March 1, 2006

DIALOGO ENTRE DOS LOCOS, (SOLO ELLOS)

Filed under: Uncategorized

Twiggy

Un hombre y una mujer se entregan el uno al otro en una alcoba con vista hacia el mar… cubiertos bajo el manto de la blanca luna y las estrellas, la noche se limita a derretirse en compañía de una veladora.

Un brindis con vino tinto, una mirada de locura, de deseo, un beso, una metamorfosis, una flagelación, una entrega incondicional, un acto sexual…

El: A través de tu esencia has transmitido el verdadero mensaje de la vida: EL AMOR.

Ella: Tu sexo masculino invade los poros de mi piel.

El: La nitidez de tu voz extasía lo más intimo de mi ser.

Ella: Alba, aurora de mil praderas, quietud eternizada en medio de la desolación. ¡Amor, fuente de toda sabiduría!.

El: Mariposa, altivo pétalo de terciopelo, libera la angustia de las frías noches en vela.

¡Hacerme compañía, que la distancia devora mis anhelos!

Ella: Tus ojos reflejan el brillo de la luna, el porvenir de nuestro destino.

El: Pinta mis ecos en tu memoria…

Ella: Bajo el cobijo de mis pensamientos estarás por siempre amor mío.

El: ¡Oh!, divino amor… ¡Shakespeare!, ¡Shakespeare!, inmortalizado seas escritor, poeta, trovador fiel al amor.

El: Tus muslos son rendición, son locura, son el frenesí encarnado en el placer, orgasmo… simplemente orgasmo…

Tanto el hombre como la mujer se abrazan el uno al otro, acostados en una cama king size, dejando que los cigarrillos se consuman como el paso de las manecillas del reloj.

ULTIMO ALIENTO

Filed under: Uncategorized

Twiggy

Te observo postrado en tu cama una y otra vez.

Conversando con la muerte sobre tus penas y alegrías de esta vida cruel.

Tu rostro es imagen de sufrimiento para mis pupilas, que han derramado por ti un océano de lágrimas.

Tu cuerpo cada día más se encuentra holgando entre la cuerda floja sobre la profunda pendiente.

Tus manos, muestran yagas.
Tu espalda corva y envejecida.

No, soporto verte más así…

Por favor, deja de aferrarte a vivir, ¿Qué no ves, que tu agonía me cala hondo hasta el alma?

Por favor, querido viejo mío, entrega tu alma a dios, descansa eternamente en el cobijo de sus tiernas manos, que será el único que podrá sanar tu herida.

Cuánto temor corre por mis venas, el miedo esteriliza mi cerebro al escuchar tus gritos desesperados por el terrible dolor.

Maldigo esa enfermedad infernal que se apodero de tu cuerpo…

Cierra tus ojos, descansa y sólo imaginemos que entregaré a tu espíritu un nuevo renacimiento.

Qué el mundo me perdoné.

Qué la humanidad sea testigo de que el amor es incondicional, por hacerte entrega de tu trascender.

Qué dios me perdone.

Sólo… sólo… viejo mío… descansa que yo velaré por ti,
Que yo rezaré por ti.

La llama del fuego producida por parte de una veladora, disminuye su esencia.

El llanto de Jesús ha cesado, el infierno se ha acabado, la muerte con su vestido negro, y su funesto aroma se retira para visitar otra morada.

Viejo mío… mis plegarias te acompañan.

La música celestial de Chopin, y la melancolía de Wagner rendirán tributo al último aliento.

Descansa para siempre… Viejo mío.

February 23, 2006

BRITNEYKS

Filed under: Uncategorized

Movimiento de Literatura Experimental de la Generación Britneyk

Marmalade Poetry (monchie)

Bubblegum Monogatari (Mario)

Stodge Lollipop (nomi)

CONVOCATORIA

Filed under: Uncategorized

Marmalade poetry, bubblegum monogatari & stodge lollipop presents:

TALLER DE CUENTO EXPERIMENTAL 2006

(PROYECTO BRITNEYKS)

Este taller surge de la inquietud de 2 jóvenes por expandir la experiencia de la libertad al momento de crear una obra literaria; de la repulsión hacia los modelos localistas, y principalmente de la creación de un grupo intelectual y a la vez anti-intelectual que derrumbe el estereotipo del artista inmaculado; Para la realización de un trabajo honesto, sobresaliente y violento.

El taller es libre y gratuito, se lleva a cabo cada miércoles a partir de las 3pm, en la sala Matsushita, localizada en el 2º piso de la Biblioteca Central de la UABC.

Los únicos requisitos para incorporarse al taller son: apertura de mente, respeto, compromiso, pero sobre todo amor por la literatura.

El taller esta abierto en cualquier momento, e intenta ser una propuesta sólida de realización independiente para una nueva generación, lejos de modelos arcaicos y obsoletos, pero en mayor medida busca proponer nuevas formas de creación literaria lejos de ataduras.

Para cualquier información, aclaración e interes, pueden dirigirse a los e-mails de:

*Monchie: yuki.monogatari@gmail.com

*Mario: poyopsb@hotmail.com

Carlos Humberto Quintero Ríos (Twiggy)

Filed under: Uncategorized

Nació el 24 de Julio de 1980, en la ciudad de Mexicali, Baja California.

En el período de su infancia le era totalmente indiferente el aspecto de la lectura, los libros y aborrecía la materia de las matemáticas, lo único que le importaba era la banda, la pandilla de cuates que se juntaban en su cuadra para jugar fútbol, para pasear en bicicleta, etc, etc, experiencias que fueron en su época y en su tiempo primordiales para el desarrollo psicológico y social (según la opinión de Vigotsky).

Cuando ingresa a la secundaria, tuvo la fortuna de conocer a un maestro amante de la lectura, el cuál, inyecta inquietudes por conocer el mundo de la literatura, iniciando sus primeras lecturas de Amado Nervo, Homero, Dante, Sabines, Vasconcelos, entre otros, sin embargo, no se interesaba del todo, debido a que empezaba a despertarse en su ser la necesidad de crear música, influenciado por bandas grunge como Soundgarden, los Pumpkins, Alice in chains, Nirvana, y por el género del rock metalero: Metallica, Megadeth, Sepultura, Pantera, Slayer, los Guns, lo único que deseaba era convertirse en un verdadero rock star, es ahí el punto de partida para sumergirse en el mundo de la rebeldía y del ambiente heavy, toma sus primeras cervezas, sus primeros cigarrillos, chicas y chicas y más chicas, eran el principal objetivo, sin embargo sentía un inmenso amor por la escuela y los estudios.

Al finalizar la secundaria obtiene una gran habilidad para tocar diversos instrumentos, como guitarra, bajo, batería, por tal motivo es invitado a tocar en la rondalla del COBACH, pero no importaba: “lo único era ROCK, que no entienden estos estúpidos, ROCK, ROCK, en mis venas, en mi sangre, en mi cabeza.

Influenciado por Saúl Hernández, la Maldita Vecindad y el Rocco, La Cuca y su Cuca tu madre, La Castañeda; inicia sus proyectos de crear su propia banda, la cuál creó en su tiempo mucha conmoción por sus letras y sonido estridente: “UÑA NEGRA…POR TODO EL MUNDO…. UÑA NEGRA TE ARRANCA CRUDO…”

Aún a pesar de las uñas negras y de la vestimenta heavy dark, en su corazón sentía nostalgia cuando leía clásicos como Los hermanos Karamazov de Fiodor Dostoivesky, Ignacio Manuel Altamirano, Turner, las poesías de Morrison, la tristeza y sentimiento del blues, Joplin, Hendrix y la poesía, filosofía y música de Pink Floyd.

Desde ese momento participó constantemente en la escena local del rock mexicalense, organizando diversas tocadas, perteneció a una de las bandas más creativas de Mexicali, (QUINKINERVIA), la cuál, integraba seis miembros con propuestas diversas para integrar poesía, actuación, psicodelia, rock pesado y una interesante filosofía de derrumbar etiquetas musicales al momento de experimentar con cualquier creación. Ingresa a la universidad, a la Facultad de Ciencias Humanas, para estudiar la Lic. Ciencias de la Educación, la creación musical forma parte de su vida, pero siente la necesidad de escribir poesía y cuento, (aunque ya en diversas ocasiones lo había realizado), se propone escribir y es impulsado por parte de su novia (actualmente esposa) quien lo anima.

Tuvo como maestro universitario al literato Jorge Ortega, el cuál critica su obra por falta de técnicas y formalidad, pero eso no fue el límite para que dejará de escribir, al contrario, cada vez se sumergía más y más a su propio mundo, a sus temas favoritos como la depresión, la muerte, el suicidio, el satanismo, el sexo mezquino y masoquista, etc… influenciado por Nietzche, Rimbaud.

Escribe ensayos (nunca antes dados a conocer, pero muy pronto para publicar) sobre Marx, Lenin y Engels y su mundillo utópico del comunismo, entre otros tópicos. Conoce a Mario Bogarín y a Monchie y otros colegas que comparten el gusto de la creación literaria.

A publicado en diversas revistas, participado en pláticas sobre literatura, participado en círculos de lectura, foros, ha formado parte del consejo universitario y consejo técnico, antologado por parte del departamento universitario sobre los jóvenes creadores nacidos en los años 80’s, ha sido maestro en el plantel Mexicali COBACH, egresado, entre otras cuestiones.

