Monchie
Tristeza en un jabón.
El viento desiste y las sombras revisten los detalles del valle aleatorio, un disparo engomado penetra con bondad en mi sueño, sino viviera en la locura eterna apenas resistiría el sonido del piano roto.
Los guantes blancos ajustados a mis dedos, un vestido muy elegante, el peinado recogido y unos lentes de Hola Gatita; algunos cabellos verdes son inhalados por un niño, no llevo aretes porque nunca cicatrizo, anillos de caramelo y tatuajes tóxicos, refresco sabor uva de 5 galones, puedo correr siempre como un cristal hasta que me doy cuenta de que ya no estoy; regalos sin abrir y esas paletas gigantes hechas de leche caducada hace ya 5 años.
Botón verde = chillido, botón rojo = llanto, palanca amarilla = alegría, cruz invertida = plástico, nube fucsia = acceso denegado, ausencia de color = universo.
Risas estranguladas, a esa edad poseía una genialidad expectorante y una memoria pornográfica, piernas pálidas y una laptop.
-Es difícil no enamorarte de alguien que te preste tanta atención-
Palomitas cristalizadas, el océano pacifico no quería detenerse, lucia bien desde el vigésimo séptimo piso, una almohada colgada y un chico con pene de 40 cm. (No sé la equivalencia en pulgadas) se miraba bien y un par de años mayor que yo, pretendí ser ordinaria y graciosa pero en cuanto tuve oportunidad le arrebaté su utilidad, después no pare de llorar como si todo esto importara de verdad.
Tocaba el piano y me atornillé la voz.
Crecí en un hogar medio burgués, en una casa grande y hueca llena de ratoneras, mi posesión más grande fueron unos zapatos verdes (que contrastaban con mi vida gris), esa boca pequeña que no conoció el azúcar, mis clases de pintura comenzaban a las 11 am., después teoría de la música y al final mi recorrido hacia el gran estudio, había un piano monumental, me recostaba y colocaba mi cabeza en las teclas, cerraba los ojos y me envolvía en un dulce canto infantil, no escuchaba más que mi voz y el eco que generaba en la habitación, me acomodaba y comenzaba a tocar; obsidianas y palomas se estrellaban en el cristal, las paredes se llenaban de sangre roja, azul y amarilla, mientras mi voz era más suave menos esperanza había a mi alrededor.
Escondía mi cara y nunca me cortaba las uñas, el universo se iba a colapsar y no había nada que nadie pudiera hacer, no dejaba de pensar en frases que había escuchado de mis padres o de la Tv. : el bien siempre triunfa sobre el mal, la esperanza muere al ultimo, siempre resurgiremos de nuestras cenizas, dios ha muerto, nunca confíes en nadie mayor de 30 años, Moscú no cree en lágrimas, el muro nunca caerá, el sushi es venenoso.
Había sucedido un torneo de pianistas en mi ciudad, todos luchábamos para ver quien iba a representar a nuestro país en “El encuentro mundial de pianistas telekineticos A.C.”, al final teníamos que batirnos en duelo para ganar el honor de usar el “piano d´or”, con el que trataríamos de salvar al universo que se iba a colapsar, no tuve problemas en ganarles a todos.
Tenia dos padres pianistas: una cuarentona frustrada que daba clases de piano en una escuela y se las chupaba a los alumnos, y un judío horrendo que sobrevivió al holocausto con la sola magia de su música; esos dos me inspiraron tanto y decidí que el único medio efectivo de autoflagelación era convertirme también en pianista.
Fui conocida como “la hija del pianista”, con tal estigma tuve que chupársela a muchos chicos para que dejaran de molestar, y las chicas no dieron mayor problema.
Los sueños no escuchan a los muertos.
Me empaño sin emoción, tecleo y rechino en algunos sonidos, sombras pegajosas lagos desteñidos, me encuentro en una esfera cargada de cianuro y tus manos me enferman, nado entre dos paredes y respiro a destiempo, sentada por la luna arrojada y cubierta de silicona corrosiva, agujas de seguridad inseguras, tus labios han descendido para siempre.
En las esquinas los vagabundos gritan que el universo se va a colapsar, pero todos sabemos que el universo siempre ha estado jodido.
Me inclinan en la cápsula, en el cristal sólo cabemos el piano d´or y yo, no se necesita nada más, los científicos saben que es una misión suicida, mi patrocinador en una cadena de rollos de sushi, por lo tanto no sufro penurias por hambre, hay un millón de cápsulas con sushi deshidratado, también llevo algunos consoladores de pilas industriales y una moto Harley Davidson.
Cuando me aburro toco la harmónica o me pongo a ver Tv. Por cable en mi pantalla de 700 pulgadas, mi esteréo sólo sintoniza el A.M. (sería mejor estar muerto), en el horno cocino un pastel de sandía, me acerco al objetivo, preparo el piano d´or y marco la ruta.
Las naciones pelean, los seres humanos no saben como lidiar con su naturaleza, las industrias nos acaban, nuestros vicios nos corrompen, dios debe de estar revolcándose en su tumba por nuestro comportamiento, el amor nos abandona, somos el desperdicio de la creación, las contracciones de las estrellas y el sangrado del alma, tal vez pasen muchos años hasta que nos demos cuenta que en nosotros esta el cambio, nosotros podemos salvar al universo, con nuestra fe y esperanza, ya no nos queda mucho tiempo, una canción puede cambiar al universo, nuestro propio universo, si todos unimos nuestros corazones al tocar el piano d´or podremos desquebrajar la oscuridad que nos aqueja.
Ese mismo día morí, intoxicada por el sushi de mala calidad, el piano d´or se destruyo ya que sus partes eran coreanas y estaba ensamblado en Honduras. Los científicos dijeron que el universo se iba a colapsar inevitablemente en 100 millones de años.
Fin
