en ella. Acto seguido, se lanza al mar y desaparece en el horizonte.
Días después, la lancha apareció en las costas de la isla de Madagascar, dentro de ella, un pequeño cinematógrafo portátil de cuya cinta se extrajo el presente relato, y la pequeña lona; en la cual se puede leer un mensaje con la tinta corrida:
“Todo aquel que lo ha visto no puede volver, es el…”
Lo demás, se borró para siempre.
Mario
Cuando se nubla me parece ver más claramente el estado de la construcción, los señores de la compañía que renta la maquinaria se orinan en las bugambilias de mis vecinos, los jubilados apestosos que coleccionan pajaritos que pasan el día admirando sus alitas en la comodidad de sus jaulas reforzadas; esa imagen me es suficiente para acomodarme la almohada al otro lado de mi cama y conciliar el sueño por tres horas más. Sin embargo, al despertar, el sol ya ha salido y se puede apreciar el olor del mediodía. Hay algo en el ambiente que no se anima a concluir su proceso de putrefacción, el sofoco preponderante en la indecisión del clima vuelve a arrojar luz sobre las cosas viejas que no terminan de morir y las revelaciones nuevas que no acaban de nacer. Considero varias posibilidades para fundamentar el desorden reinante en la energía:
1.- El señor Torres, uno de los vecinos cuyas casas colindan con la construcción, se levanta todas las mañanas a las cinco de la madrugada para comprar una dona y un vaso de café en el Minimercado y luego se dirige al escaparate de Auel’s y charlar con un maniquí especialmente comprensivo que siempre está disponible para consolar su insatisfacción; todo el mundo desea cosas, empieza a codiciar en el momento más feliz y menos propicio; la dicha genera esa cálida sensación de que puede terminar en cualquier momento y es preciso mover cielo y asfalto para extender su duración al extremo, y este maniquí femenino cuenta con dos vástagos atléticos en quienes se materializa la ambición del señor Torres de ejercer alguna autoridad paternal: guiños inquisidores, preguntas capciosas, quizás alguna recomendación para no mostrarse tímidos ante la tiesa actitud de las chicas del escaparate del departamento de ropa interior para dama y antes de que suenen las ocho ya está de regreso en su casa, listo para dormir otra media hora.
2.- A la señorita Solís no le sentó nada bien el matrimonio, su dote consistente en los diez mil pesos que quedaron del premio gordo que su padre se ganó cuando era pequeña se diluyeron entre los sedimentos de varias botellas de cognac Napoleón y los bordes olorosos de todos los vasos de ron Antillano añejo: su maridín ronca ahora el que bien podría ser su último sueño y ella sale al punto de las siete de la mañana a comprar Lotería Instantánea al Microfeed y antes de que transcurran quince minutos los boletos raspados y frenéticamente rotos y doblados descansan en el bote de basura del baño mientras la pareja respira acompasadamente en la cama.
3.- Don Lorenzo no se ha podido recuperar del sopor con que le ha obsequiado cierta novela cuyas más de ochocientas páginas intentan abordar todos los géneros narrativos en un sólo día, algunos taladros y martillazos a las cinco y media de la mañana lo distraen, se levanta y al asomarse a la ventana observa los bloques de concreto levantar una nube de polvo grande, envolvente, y cuando abre el cancel y apunta su Smith & Wesson a la cabeza de uno de los albañiles cree sentir la inspiración suficiente para desentrañar de varios plumazos los misterios de las Obras Maestras e inmediatamente después vuelve a cerrar la escotilla de una cápsula de súbito silencio y se sube a la cama a saborear el enredo absurdo, exigente, de la Gran Literatura.
4.- El joven Eugenio ha pasado toda la noche diseñando una bonita burbuja de acrílico para su flamingo artificial, ha leído en GQ una estúpida estadística que afirma que en Estados Unidos hay más flamingos de plástico que de verdad y ha procedido a hacerse del suyo. Su cuarto está más completo y feliz con esta nueva compañía para sus rinocerontes, hipopótamos, cebras, jirafas, dodos, pelícanos, monos, camellos, mariposas, pingüinos, osos, ballenas, chimpancés, lámparas de halógeno, botellas de Coca-Cola de todo el mundo, figuras de acción de Lara Croft, Margaret Thatcher, Audrey Hepburn, Diana la Cazadora, Dora la Exploradora, Hillary Clinton, Linda Lovelace, Condoleeza Rice, Karen Carpenter, Patty Hearst, Christina Aguilera, Monica Lewinsky (esa perra…), Camilla Parker-Bowles, Morticia Adams, Dolores O’ Riordan, Geri Halliwell y Barbara Bush, una modesta colección de teléfonos de disco y relojes cucú de imitación, hamburguesas y rollos de sushi falsos, patitos para bañera, alcancías con forma de nave espacial, reproducciones a escala de la familia Osbourne, una réplica del Oscar de Haing S. Ngor, una vitrina con figuritas de novios de pastel de bodas, algunas enormes estructuras informes de Lego, un par de esas bolas número ocho que adivinan el futuro, una docena de frisbees y varios cartuchos del Sega Master System. El plástico retiene el olor y el calor como una alegoría de la vida dentro de la habitación, resguarda la humedad de los enigmas que se han perdido en el asiento trasero del auto familiar, era le época en que muchos jóvenes como yo, porque Eugenio aún era muy pequeño, se imaginaban que habrían de suicidarse una vez terminada la preparatoria para así nunca asemejarse a esos despreciables adultos de metabolismo retardado, sin ser conscientes nunca de que el futuro más incómodo podría alcanzarlos de un momento a otro (entre los quince metros que separan a mi habitación del piso o en el ínfimo, eterno, espacio entre una potente roca y la desprevenida nuca); muchas cosas de antaño eran mejores que otras tantas cosas de su época anterior que en su momento fue superior a la que le antecedió que en algún punto y sólo en unos pocos aspectos sería idéntica a la que estamos viviendo, como en una aburrida maldición cíclica.