Actualmente participa en el movimiento experimental de los Britneyks. Y en el colectivo de exmiembros de la banda QUINKINERVIA para fusionar poesía, música y arte visual.

TRASCENDER

Filed under: Uncategorized

Twiggy

Soy trinchera en el viento
Voy…
Vengo…
Me esfumo.

Todo se resume en una expresión:
-2X2 + 7Y3

BATRACIO ANURO

Filed under: Uncategorized

Twiggy

Luna blanquecina,
Sumidero del oleaje por cantos y poesías.
Ambientas desde la infinita bóveda celestial
La voz que entrelaza proverbios y versos húmedos.

Batracio anuro… en el silencio,
Con la calma bajo el vientre…

Estampida de moscos nómadas,
Armonizan el ritual.
La trova de grillos ciegos
Refugian la misteriosa ceremonia.

Mientras… él…

Batracio anuro… bajo la cumbre de la sombras,
Espera el momento propicio.

Con sus ojos de linterna embarnece fotografías
Movimientos,
Oscilaciones,
Péndulos de conquista.

La víctima es percibida.

Mientras…

Batracio anuro…
Sumerge la emoción bajo su miembro.

ZARATUSTRA

Filed under: Uncategorized

Twiggy

Una nube centrífuga
Se ha escapado de toda imaginación.

Corremos desesperados
Hacia la punta de la alta montaña.
Se elevan las miradas desconcertantes
Hacia el bosquejo azulado.

En la muchedumbre,
Se escucha un lamento, una voz,
Zaratustra exclama: ¡pobres de nosotros bufones moralistas!

February 18, 2006

MURCIELAGO EBRIO

Filed under: Uncategorized

Twiggy

I

Una línea de coca
Arroyo de diamantes,
Inhalo nuestro entorno
Entre monumentos y horizontes.

Veladas narcóticas.

Murciélago ebrio,
Sonámbulo transparente.

II

Prematura la ninfa…
Extiende su brazo…
Me sostiene,
me invita… a trepar en los párpados del universo.

Pink floyd,
The Wall, The Dark side of the moon.
Producen en las arterias melodramas infantiles,
Esquizofrenia, paranoia, mal viaje,
A correr… a correr que viene el martillazo.

III

Alimentamos los despojos y pedazos de irrealidad
Con bebida color ámbar,
Seguimos nuestro camino, trascendemos,
Cortamos el trébol de cuatro hojas.

Un perro cogiendo a una vaca con pantaletas,
Mugiendo como puta fingida,
Brotan los murmullos por sus orificios nasales, por sus ojos,
Me excito, me masturbo…
Permito que fluyan mis espermas entre las manos.
Viborillas, pequeñas viborillas.

IV

Untamos nuestras huellas
En oleos de pintura blanca,
Placenta de días nublados.

Cubismo… cubista… cubito… J.GRIS.

Fingimos extásis en nuestros cuerpos…

Perfil incandescente…
se respira tu aire de nostalgia.

Lágrimas saladas.

V

Morrison a la puerta,
Tendido en la alfombra de lo infinito,
Con su sonrisa cadavérica rockeamos entre
Fanfarrias y campanas congeladas.

La ninfa me abandona,
Se tira a mi colega.

Sarcasmo depurado,
Arco iris en llanto,
Una sola respiración.

VI

Nubes híbridas…
Bosques de concreto…
Esperanzas rotas, raíces bajo tierra,
- THE MINUTE OF DECAY-
- MINUTE OF DECAY-.

VII

EL DILEMA

¿A dónde vas?, cuestionó la conciencia
Y la inconciencia respondió: a volar lejos de ti.

EL ROCIO DE TU CLITORIS NO ES COMO LO PINTAN

Filed under: Uncategorized

Twiggy

I

Deseo volar lejos, muy lejos de toda quimera
Con mis alas hechas de fina porcelana,
Pero aún, en la frágil tentación suelo caer una y otra vez
Para observar tus labios, líneas perfectas y seductoras que proyectan el alba en el desierto.

II

La vieja imagen de tu clítoris,
espejismo diurno para un esteta,
Constelación tatuada en la memoria.

En el vientre desnudo, saboreo surcos y muslos,
soy niño perdido en tus campos.

III

El libido destello de tus ojos prometen a mis penas
Un rebozo acompañado de tiernas caricias,
Pero… aún a pesar de todo…
Las hojas del árbol más alto suelen escapar a su encanto.

Las palabras son simple distracción,
Melodías ausentes,…
estrofas que fluyen de la nada.

IV

Con pétalos y tallos de esperma adorno tu cuerpo,
Seducción inhalante…
Marea tropical…
Danza jovial en el arrecife de nuestro deseo.

V

¡Verga!,
¡Culo!,
¡Nalgas!,
¡Penetración, pene… traición!

VI

Florecemos en el sembradío de nuestro orgasmo,
De nuestro follaje,
De nuestro sexo,
de nuestro coito.

VII

Se viene la sensación…
y lo disfruto como el capitán en su nave
Se viene la miel que despliego en tu rostro…
En tu boca… en tu lengua… en tus dientes… en tus líneas de ensueño.

VIII

La excitación se desborda,
En las paredes de la habitación
Se imprimen nuestros ecos de placer…
Pupilas contraídas, lenguas descalzas en el insomnio púrpura.
Embriaguez pubica, catedral que enlutece mis venas.

IX

Tendidos los cuerpos…
Sumergimos nuestras lágrimas en la ceniza de los cigarrillos.

La muerte regresa:
Y vuelves a tu oficio.

Deseo volar lejos, muy lejos de toda quimera
Con mis alas hechas de fina porcelana,
Pero aún, en la frágil tentación suelo caer una y otra vez.

¡Nos vemos el Martes!.

February 15, 2006

UNA CONVERSACION FRENTE AL ESPEJO

Filed under: Uncategorized

Twiggy

¿De qué tanto huimos nosotros los humanos?
¿A qué le temes tanto?
¿Al dolor?, ¿A la muerte?, ¿A la tristeza?, ¿A la soledad?.
Estúpida trivialidad errante que no permite experimentar nuestra imaginación.

Observa detenidamente mi rostro, petrifica en tus llagas el tatuaje del sufrimiento convertido en placer.

Devora junto conmigo el pecho materno de nuestros pecados, extasiemos nuestro apetito.

Quítate conmigo la máscara, no tienes que ser hipócrita, en ocasiones las paredes escuchan
Pero nosotros sabremos ocultar muy bien nuestro secreto, todo, todo quedará bajo nuestras manos.

¡Ves, qué tan profunda es nuestra alma!.

Las palabras son eternos letargos ausentes en el otoño.

January 14, 2006

Mario Javier Bogarín Quintana

Filed under: Uncategorized

Soy un chico bueno y dulce que come Pop Tarts de fresa, usa Shampoo Caprice Naturals y torea gallinas chilampinas. Cuando me siento especialmente aburrido me masturbo sin moderación sólo porque no encuentro nada más divertido qué hacer en el momento; me quejo y me quejo porque definitivamente es poco probable que en esta ciudad un sol rozagante dé lugar a un cielo nublado, muy nublado, sin oponer resistencia. En la preparatoria me gustaba escuchar la música de KoRn y de sus discos mis favoritos son “Issues” y “Follow the leader”, que escuché muchas veces y aún así sigo siendo un jóven solemne y respetuoso. Soy menos inteligente de lo que aparenta mi bello estilo y el secreto radica en la cantidad de contraportadas que me he leido y sigo siendo muy pretencioso de los dientes para adentro, como siempre, y me considero un chiquitín absolutamente romántico y confío en el amor platónico, ese bello y absurdo invento de los griegos sodomitas, como el último recurso literario en el que puedo confiar para no tener que asomarme al mundo exterior de grandes aventuras ajustadas a ingeniosos esquemas Best-Seller a los que mi extriñida imaginación churrigueresca no puede aspirar y es por eso que me conformo con la riqueza de la corteza interior de las cascaras de plátano inútiles y tumefactas en que se han convertido mis historias que jamás voy a escribir, de ahí que sienta una particular debilidad por el amor más puro que podemos entregar a quien queramos sin mover un músculo ni expresar ninguna palabra, pues me interesa particularmente el hecho de que se trata de un amor que no tiende la ropa, no duerme junto a bultos apestosos, no lava calzones ni prepara fritangas y que para atraer a los céfiros poéticos en celo no ha de ataviarse con ajuares blancos que hagan juego con la lavadora, la secadora, el lavaplatos, la estufa, la plancha o el refrigerador y así transcurre mi vida, en el País De No Pasa Nada, hilvanando cositas, detallitos, guiñitos y palabritas que se despedazan en fragmentos de ideas más grandotototas (y fuertotototas) que nunca fructifican porque me faltan las fuerzas para levantarme de mi silla, el trono color gris desde el que dirijo mi Reino de 512 kbps, catorce horas diarias, en el rincón de la sala de una casa construida en los años sesenta, ya no las hacen como antes, las novelas ya no son lo que eran antes y TvyNovelas es mi revista favorita y me gusta ver películas japonesas, chinas y coreanas locas y quiero pretender que mis cuentos se musicalizan con J-Pop y yo soy puro pop y de pequeño yo alucinaba y moria, descendía, me elevaba y volvía a vivir mientras miraba un video de Disney que se llama “Pop & Rock” y que lleva veinte años conmigo y al que inconscientemente invoco con cada letra que escribo y la gente que dice estar loca es feliz y soñadora por dentro y la gente más decente está podrida del alma que nuevamente se acaba de comprobar que no pesa veintiún gramos y es más fácil que un guiñapo catatónico de ochenta años sobreviva a un quinto infarto a que una quinceañerita salga adelante luego de su primer taquicardia y el universo es cruel y, cuidado, allá afuera hay mucha gente escrutando los rostros de los demás buscando desgracias que equilibren su propio universo.

