Monchie
Geisha tenía los pies sobre las piernas siempre abultados como esmalte en botox, se le amontonaban los párpados cuando el vivido sombrío brillo de la almohada la despertaba; su compañero de cuarto Hikikomori era un fanático de The Rocky Horror Picture Show, todas las mañanas encerrado en su cuarto el muchacho se vestía del color de la luna pintada de negro y colocaba sus latigazos en Geisha, ella chillaba arrastrando su lengua varios kilómetros hasta que entraba en un estado de locura temporal en el que bailaba el baile del sapo y después trataba de electrocutarse con un sacacorchos. Despertaba desnuda con cerezas en el ombligo, furiosa y exhausta, como un avestruz en pánico satánico frente a un transexual.
Bushi llego en un coche esa noche y toco a la puerta de Geisha, ella se encontraba sentada en un banquillo con los pies colgando y su rostro pálido frente al refrigerador, a lo lejos invito a pasar a Bushi, este se deslizó lentamente verde lidio con el vomito fluyente del perro pequeño que emanaba alaridos estéticos y se hicieron amigos; Lentamente la tarde paso muy rápido, Geisha ordeno una pizza de sushi y sake con Coca-Cola de dieta, palillos chinos con forma de espárragos que se le atoraron en la zona crepuscular.
Geisha tenía una lonchera de Marc Bolan que ato a una cometa para pasar muy transparente en la mirada latente de Bushi, era tarde y la noche fue un curita que los revolcó sobre sus vientres.
Parte previa.
Utilizo una palabra poco apropiada, subyacer el intento por ser consistente, capitalizar entrecortar o volar, cada tiña teñida por un (violento) X (una sensación).
Odio pretender que sospecho pero alterno membreto una membrana y me hundo precioso.
Succiono monóxido destrozo perpetuo.
Camisetas mormadas, silueta absorbo ominoso oscilante, era Venus pensando en mí. Cada objeto caducado casual.
Geisha fue a empeñar sus libros más preciados, en la casa de empeño le dieron el 5% del valor real por cada libro con un 14% de intereses por semana entre el 26% de impuestos por derechos de autor, Geisha se sometió a lo más bajo a lo que podía prestarse una japonesa, permitió que un estadounidense publicara una biografía alterada de ella titulada: “El código Geisha, memoria de mis putas asiáticas”.
Geisha una vez le dijo a Bushi: Tu corazón es como un crisantemo que se eleva en Chicago por aliento de Buda con una cachucha este domingo que viene con los pies descalzos en un deslizador como un santuario eterno.
Bushi le respondió a Geisha: Tu delicada boca es del color de 17 estudiantes de primaria ensartadas por la vagina con un gancho para la ropa y sumergidas en el esperma de un elefante chamuscado jugando Playstation One.
Un poema recortado del periódico.
He desarrollado algún tipo de repulsión hacia los detalles pequeños, el sólo hecho de escribir una nota en una servilleta me causa vomito impulsivo, doy vueltas al átomo simulando una circuncisión con la figura que derrama el champagne, llamar a tu puerta me causa tos, la aversión hacia las cuentas bancarias del tatami radioactivo.
Una a una tus bocas desparraman sus caricias, ya no me importan pero las necesito, los leves estímulos que aguardan encharcados son unísonos, lejanos.
Geisha y Bushi salieron a pasear en la noche agujereada,
no hacia frío pero tenían los brazos congelados,
no tenían miradas y existían distantes,
no volteaban porque atrás todo era nada y cada silueta retorciéndose-palpitando como una píldora en ácidos gástricos era olvidada, decían palabras, pero eran en japonés y no importaban mucho; la boca les sabía a una mezcla de quesos, sal yodada, suero de leche, sólidos de mantequilla, especias, glutamato monosódico, tomate en polvo, harina de trigo, maltodextrina y chile jalapeño.
Geisha construyo un robot gigante para enfrentarse a la mantis religiosa mecánica de 10 metros, Bushi pereció en la construcción de este peligroso artefacto.
Geisha lo sabía todo pero era muy obesa y por eso se deprimía, se práctico una liposucción fallida y desde entonces tuvo la firme convicción de que el resto de la humanidad tenía que pagar por su fealdad.
Geisha mando una carta a la revista “Geisha y novelas” que decía:
Hola soy Geisha, de 23 años, mi pregunta es ¿Sigo siendo virgen aun cuando me cogieron 3 tipos por el culo al mismo tiempo que le mamaba la verga a 2 hombres y a un caballo cuando una muchacha me orinaba después de hacerle una puñeta rusa a un hermafrodita que se vino en mis senos a la vez que se cagaba sobre mi durante el asesinato de un niño de 3 años?, saludines, ah, y por cierto, me encanta su sección de gastronomía.
Estaba tan poco inspirado cuando escribí esto.
Pezones fucsia pulmones permanentes, todos los niños apestan a vomito, semi-inconscientes y fascinantes, colocar droga en donde debería haber un alma, saturar y suturar a los Rolling Stones, a los lados masking-tape toda la noche por la nariz un dedo humeante y al olvido lo poco que hay que perder escoger un conjunto adecuado y abandonar el lugar, cruzando el lago apresurado ahí no estoy yo pero tampoco es lindo, desde muy lejos el escenario se torno en blanco y negro con excepción de todo aquel color; dicen que el karma se acrecienta y no perdona, pero sea una cruz o un viejo helado con sirope de chocolate greco-latino el día es hermoso con toda aquella vainilla tatuada en el volante de un helicóptero 1942 algo regordete y con finas uñas de aquel estoperol, cuando te sonaste todo ese fluido rojo se esparció en la bañera y no hay nadie con quien platicar.
Si nos casamos correremos el riesgo de una fisión nuclear en la cocina, el refrigerador es una gota gigante en forma de jengibre uniforme, no he descansado desde que me envenene hace un mes, pero tampoco comprare todo lo que sale en televisión.
Me quedo mudo ante la cama en la que yaces blanquecina sonrojada, he traído algo un poco más divertido que un juguete y me siento entusiasmado con la idea de hacer algo este sábado, nos cenaremos a tus gatos y después fotografiaremos a tu ano pero estoy listo para el amor, cierra nuestros ojos y créeme… eres la mejor.
Fin
Hacia un país de suicidas.