5.- La casa que fue derrumbada para iniciar los trabajos del restaurante de comida brasileña enclavado en el corazón del fraccionamiento pertenecía a un anciano que se despierta sobresaltado a las ocho y diez en su cuarto del asilo justo cuando su viejo perro pasea alrededor de la retroexcavadora.
En mi buró hay un frasco con suficiente morfina para matar a una pareja de caballos hermosos. Si tan sólo pudiera tomarlo, si acaso lograra abrirlo se detonarían en mí demasiados recuerdos como para dejarle lugar a la nostalgia. El nuevo edificio, con todo y sus sugerentes palapas, no estará terminado hasta el año próximo y la junta vecinal ya se encuentra preparando una queja enérgica al Ayuntamiento. Mi cama es una prisión casi tan celosa como aquella cuna en la que cada noche me paraba y agitaba mis bracitos arengando a todos los engendros del Heroico Sindicato de Demonios Domesticados que cada noche se reunía en asamblea plenaria a mi alrededor; ya desde entonces lograba quedarme paralizado por horas y fingir que dormía; por desgracia, en la actualidad el sol ha perdido su capacidad de romper el hechizo con sus primeros rayos y yo debo permanecer en la misma posición y si los vecinos supieran que he aprendido a descifrar sus vidas a partir de la intensidad y condición de sus pisadas tal vez me harían la caridad de venir en turba a por mí y llevarme a otros aposentos muy distintos, donde la profunda definición de la luz o, en su caso, de la oscuridad, me permita volar, nadar en el espacio perfecto, en la densidad milimétrica de mi fantasía. Lo estoy imaginando, sólo la fantasía sobrevive y los ladrillos vuelan y se rompen sobre el carrito rojo de gravilla y herramientas.
Cuando todos se resignaron a que yo conservaba intacto mi sentido de la realidad, aceptaron cerrar la puerta y dejarme a solas con mi cerebro, durante algún tiempo me traían álbumes con recortes de periódicos a todas luces manipulados, eran claras las manchas de impresión de los encabezados espurios y la pésima ortografía de los artículos caseros que con optimismo me habían preparado y que jamás me convencieron de nada. La energía es fuerte y atrayente y la velocidad es el placer de los imbéciles, pies sucios aprietan el acelerador hasta el fondo y todos cooperan para crearme esta realidad alterna, las buenas noticias se matizan con mi observación fatalista y recuerdo muy bien aquella nota en rojo: “Muere nenita atropellada”. El salvaje que conducía la camioneta blindada de la compañía de transporte de valores se había doblado de asco esa mañana al contemplar una patita de cucaracha flotando en su plato de pozole recalentado y, más tarde el tráfico era insoportable, mucho calor es peligroso para los niños pequeños, la chiquilla no habría sido tan temeraria ni traviesa, simplemente creería haber visto al otro lado de la calle a un gatito muy parecido al suyo, pero mas gordito y abrazable; ciertamente, todo es eventual, lo puedo ver tan claro como el fulgor de estas hojas blancas o el sabroso brillo de las envolturas de los pastelillos con crema.
Alguien más ha muerto, lo sé por la manera en que el cielo se ha despejado, la puerta lleva días sin abrirse y la producción de esa extraña mezcla de jugo de naranja y leche se ha reducido seguramente a causa de tanta luz que anuncia la venida de una era de convención y contrición, se antoja difícil aceptar algo diferente, yo lo noto porque llevo mucho tiempo aquí, pero la mayoría de la gente no lo percibe conscientemente y por eso continúa a la búsqueda de un sentido para sus vidas que les haga mas llevaderas las horas de trabajo.
En la casa al final de la calle, el joven padre desiste de corregir ejemplarmente con el cinto a su hijo rebelde y lo toma en volandas para estrellarlo contra la pared. Es hora de alcanzar la iluminación.