Aquí y ahora, la televisión suena, Juan Soriano aún existe, María Félix está muerta e Internet es un milagro. Y, a pesar de lo que puedan creer, la pintura suena, las imágenes lejanas están muertas, la elegancia es un milagro, y yo existo.

P.D.: Por cierto, de pequeñito me gustaba coleccionar billetes de banco de todo el Tercer Mundo, aún recuerdo la austera fortaleza de los Cedis ghaneses que no siempre empataba con la forzada reverencia de cada Riel camboyano en pugna con el espíritu bravío de los Meticales mozambiqueños que en su pasión desbocada de la sabana eran incapaces de percatarse de que las Lempiras hondureñas eran tremendas.

LOS DIECES -UN PROYECTO INACABADO E INABARCABLE-

Filed under: Uncategorized

Mario

0.0

Cinco cabezas alineadas de lado a lado alcanzan a asomarse por encima del respaldo de la banca en que sus dueñas se encuentran sentadas esta mañana en una pose armoniosa que se puede observar cualquier día desde la ventana de la biblioteca. No se mueven mucho realmente, tal vez lo hagan tanto como los pajaritos cuando se detienen a descansar un rato en el frontispicio de la entrada del Departamento de Orientación y Vinculación, meneando el cogote de acá para allá cambiando de posición sin decidirse por la panorámica citadina de su preferencia, si la oriental o la occidental; y que en ocasiones, si han tenido suerte, alzan el vuelo con un pedacito de cualquier cosa en el pico, sobre la ciudad, con todas sus casas y sus escuelas y a veces sobrevolando las gradillas en que los alumnos sosiegan la mente mientras arrojan migas de porquería al piso. Hoy vemos a las jóvenes de siempre, pulcramente sentadas, piernas cerradas, brazos cruzados, mirada perdida, divagando mil simplezas de importancia capital, como siempre; lo bonito del momento es que se hace más disfrutable conforme se despepitan y solucionan varios asuntos a la vez sin necesidad de utilizar una lógica muy acabada ni de arquear gravemente las cejas, que es la manera en que se supone que se resuelven los problemas más serios, según dicen.

-Tanta gente que pasa por aquí…

-Sí, así es-Responde Laura, ojo izquierdo desviado, pelo negro, uñas cortas pero sucias, pestañas postizas y brazos largos, sin saber a qué o a quien, mientras rasga el empaque de las papitas fritas.

-…y yo sin mi pistola…

-Jijijijijijijijijiji…-Estalla Kitzia, manos pringosas, pelo negro, blusa arrugada y zapatones grotescos.

-¡Ay, Liliana, por favor!-Pide Mariana, labios partidos y pelo levemente trasquilado, mientras se guarda los últimos chicles en su bolsita de accesorios. El clima de esta mañana de primavera no ha sido el más benévolo y se parece tanto a los mediodías caniculares del verano pasado que nuevamente Elisa, la menor del grupo, se levanta para restregarse la falda sobre sus piernas, enjugando así el sudor acumulado y devolviendo las rayas de los patoles a su posición original; acostumbra hacer esas cosas frecuentemente, como hurgarse la nariz con cada dedo de la mano derecha consecutivamente o comprobarse el efecto del desodorante agachando la cabeza sobre la blusa cada vez que lo cree necesario, hasta convertirlas en un tic que preocupa a quienes se encuentran a su alrededor, pues muchas veces el exceso de movimientos violentos y desordenados hace sospechar de su buena salud mental, aunque sus amigas, las que esta tarde la acompañan, conocen ya bastante bien estas y otras de sus manías y por ello deciden ignorarla, como siempre.

La explanada central del plantel lucía repleta hasta hace unos cinco minutos, poco a poco ha ido vaciándose; el sol ha cambiado de posición y empiezan a percibirse los primeros juegos de sombras producidos por el vaivén de las ramas de los árboles que circundan todo el perímetro escolar. Con la llegada de una ligera polvareda anunciando el inicio de la tarde, las muchachas que reposan en la banca del último rincón del patio, empiezan a tensar sus cuerpos y dos de ellas, Kitzia y Laura, descruzan los brazos, colocando las palmas de las manos sobre sus muslos, mientras observan cómo los miembros más jóvenes del equipo varonil de voleibol terminan de desatar la red y el anciano maestro Archundia intenta mantenerse erguido sosteniendo sus libros y escuadras con una mano y el vasito de café con la otra, camino a su clase de Matemáticas de primer grado.

Cinco miradas femeninas fijas, penetrantes, ligeramente nerviosas; han pasado tres minutos desde el último timbrazo, una cuarteta de alumnos de sexto semestre riñe al fondo del pasillo del edificio “B” por decidir quien irá a recoger un proyector para una exposición, dos conserjes salen del cuartito de Intendencia para levantar rápidamente de la cancha de básquetbol algunas latas vacías de Boom, el refresco de naranja que se ha puesto de moda desde hace varias semanas y que por el momento ha salvado la precaria economía de la señora que atiende la tiendita. Van cinco minutos y el calor parece aumentar. Cuando el panorama se ha vaciado por completo de gente, da la impresión de que todo el mundo esta muy atareado en cosas de provecho, aunque en la solitaria banca junto al estacionamiento también hay acción; hay gotas de sudor escurriendo lentamente por las sienes de sus ocupantes. Por ahora no ha habido saludos, ni despedidas ni ojeadas lúbricas para ninguna de ellas. Todo el ambiente parece ensombrecerse bajo el sopor de la rutina que vuelve invisibles a los objetos más atrayentes y singulares. Eso ayuda.

-Ok, vámonos.-Un vistazo final por los rabillos de ambos ojos y Mariana se levanta, dándole un vuelo ligero a su mochila para colocársela sobre el hombro, las demás la siguen, desentumiéndose discretamente y acomodando cada una su bolsita de mano y tratando de desenmarañar un poco su cabello.

En esta ocasión hay algo en el ambiente que aletarga y que, al menos para Liliana, inspira cierta melancolía, como cuando ha estado muy afanada haciendo muchas cosas y de repente se encuentra con que las horas se le han ido volando y ya no tiene ningún quehacer pendiente y empieza a pensar muchas cositas que no la dejan dormir y le provocan esas ojeras tan características en ella y que se acentúan cuando lanza alguna pregunta impertinente:

-¿No se te hace que es muy temprano todavía?

-Es que primero vamos a pasar con Bushnell unos momentos y ya después cada quien para su casa, y no se les olvide ponerse el heliotropo en cuanto lleguen para que se les vaya adecuando al cuerpo.

Mariana concluye esa y cualquier otra intervención futura que sus amigas tuvieran inquietud de hacer con un tono presuroso: necesita concentrarse, verificar bien que no haya ningún metiche cerca, tanto tiempo de espera merece valer la pena y en el día de hoy no hay cabida para interrupciones ni cambios de planes.

Muy juntas y dando pasitos cortos, las chicas enfilan por el estacionamiento rumbo a la puerta trasera, siempre abierta y desprovista de toda vigilancia. Las cinco bracean a un mismo tiempo y guardan un silencio absoluto, que se mantiene hasta un rato después de que han salido de la escuela y circulan por la banqueta de la colonia vecina, cuando de pronto, un murmullito proveniente de alguna parte del grupo comienza a hacerse cada vez más intenso, hasta convertirse en una breve alharaca. Son risas. Han estado ocultándose en los vientres de Elisa y Laura desde que observaron al idiota prefecto Rosales derramar su café al ver pasar a la señorita Nubes, la bibliotecaria, cuya minifalda fue afectada por los imprudentes vientos. Ahora se han contagiado a las bocas de las demás conforme se alejan de su campo visual las instalaciones de la escuela mientras Kitzia pega brinquitos jubilosos sobre algunas pequeñas piedras que llenan de lodo sus zapatos. Atrás ha quedado el enorme edificio “A”, donde Archundia, parado frente al bote de basura de uno de los salones del segundo piso, da palmaditas llenas de Parkinson al recipiente de virutas del sacapuntas mecánico.

0.1

La pequeña Lili entra a toda velocidad al interior del establecimiento y se dirige hacia el anaquel donde están acomodados los relucientes ejemplares del nuevo tomo de Las aventuras de Kiki, recién llegados y desempacados, al tiempo que su madre intenta hacerle entrar en razón solicitándole que recapacite y mejor espere para la Navidad, cuando le podrían amanecer ese y algunos otros bonitos regalos; por el momento no es posible pensar en artículos de lujo como pudiera ser un libro, pues el presupuesto no da para mucho y esta tarde la mamá de Lili únicamente ha salido a la calle para comprar un galón de leche a una tienda de abarrotes que por fatalidades del destino se encuentra junto a la bien surtida librería a la que ha entrado sin desearlo y por la que ahora deambula detrás de su hija para convencerla de escribir a Santa Claus pidiéndole esa y las siguientes entregas de su historieta preferida para así salir de la manera más cauta y digna de la tienda.

-¡Pero apenas estamos en agosto!, y es uno semanal, ¿como le vas a hacer para comprarlos todos, mamá?, yo lo quiero ahora, ándale, ¡se van a acabar!-Exhorta Lilia Valenzuela a su angustiada madre, Lilia Manrique.

-No te preocupes, te amanecerán todos, ahora vámonos, Lili, que tenemos que ir por el mandado todavía-Mamá quisiera que su hija y todos los niños de hoy aún creyeran en Santa, en los Reyes, en el Coco y, si no es mucho pedir, en Dios también; eso le ahorraría bastantes problemas y trabajos a las señoras como ella a la hora de tratar de inculcar a sus hijos valores prácticos como la esperanza, el respeto y el miedo, tan necesarios para una buena educación convencional como la suya que, en este momento de bochorno, no le da ninguna clave para salir al paso del aprieto en que, sin saberlo, se acaba de meter…

-Buenas tardes, ¿en qué puedo ayudarlas?-Inquiere un hombre barbón y de proporciones elefantíacas, salido de quién sabe donde, mientras esconde tras la espalda el dedo con el que ha estado hurgándose la nariz.

-Eh, no, muchas gracias, pero ya nos íbamos, solo estábamos mirando.

-¡Hola!, nos vamos a llevar este-Dice Lili alborozada, en tanto se abanica con una copia de la más reciente aventura de Kiki, el adorable delfín amistoso que de pronto clava su mirada burlona en la Lili mayor para confirmarle el gozoso desprecio que su autoridad materna acaba de sufrir.

-¡Excelente elección, nena!-Exclama el librero gordo-Qué bueno que has venido pronto, porque de seguro para pasado mañana no quedará ningún ejemplar.

-No, Lilia, vendremos después…-Mamá palidece rápidamente y su voz se va apagando con cada palabra; sabe que ha vuelto a pasar…

La pequeña Lili se paraliza y mira a su mamá con una severidad que congela el ambiente hasta que el botijón barbado le quita suavemente el libro de las manos y lo coloca sobre el sensor de la caja registradora para luego recitar las palabras que retumban como una sentencia brutal:

-Son ciento cincuenta con veinte, señora-Dice el mofletudo, nada más porque es la oferta de la semana, para suerte de todas las madres del mundo que tienen hijos miembros del Club de Kiki.

Mamá lleva sus manos temblorosas a su bolso tratando de no sucumbir al vacío que de pronto se ha formado en la boca de su estomago. Saca los billetes y las monedas y empieza a pensar en los restos de la cena de anoche y en la leche caduca que aún podría servir para calmar el hambre durante la merienda de hoy, en que no habrá productos nuevos y frescos pero sí una cantaleta novedosa en los labios de su niña, quien no parará de hablar de las divertidas peripecias de unos piratas y un delfín y una máquina del tiempo o algo así.

-Aquí tiene.

-Muchas gracias por su compra, señora, ¡vuelvan pronto!-Dice el gordo Bushnell a sus clientas y, tras guardar el dinero, dice a la más chica: Hey, peque, aquí entre nos, por si no lo sabes, la semana próxima llega una Edición Especial, con la recopilación de todos los números, ¡desde el primero y con posters de regalo!

La pequeña Lili pela los ojos como si quisiera expulsarlos ahí mismo, y abre su boca hasta límites inverosímiles, dejando su quijada trabada durante unos instantes, cuando su madre la jala rumbo a la calle.

Desde fuera de la librería es posible observar, tras el mostrador de esta, a un gigantón brindándole una cariñosa despedida con ambos brazos a una niña chiquita tomada de la mano de una mujer de rostro ojeroso y devastado.

0.2

Concluida la transacción, Marcelo Bushnell da cuenta de su soledad en el establecimiento jugando con las solapas de cuanto libro encuentra a su paso por la mesa de los saldos tras escuchar el timbre del horno de microondas que le indica que su burrito se ha cocinado.

La diminuta trastienda que comunica dos locales del modesto centro comercial La mariposa guarda en su interior bien pocos objetos que pudieran indicar qué clase de persona lo utiliza: una mesa sobre la que hay algunos botes de soda junto a un hato de periódicos atrasados, una credenza en cuya superficie descansa el horno y que en sus gavetas conserva varios gruesos álbumes de pasta negra escrupulosamente acomodados por fecha y que dan la impresión de haber permanecido sin abrirse durante bastante tiempo, y, al fondo, una sillita fatigada sobre la que el dueño reposa su descomunal humanidad cada vez que la agitación y el cansancio reverberan en su pecho o se dispone a comer, como en esta ocasión, un bocadillo rápido que le dé fuerzas para reintegrarse eficientemente a su diaria labor.

La tortilla luce un aspecto tieso y deforme y la salsa se ha chorreado por ambos lados, aún así, el gordo da una mordida y otra y otra al amplio taco hasta dejar tan sólo la servilleta húmeda en que venía envuelto para posteriormente tirarla con indolencia a un punto cualquiera en el piso manchado por mugre inmemorial que en algunas zonas forma verdaderas estalagmitas de suciedad. Bushnell reacomoda su trasero en la silla para alcanzar la puerta de madera que da hacia su otro negocio y observar rápidamente todas las cosas que en sus estantes acomoda, por el momento envueltos en una insondable penumbra que en una par de horas más será corregida por las luces de neón y los rayos del sol penetrando por las persianas, hasta ahora corridas y ansiosas por ser levantadas por su dueño, quien las mira desde la puertita del cuarto de servicio como parte de un ritual diario que, a esta misma hora, más o menos, realiza casi de manera automática, como la expresión de su prurito por abrir pronto ese changarro alternativo y novedoso cuya esencia y giro le parecen, en lo más profundo de su ser, la razón auténtica por la que ha venido a este mundo.

Cierra de pronto la puerta y recupera su posición habitual: atenta e inmóvil hacia la librería y su puerta de cristal que, en la inmovilidad de sus cascabeles, delata la poca actividad que tiene el negocio a unas semanas de que llegue la temporada febril de los libros de texto y los precios inflados.

Parece que hubo un tiempo, ya muy lejano, en que este hombre soñó con un empleo de fotógrafo en alguna agencia de publicidad o, mejor aún, de modelaje, en donde pudiera echar mano de su habilidad, pasión e ingenio para dominar la imagen, decorarla, mejorarla y ponerla al servicio de las necesidades de clientes y modelos y de las suyas también, pues la magia de un momento capturado no se compara, según el, con las emociones estériles de las historias que vende en papel, tinta y cartón. Él mismo ha sustituido los libros y revistas de su buró por las fotos más recientes que puede tomar con su cámara, que guarda amorosamente en la guantera de su vetusta combi. Nunca se sabe qué cosita interesante se puede encontrar en la calle una tarde cualquiera.

Sin embargo, por una cosa u otra, aquí está, en la rebotica de su librería, tratando de descansar un momento, entre escandalosos eructos con sabor a carne rancia, sentado al centro de su destino irremediable, al que se ha decidido sacar el mayor jugo posible, aguardando a la tarde, que suele reservar las más excitantes sorpresas.

Casi siempre.

0.3

Mientras Elisa avanza risueña por la solitaria carpeta vial de la avenida Migoni, las demás continúan caminando muy pegadas entre sí, subidas a la banqueta, y aunque a estas alturas ya han desacelerado el paso y respiran normalmente, siguen vigilantes del paisaje que han dejado tres cuadras atrás. Nunca ha ocurrido ningún contratiempo, pero tienen siempre en su mente una pesadillesca escena que ya se ha vuelto un lugar común durante las infrecuentes conversaciones en las que hablan en concreto de las cosas que hacen y de los artículos que quieren comprar próximamente: de improviso, se forma un contingente de conocidos y familiares que cierra la avenida y está capitaneado por los padres y maestros consentidos de cada una de ellas, silenciosos y socarrones, esperan a por ellas para hacerles la recriminación más odiosa, larga e hiriente que se les pueda ocurrir en ese momento.

Mariana tiembla siempre que semejante escena se instala en algún lugar de su cabeza y no deja de repetirse ante sus ojos como en una alucinación compulsiva, cada vez más completa y aderezada con más regaños, lagrimas y hasta insultos. En realidad, ella no tiene la culpa de nada, las cosas son como son y no hay motivo para sentir vergüenza; finalmente, a ella, como a sus amigas y a la mayoría de las personas a su alrededor, le enseñaron que se debe trabajar por aquello que se desea.

-¿Qué horas son?-Pregunta.

Laura se detiene un momento y levanta su muñeca izquierda: un delicado Bvlgari se asoma ante sus ojos para indicarle, entre destellos dorados que se confunden deliciosamente con el sol fulgurante, que son las doce y cuarto, pero no se lo informa a su amiga, quien esta tarde se ha conferido a sí misma el liderazgo del grupito; como que es ella quien tiene más habilidad para pasar desapercibida.

-Sigo creyendo que debimos esperar otro ratito-Insiste Liliana.

-Te digo que primero vamos con Marcy, y eso siempre se lleva tiempo, Lil-Mariana trata de calmarla, deseando tener cerca a alguien para que la calme a ella. Es cierto, las cosas han sucedido apresuradamente.

Suele ser más fácil dejar que pasen las horas y, al momento de terminar las clases, salir todas juntas, a donde Bushnell, o si no, a tomar chocolate al Café Nerval, dependiendo de la situación, para después irse cada una a hacer los Pendientes del día. Pero hoy, Mariana esta apurada, necesita más que nunca llegar a casa. Papá ha regresado, y eso vale más que ninguna otra cosa en el mundo.

-Oigan, ¿les platiqué lo que me encontré en el Internet?-Pregunta Elisa, juguetona.

-Jeje…-Kitzia se prepara para algo bueno, las demás aminoran el paso y se acercan todavía más-No, ¿qué te encontraste?

-¿Sabían que hay algo que se llama “La Ley de Murphy”?

Breve bufido de Kitzia, decepcionada.

-Ah, era eso…

-Sí, dice que si algo puede salir mal, saldrá mal, ¿no es increíble?-Saca la lengua al momento de pronunciar la última letra L. Sonríe.

-Ajá, y después, un tipo de apellido Bloch la metió en un libro, se hizo rico y convenció a muchos babosos como tú de que están perdidos-Mariana está más nerviosa que nunca, no cuenta con el tiempo de los demás, tal vez lo haga algún día, pero no por ahora.

Elisa no escucha nada de lo dicho y empieza a desear llegar a casa lo antes posible para llenar de mantequilla una tostada y arrojarla al suelo. Será interesante ver de qué lado cae.

Silencio; todas deambulan a paso veloz por la glorieta que parte en dos la zona residencial donde se encuentra ubicado el pequeño centro comercial al que hoy, como todas las semanas desde hace un año, cuando se conocieron, asisten para ponerse al tanto de las últimas novedades o necesidades por atender de inmediato, según lo considere prudente Marcy, el dueño de la librería Minerva, que hasta hace algunos años era el centro cultural más importante de la ciudad gracias a que había adoptado como su política aceptar vales de comida y gasolina y había puesto en marcha un programa de ventas por catálogo en el que los clientes podían solicitar libros importados que llegaban en cuestión de días, a precios altos, claro, pero en excelentes condiciones y con cupones de ofertas.

-¿Siguen aceptando vales de comida en la biblioteca?-Pregunta Liliana.

-¡Librería!, ¡es una librería!-Responde Kitzia, irritada por tal muestra de ignorancia.

-Eso, sí, eso quería decir.

-No, acuérdate de que le cerraron el establecimiento por dos semanas cuando lo descubrieron recibiéndolos…

-¡Ah, claro!, jijijiji, ¡cómo sufrimos aquella vez!, ¿verdad?-Concluye la atolondrada Liliana.

El subsecuente gruñido de Mariana revela su cansancio, ya se ha quitado el chalequito que indecentemente le exigen portar con el uniforme aún en esta temporada de calor y, mientras toma con sus manos húmedas el asa de la puerta de entrada, revisa que el nudo con que se lo ha ajustado a la cintura permanezca rígido.

Si no fuera porque es parte de todo el espectáculo, un día de estos se animaría a desafiar a la autoridad, abandonándolo sobre su cama, donde amanece, planchado e impecable, todas las mañanas.

0.4

Mariana abre la puerta de la librería y se deja envolver por el aroma a loción barata que el dueño utiliza y de la que ella misma pone algunas gotas bajo sus orejas cada mañana antes de partir rumbo a la escuela. Es como cuando se pone una corbata los días en que no hay mucho que hacer y llega al salón con un nudo Windsor estrangulando incontables hileras de bolitas rojas o cuadritos o pececitos de colores tropicales; siempre le ha atraído la amplia gama de ropa y accesorios masculinos que encuentra en el closet, a veces estrena los chalecos o las corbatas según el clima y a veces hasta tomando en cuenta la posición de las nubes y como incluyen en la luz solar que se filtra hasta el ángulo donde se encuentra la ventana de su cuarto y que en ocasiones tiende a mentir sobre el verdadero estado del tiempo, es entonces cuando decide ponerse una azul, que va con cualquier condición climática pero por desgracia tiene un efecto depresivo en su ánimo, por lo que suele desecharla a cambio de una roja o amarilla que brilla alegre en las mañanas exitosas de comba soleada pero que durante los días en que los vendavales se anuncian con pastos húmedos y panoramas grises hace sentir a su portadora fuera de lugar, como una manchita juguetona desentonando con el mediocre ambiente general que se siente diariamente forzado a desechar sus energías y su suavidad ante el inexorable y desmoralizante horizonte sepia. Aunque el día de hoy luce su blusa ceñida y con el cuello abierto, pues hay mucho por hacer.

-¡Hola!, buenas…-Saluda con tono precavido, mientras sostiene la puerta a sus compañeras que intentan entrar todas juntas.

Marcelo Bushnell, Marcy, para las amigas, abre en un relámpago la puerta de su trastienda, que azota estruendosamente contra un anaquel vacío y se coloca presuroso ante la vitrina donde despacha. Uno de los mejores momentos del día ha llegado.

-Hola muchachas, ¿qué las trae por aquí tan tempranito?

-¿Por qué la agitación, Marcy?-Pregunta Liliana.

-Ah, no, es que estaba almorzando, porque ya ves que a estas horas nunca hay nadie.

-Ah…

-Y me sobresalté, pero bueno, ¿qué desean ustedes?-Inquiere, agitado.

Kitzia, quien ha estado hojeando un libro que para su gusto tiene demasiadas letras y muy pocos dibujitos, voltea la cara y frunce el ceño.

-Se me acabó mi Amarige, Marcy

-Y a mí ya no me quedan mis jeans deslavados-Salta Elisa.

Bushnell sonríe nervioso, no había caído en la cuenta de que las cosas no duran para siempre. El semestre acaba de iniciarse y frente a él, cinco niñas, precoces y feroces, pero niñas al fin, abren la boca para desembuchar varias impertinencias que lo fastidian, una vez más, pero que le hacen recordar lo dulces que suelen ser las navidades y los veranos cuando, al comenzar las vacaciones, logra librarse de ellas por un rato, despidiéndolas abanicando un buen fajo de billetes y acariciando en su mente las infinitas posibilidades que se le han abierto para su negocio, nuevamente salvado por material fresco para distribuir a los clientes despistados que gustan de quedarse en sus casas, solos, ansiosos por probar algo diferente o de plano, entregarse de lleno a darle gusto al gusto.

-Es que estas engordando, ¿no?-Insinúa quedamente.

-¡Claro que no!-Aclara Mariana-Al contrario, ha estado bajando mucho de peso, ¡mírala!, puedo meter mi puño en el espacio que queda entre su abdomen y la pretina de su falda, Marcy.

Terminada una pequeña demostración, Marcy hace notar su preocupación.

-Pues eso no es normal, ¿no te ha visto el médico, Elisa?

-Eh…

-Tampoco es para tanto, hombre, además ahorita andamos apuradas, parece que estamos cortas de tiempo-Prorrumpe Laura.

-Así es-Dice Liliana, tras permanecer callada largo rato-Y queremos ver qué pendientes hay para hoy.

Marcy busca mentalmente alguna solicitud nueva, ha aprendido a no archivar nada en papel.

-Pues no, nada todavía, ya sabes, el negocio va flojo estos primeros días, supongo que muchos papás y algunos de sus hijos, quién sabe, apenas se están acomodando de nuevo a su rutina y no se acuerdan de Minerva, pero les aviso la próxima semana, ¿no?

Su mirada se encuentra con los ojos torvos, contrariados, de Mariana, quién reposa su mano derecha en el talle, mientras juguetea con la bolsita donde guarda unos pocos billetes de a veinte; desde luego que los tiempos han sido duros, de austeridad, que ha significado la reducción del presupuesto, y con el, la supresión de la bola complementaria en su cono de nieve de pistache o la de los accesorios que guarda Laura en su desgastada bolsa Prada o de los videojuegos de Elisa. Sin embargo, no pierde la esperanza, aún quedan muchos meses por delante.

-Bueno, ¿sabes?, hace falta platicar contigo de eso, ¿ok?, es que ya debemos irnos, luego volvemos-Promete, ligeramente descorazonada, dándose una media vuelta.

-¿Pronto, verdad?-Marcy sigue preocupado.

-Ajá…-Contesta, enfilando rumbo a la puerta. Las demás la siguen.

-Ah, ¡oye!-el rostro del librero rechoncho se ilumina-Ya volvió tu Papá, Mariana.

-Ya sabía.

Las bisagras giran y los cascabelitos se convulsionan, permaneciendo tintineantes por unos momentos e inundando el local con su musiquita rudimentaria.

0.5

Pisadas fuertes, vagamente iracundas, aunque más bien se trata de preocupación, premura; en el Macrotrade han inaugurado recientemente una estética donde se programa el tinte para el cabello con cualquier mezcla imposible que se desee, se aprieta un botón de la consola peinadora y en unos pocos minutos está listo; servicio de postres y revistas incluido, y todo a un precio especial, pero sólo por este mes. A unas pocas cuadras del distrito industrial, en las afueras de la ciudad, Jerky’s Now ha ampliado su barra de sabrosa carne seca con un surtido experimental de tocino glaseado con miel y costillitas bañadas en sal de ajo. Y el dinero es bien poco.

-¿Pretina?-Liliana no puede evitar que su ceja se levante al ritmo de las comisuras de sus labios en tono de burla juguetona y afilada-¿Dónde aprendiste esa palabra, Mariana?

-Hmm, no sé…

-¿Qué?, no te oí.

-¡Que no sé!, ¡ya!, esto no me está gustando, deberíamos movernos por nosotras mismas-Mariana se sonroja, probablemente por levantar la voz por vez primera en el día o porque en su rostro empiezan a asomarse los signos iniciales del cansancio.

-¿Cómo?, ¿poner una tienda nosotras?-Kitzia deja salir ese lado inocente y memo de su personalidad que siempre cautiva a todos aquellos con quienes acepta sostener una conversación y por cuyas características sabe que puede sacar algo de provecho.

-Jajajajajaja, no seas imbécil, ¿cómo crees que vamos a poner nosotras un negocio?-Mariana puede notar que la desesperación empieza a hacerla su presa.

-Bueno, se me ocurrió de repente, como dices que hay que movernos solas…

-Cuando lo dije me refería a que deberíamos tratar de hacer huecos en nuestra agenda, por decirlo así, para contactar más gente y sacarle más jugo al tiempo, para no depender tanto del Marcy, pues.

-Pero tenemos trabajo, Mariana, tampoco podemos descuidar las tareas.

La objeción de Liliana le quita de un plumazo el poco entusiasmo que le quedaba. ¿Por qué las cosas tienen que ser tan difíciles?

-¿Qué dejó el de Biología para el lunes próximo?-Pregunta Elisa.

-La clasificación del león, la termita y la cucaracha por reino y especie, y además de ponerlos en una cartulina que se pegará en el salón-Contesta Laura.

No hay más comentarios, las cinco muchachas caminan lentamente adentrándose en una colonia clasemediera, desde ahí partirá cada una a su casa, faltan diez minutos para que el reloj marque la una de la tarde, el perfume se ha evaporado de sus cuerpos y un humor ligeramente ácido empieza a agriar el aire que van surcando con sus pequeñas y pesadas mochilas, llenas de cuadernos que solo han sido usados una vez, cuando la elaboración de alguna tarea importante o de una redacción inevitable hace imperativo mancillar las primeras hojas rayadas con la tinta de una pluma casi inservible que es utilizada con flojera y ligereza, como si cada letra representara un esfuerzo imposible que se debe realizar satisfactoriamente para poder seguir adelante con un estilo de vida descubierto hace poco y que se disfruta como si se tratase de la existencia reposada que siempre han soñado y que ha llegado antes de que se haya hecho nada para ganarse un poco de lo mucho que ahora gozan. Ese es el chiste del negocio.

-¿Y el ensayo sobre la Reforma para cuando?-Solicita Liliana.

-Para final de mes-El tono de Mariana es terminante y añade:-Pero ya dejen de hablar de eso, necesitamos concentrarnos en lo de hoy, ¿ok?

Siguen caminando hasta llegar a una cuchilla que conecta a la Avenida Principal con Jardines Calmos, el fraccionamiento del que salen la mayoría de los automóviles que por las mañanas se dirigen al sector maquilador para surtirlo a la industria local de los trabajadores que diariamente requiere para funcionar. Continúa Mariana:

-¿Qué van a hacer?

-Nos ponemos en remojo y nos llenamos de perfume también-Afirma Kitzia.

-¡Nos ponemos bonitas!-Finaliza Elisa, mientras reparte besos de despedida con sus amigas, que se comienzan a dispersar por los cuatro puntos cardinales.

0.6

Elisa emprende el camino por las angostas avenidas de la zona residencial, pisando suavemente sobre el encarpetado, subiéndose a veces a la banqueta y a veces poniendo el pie izquierdo en esta mientras apoya el derecho en aquel. No se le borra la sonrisa, que siempre muestra ampliamente la blanca dentadura que alberga orgullosa un par de caninos ligeramente desgastados por las largas sesiones en que la menor del grupo de amigas se tumba en el piso de su cuarto con una bolsa de caramelos entre los brazos a devorar docenas de dulces de mantequilla y fresa y jelly beans endurecidos. Chapotea con el agua nauseabunda que brota insolente de las fosas sépticas descompuestas de algunas casas que, sin embargo, lucen un impecable trabajo de jardinería en el mínimo patio que sus diseñadores han dejado para el esparcimiento de las familias pequeñas que no viven mejor sólo porque el cuarto de baño se encuentre a un paso de la minúscula salita. Tienta varias veces la bolsa trasera de su mochila para sentir satisfecha los bordes superiores de su revista favorita deslizarse por sus yemas a través de la mezclilla.

“Acompaña a Kiki en sus aventuras por los mares del sur para recuperar un enorme tesoro que el malvado pirata Avarón ha escondido en una isla llena de peligros desde donde controla el pasado y el futuro mediante una máquina del tiempo que su secuaz, el Doctor K-Kumen ha construido para borrar las pistas de cada fechoría de los forajidos y confundir a nuestro héroe y sus amigos, Estrellita Feliz, Gatinha y Cutie Crab, en su lucha porque el bien triunfe sobre el mal y porque la riqueza se reparta entre todos. ¡No te quedes fuera!, ¡Apúntate ya mismo a la gran aventura por el océano!, y recuerda, cuida el ambiente y el agua, colocando la basura en su lugar y cerrando la llave mientras te lavas los dientes!, ¡A LA CARGA!”

El gracioso magazine ostenta una portada colorida compuesta por varios tonos de azul que señorean cada imagen y recuadro donde Kiki y sus amigos anuncian sonrientes su nueva gran aventura resumida en pocas escenas de alegría, tensión y juego que prometen hacer vivir a sus pequeños lectores la experiencia de transitar por todos los estados de ánimo a lo largo de tan sólo treinta y dos páginas a todo color y con grandes letras negras y expresivas en las vírgulas que dan voz y vida a sus personajes. Siempre hay un final feliz y eso es lo que Elisa adora; los malos son capturados y regenerados y junto a los héroes desfilan sonrientes y algarábicos al filo de la última página, culminando el despliegue de alegría, excitación y luminosidad que los ha llevado hasta ahí; los rehenes y los tesoros regresan sanos y salvos haciendo las delicias de los amigos que los integran al festín, los buenos son recompensados con un garigoleado y triunfante letrero que dice “FIN” y con la más dulce de las sonrisas de la delicada Elisa quien, de pronto, se percata de que sus calcetas se han arrugado y forman bolsones antiestéticos alrededor de sus tobillos. Se agacha para componerlas y con dos rápidos estirones a cada una las ha colocado en su sitio, en sus menudas pantorrillas pálidas que siempre están en movimiento, como cuando oscilan juguetonas junto a las patas de las sillas en las salas de espera. Ha pasado ya algo de tiempo desde que Elisa se realizó su primer papanicolaou, en aquel entonces sus piernas lucían más nerviosas que nunca, al parecer su dueña había perdido todo dominio sobre sus movimientos y sus rodillas danzaban al ritmo del repiqueteo del corazón, tan lejano y sin embargo tan presente en cada rincón de su joven cuerpo con la fuerza retumbante de sus angustiados latidos. Un joven esposo, esperando a su pareja en la silla vecina, había percibido la zozobra de la niña observándola patear varias veces el piso mientras chasqueaba las falangetas de sus deditos, húmedos de tanto limpiarse las gotas de sudor frío; le había fijado los ojos encima durante largo rato, para después reconocerse incapaz de enfocarlos hacía otro punto libre del influjo de la mirada triste y tierna de una Elisa más asustada que nunca. La había analizado, desvestido y viviseccionado durante cerca de media hora y había gozado muy particularmente con la negrura acuosa de sus ojos, tal vez perdidos en la llanura infinitesimal de los intersticios de la loseta de las paredes, tal vez paralizados por el vaivén de puertas y personas, afirmados divinamente por la elegante combinación que hacían con la suavidad de sus pequeñas manos que, sujetas con fuerza a la arrugada falda de algodón prometían ser tan deliciosamente tersas como el resto de esa piel prístina y elegante que reflejaba puntualmente la palidez de las luces artificiales del consultorio dominado por blancos inmaculados y beiges apenas insinuados por los depósitos inmemoriales de suciedad en las esquinas de cada pared y división de triplay o de los pisos gastados forrados por distintas y coloridas carpetas de tile.

Aquel hombre había aparecido casi imperceptiblemente ante la mirada de Elisa y de la misma manera se esfumó, como otras tantas personas y objetos que son reales pero que son convertidos a la invisibilidad total por las pupilas poco avezadas, tal y como lo eran las de la distraída jovencita que, a punto de llegar a su casa, en un conjunto habitacional que en su interior alberga orgulloso e imponente una colección homogenea de viviendas iguales a tantos otros infiernos de tres habitaciones y una sala-comedor, no se percata de la proximidad de un camión revolvedor de cemento, primero, y de un camión de la Promotora Industrial atiborrado de repugnantes obreros de mirada perruna, después, que pasan rozándola peligrosamente, obligándola a dar un brinco musicalizado por un alarido especialmente agudo al final del cual aterriza en la banqueta, cimbrada y perturbada, abriendo los ojos y respirando con una agitación azorada y, en opinión de algunos, indiscutiblemente atractiva.

Sola, petrificada momentáneamente por un intento de recuperarse del susto, Elisa junta sus manos frente a su abdomen y aprieta fuertemente las asas de su mochila, hasta que le duelen los nudillos, mientras, una brisa inesperada acaricia su cuello y alborota su cabellera, al ritmo de la frenética danza tribal protagonizada por Sístole y Diástole.

0.7

Deslizándose suavemente por las áreas verdes de una escuela primaria que creía que aún no existía durante su último paseo por el rumbo, Liliana termina de componer en su mente la lista de ingredientes del maquillaje que habrá de usar esta noche: el Wonderwear Cream Make Up de Ultima II, con vitaminas antioxidantes A, E y FPS6, junto con un poco de Hydra Flex de Biotherm y unas gotitas de Parfum d´ été de Kenzo, hará el milagro de dejar atrás todo un día de exposición a los humores nocivos de gente, lugares y ambientes poco propicios para la armonía de una psique tan delicada como la suya, altamente receptiva a las cosas feas y mundanas que arruinan los panoramas que originalmente deberían ser hermosos y, por qué no, exquisitos; el crucero infestado de miserables por el que todas las mañanas debe pasar para ahorrar tiempo, la escuela repleta de juveniles alimañas de raquítico talante o de vomitiva gordura elefantíaca virtiendo cascadas de feromona hirviente sobre el cemento de los pasillos donde por igual deambulan frustradas bolsas andropáusicas disfrazadas de profesores y bastarditas barriobajeras apestosas a Avon, las calles inmundas mancilladas por cientos de puestos de sub-empleados grasientos expendiendo fritangas o chicles o raspados o elotes o tacos o periódicos o fayuca o drogas o dulces o pastelillos o navajas o llaveros, la colonia popular (Fraccionamiento de interés social, si me hacen el favor…) en donde vive, siempre pletórica de vecinos idiotas; todo eso en las narices de la gente de todos los días, todas esas esencias despreciables en la naricita de la pobre Liliana, y en sus ojos, y en su piel, y frente a su silueta entera, obligada a bregar con rapidez en ocasiones y con parsimonia resignada en otras, entre el mar de personas que van y vienen sin percatarse del asco y la desesperación de aquella jovencita en uniforme que, detenida en una esquina a la espera de que el semáforo se ponga en rojo, está consciente, a diferencia de los demás, de que hay seres que le harían un bien mayor a la humanidad bajo tres metros de tierra firmemente apisonada que de pie, ahí cerca, junto a ella, como el hombre que a veces se le empareja en la calle y la obliga a intercambiar miradas de hito en hito, con precaución, con nausea.

Ha decidido ignorar el consejo de Mariana: la vainilla nunca le ha sentado bien y, en su opinión, el olor del heliotropo se desvanece demasiado pronto y se parece muchísimo al sabor en el que las compañeras más insoportables de su clase de Historia se envuelven, formando en el techo una gruesa nube de vulgares fragancias amoniacadas. Absolutamente incompatible con la frágil Liliana quien, la última vez que sintió que las cosas marchaban satisfactoriamente puntuales y positivas, como impulsadas por una música celestial ensamblada a la perfección, fue cuando Monseñor Aquiles de Lara le dijo, entre efluvios alcohólicos bajo una noche sin luna, que sus ojos eran como dos océanos de cristal y que su cuello deliciosamente perfumado era una ambrosía inacabable y dispuesta.

-Quizá debería echarle una llamadita-Piensa Liliana mientras se quita su brazalete de ónix Roberto Coin a la puerta de su casa, en el 810 de Paseo de Las Palmas, y lo guarda en una bolsita interior de su mochila, junto a las revistas de actualidad que tanto irritan a su madre, quien con el paso de los años se ha acostumbrado a recibir a su hija solo de una manera:

-¡Liliana!, ¿qué carajos pasó contigo otra vez?-Modulación estentórea en la voz de una mujer que es muy señora de su casa, tal y como se sentía cuando, sentada en la bodega de una de las dos cocinas de su fabulosa mansión, aspiraba a ser parte de la familia Anduaga-Villalonga, en sus tiempos de sirvienta (Auxiliar doméstica, si no es mucha la molestia…).

-Nada, nada, ¿me tardé poquito, verdad?-Mano menuda y ligeramente húmeda torciéndose para doblar la perilla de la puerta con la intención de no hacer mucho ruido, Liliana suele moverse con rapidez una vez dentro de su casa, entre los muros de block hay más fealdad de la que sus sentidos pueden soportar.

-¿Poquito?, me has tenido como tu babosa esperándote, ni siquiera he podido servir la comida y tus hermanos y tu padre están hambrientos. ¡Eres una inconsciente!

-Pues si los haces aguantarse es porque quieres, ya sabes que no como a estas horas y que no hace falta mi presencia para que los demás almuercen, ¿o sí?.-Toma la mochila con la mano derecha y con la siniestra se abre paso a su cuarto.

-¡Niña!, claro que comes ahora, ¡cuando tu familia esté sentada a la mesa es tu obligación estar presente!

-Okey, pues, a ver, ¿cuál de tus suculencias nos tienes lista para hoy?.-Liliana empieza a impacientarse, pocas cosas le parecen tan ridículas como las comidas en familia, incluso en Nochebuena sustituye la teatral cena navideña por un plato de cualquier cosa frente a la televisión en su cuarto, encerrada bajo llave.

-Hay chimichangas y caldo de queso, con agua de jamaica, anda, ven y siéntate.

Liliana Mosso siente cómo una intensa agrura de repulsión le sube desde el vientre hasta apoderarse de todo su cuerpo, los ojos castigadores de su padre, el empequeñecido y derrotado don Zacarías y de sus hermanitos menores, Kevin y Ana, aguardan expectantes su respuesta, pero ella sólo atina a correr a su habitación y poner el cerrojo, mientras la bebé Anita empieza a berrear de hambre.

0.8

Sobre el pavimento del Boulevard Camilo Trespalacios, el más transitado de la ciudad, Kitzia y Laura se abren paso presurosamente entre bólidos apenas contenidos por la luz roja y multitudes de proletarios ansiosos por llegar a casa a exigir su comida y arrojar un platillo demasiado salado o deficientemente condimentado sobre las cabezas de la o el cocinero con quien les tocó en mala suerte compartir su vida. Las luces, los gritos, el sudor y la niebla de esmog mortecino amenazan con arruinar el porte radiante de Kitzia, quien la noche anterior ha pasado casi un cuarto de hora lavando ella misma el cuello percudido de su blusa, que siempre debe verse hermosa y limpia para que resalte su blancura con el azul profundo de la falda. Las uñas de Laura han perdido lo que les quedaba de belleza, o por lo menos, de simetría, pues su dueña ha cometido el grave error de limárselas contra el frío poste de un transformador eléctrico, tras dar un brinco y asirse a él en busca de equilibrio luego de que una luz verde sumamente inoportuna se hiciera presente mientras Laura aún se encontraba cruzando tranquilamente la Avenida Progreso.

-Oye, Laura, ¿tienes la invitación todavía?-Pregunta Kitzia, haciendo conversación.

-Eh, sí, mira-Rebusca en su mochila mientras toman camino rumbo a sus casas, muy cercanas una de la otra-Aquí está, pero dice el profesor Mendiola que el programa está mal, que primero entra Mariana, da su mensaje, y después empieza la obra de teatro…o algo así.

Kitzia toma el folleto entre sus manos y lo extiende totalmente para revisar el contenido tentativo del evento. Por la noche están citadas las cinco, junto con el resto de sus compañeros, a la ceremonia conmemorativa del septuagésimo aniversario de la Escuela Preparatoria Estatal Justo Sierra, el lugar en donde estas chicas socavan sus vidas entre libros rotos y aulas hediondas y en cuya Aula Magna se llevará a cabo un pequeño festival al que asistirán, entre otros ejemplares de la más variada y célebre fauna, el Gobernador del Estado (que siempre envía un representante a esa clase de acontecimientitos), el Presidente Municipal (quien para esa hora suele tener ya bastante rato de haberse quedado dormido, luego de una tarde como tantas otras, empinándose una botella de whisky), los directivos, la Asociación de Padres de Familia, miembros de generaciones pasadas (entre ellos el pintoresco señor Garmendia, uno de los pocos sobrevivientes del primer grupo de egresados de la institución), el alumnado en general y las estrellitas de la casa, de las que destaca muy especialmente Mariana, quien, en su calidad de Bachiller Modelo del Año dirigirá un mensaje que todos esperan sea absolutamente conmovedor y lacrimógeno para todos los babiecas sensibleros que se presentarán con sus mejores y a la vez más frágiles trajes que siempre los hacen pasar exitosamente por señores decentes y damas sofisticadas, y tanto Kitzia como Laura saben que cuando las chicas guapas aparecen sentadas junto a los esperpentos, el velo del uniforme que hace parecer a todas una sola masa excitante e intrigante de jovencitas de escuela empieza a trabajar para que el ambiente se enrarezca más, minuto a minuto, hasta que los elegantes caballeros convidados se aflojan los nudos de las corbatas para hacerle espacio al que se les forma en la garganta al tiempo que inician sus movimientos erráticos dentro de la estrechez de la butaca (Ya sabes, Kitzia, todas juntas, tan bien sentaditas, siempre me hacen sentir, ¿cómo decirlo?, je, je, algo así como maripositas en el estómago, ¡y zonas periféricas!), en pocas palabras, ese es el efecto que se busca, que seguramente es involuntario e incontrolable para los organizadores de ese y otros tantos eventos académicos cuya formalidad exige la presencia de las alumnas bien uniformadas sentadas en silencio en los asientos del frente. Aquí lo que importa es la cáscara.

-Vaya, da igual ,¿sabes qué?, el profesor Mendiola ya me dijo que a Mariana le escribieron el discurso.

-¿Qué?, ¿en serio?, se me hace raro, ella siempre se lanza solita a esos eventos donde hay que escribir ponencias y todo eso, ¿no?-Laura se desvía por una calle poco transitada, llegarán más tarde que lo acostumbrado, pero no quiere pasar otro susto parecido al del semáforo.

-Pues sí, pero esto es bien diferente, ya ves, supongo que no quieren que se ponga nerviosita, ¿no crees?, además, si te hacen el favor de prepararte algo desde tiempo atrás, mejor, menos líos para tí.

-Es cierto, pero no lo creo.

-Sí, mira, el profesor Saldivar le contó los pormenores de lo que debía decir, el otro día que estuvieron en el Café Nerval.

-Oh, ¿sí?, ¿y cómo le fue?-Algunas calles se angostan, otras se bifurcan en avenidas desconocidas y ambas chicas empiezan a trotar hacía la cerrada en donde son vecinas. Luego de trastabillar un instante sobre un montoncito de guijarros que algún travieso ha acomodado a propósito, Kitzia prosigue:

-No, pues todo tan aburrido como siempre con aquel hombre, si jamás invita nada más allá de una soda y luego ya van de regreso, es ridículo, se pasaron el rato platicando, ya ves que Saldivar es el que siempre anda en esos eventos y hasta es compadre del director, así que, imagínate, Mariana ya debe estar bien aleccionadita.

-Uy, claro.

Al llegar a la casa de Laura, de cerco destartalado y recién pintada, la más pequeña de la familia Arriaga se siente de pronto paralizada por una sensación ya familiar para ella y para su cuerpo, bien acostumbrado a los accesos de angustia cuando papá la invita a tomar un helado a Gadsby´s o cuando en el aparador de Bolsos Lorentz se encuentra con el último catálogo de Loewe o cuando por las mañanas descubre que un inmenso jardín de claveles y bugambilias escarlata ha florecido en su pantaleta, lo que indica que habrá de pasar el día completo en camita, sola, como casi siempre. Las cosas parecen perder su forma y volúmen cuando el desasosiego se apodera de su personita, aunque afortunadamente pasa rápido y el mundo recupera el significado y la poca cordura que puede ofrecer. Es cuando alcanza un hilito de voz para abrir una última conversación fugaz:

-Ah-abre exageradamente la boca-oye, Kitzia, ¿hasta qué horas te dieron permiso para ausentarte en tu casa?

-Hmm, como hasta las once, más o menos, mi mamá no se fija mucho, ¿y a tí?

-Pues yo creo que el suficiente para cumplir tranquilamente con todos los compromisos. Da igual.

-Okey, bueno, nos vemos-empieza a alejarse arrojando un beso rapídisimo e imperceptible a su amiga, impulsándolo por los aires con sus dedos bien pegados-ah, a propósito, ¿a qué horas cierran el Café Madreselva?

-No lo sé.

Laura, con el desesperante laconismo que la identifica y que incluso muchos encuentran jocoso, sube los escalones hacia la puerta principal de su residencia, arrastrando los pies y haciendo rebotar su mochila Everest por toda la escalinata, tan gris y mugrienta como las nubes que de improviso se han apoderado del cielo sobre su cabeza.

0.9

Las calles que conducen a la Segunda Sección de Residencial San Lino parecen más sinuosas y estrechas cada vez, o al menos eso piensa Mariana desde que le empezó a costar más trabajo que nunca avanzar por ellas de regreso a casa, como si su propio subconsciente la alejara más y más de su destino hasta hacerla desistir y obligarla a buscar otros horizontes, ajenos a todos esos olores y objetos que en tiempo pasado henchían su pecho de regocijo cuando cruzaba la puerta de entrada y la hacían sentirse gozosamente atada a aquella realidad y que hoy, varios años después y con el angustioso peso de saber que existen cosas mejores (cristal cortado y vajillas de porcelana estampada) y sabores más refinados (pollo con anacardos y Casillero del Diablo Cosecha 1986), la hacen sentirse agobiada, disminuida, al borde de la asfixia entre las cuatro paredes de la sala que para llevar a cabo su misión de inyectarle cada tarde su dosis de infelicidad (insatisfacción suena mejor) se confabulan con el tapetito de crochet encima de la televisión Aiwa, las colecciones de Quehacer político y El Libro Vaquero del abuelo acomodadas desordenadamente en el librero, el naquísimo retrato al óleo del tío muerto que luce coronado con su eterna texana gris y captado con un tétrico rostro de sorpresa, el póster de Los Panchos pegado junto a la puerta de la cocina, y los silloncitos forrados con plástico. Nada vale nada, en realidad; Mariana sabe, de la misma manera en que todos lo deberíamos tener presente, que sin belleza el mundo material no tiene sentido. Alguna vez se le ocurrió espetarle a su mamá que ella podría vender esa casa en diez pesos y aún así habría regateo. Pero todo adquiere una súbita luminosidad cuando aparece papá.

Papá es bueno. Papá abraza, besa, y sus manos son los aplicadores más hermosos por donde puede circular el bálsamo de la alegría y el consuelo, ese que cura las heridas y acaba con el miedo engendrado por la tristeza de la diaria rutina. Papá acaricia y juguetea. Papá dice cosas bonitas a su nena, quien, aunque sabe que no es la niña más hermosa de todo el universo, es feliz cuando papito le susurra eso y mucho, muchísimo más en el oído. ¿Qué mujer no sería feliz si el hombre de su vida le dijera esas cosas, todo el día, todos los días?

-¡Bebé!, ¡buenas tardes!, ¿cómo le fue hoy a mi chiquita?.-Francisco Batiz abraza a su hija única, levantándola del piso y girando 360, 720, 1080 grados… los que sean, siempre que tenga a su cachorra en el regazo, lista para una lluvia de besos.

-¡Muy bien, papi!, ¿me tardé?

-Hmm… no, mi amor-Papá ataca la mejilla izquierda, la derecha, y termina con un tenue besito esquimal que Mariana apenas alcanza a sentir en la punta de su nariz-…para nada.

-Qué bueno, es que ahora que estamos en periodo de exámenes salimos temprano de algunas clases y otras de plano no las tenemos, ya sabes, y me quedé con mis amigas platicando de lo de esta noche. Creo que perdí la noción del tiempo, ¿verdad?-Cachetes ligeramente encendidos, pupilas dilatadas; finalmente, es el mundo entero el que altera su estado de ánimo.

-Ah, no te preocupes, Marianita, pero, oye, ¿no estás nerviosa, cielito?-Papi guiña un ojo-¿ya preparaste tu discurso?

-Sí, bueno, más o menos, quisiera algo breve y lindo, pero no quiero llamar mucho la atención, la verdad.

-Le sigues teniendo miedito al micrófono, ¿eh?

Ahora que se dirigen abrazados a la cocina para comer algo, y que el sabroso calor que de pronto se ha apoderado de Mariana desde la coronilla hasta las plantas de sus pies se ha evaporado, puede pensar claramente y caer en la cuenta de que sus neuronas aún no han hilvanado una sola frase de la densa perogrullada que por la noche debe dirigir a un auditorio repleto de hidras impacientes y hambrientas.

-No, o más bien, lo que pasa es que…-Silencio.

-¿Sí?, dime, peque-Papá Paquito quiebra un par de huevos en el borde platinado de la sartén T-Fal que Mariana le regaló en su cumpleaños pasado y, ante la masa informe en que transforman, renuncia a prepararlos fritos para mejor convertirlos en tortilla.

Mariana, callada, se sienta en el taburete que hace las veces de sillón durante los días agitados y de silla de la cocina en los normales, y contempla las suaves danzas que las ramas de los árboles ejecutan ante el enorme ojo de la ventana, desde donde se puede apreciar el desluciminto de la comba celeste que poco a poquito va dando paso a una horda impenetrable de nubes gordas y opacas que intempestivamente han hecho perder al sol parte de su fulgor, como en un gigantesco bajón de la corriente eléctrica del cielo. De repente le han entrado unas ganas tremendas de comerse una barrita de chocolate.

-Bueno, nena, se supone que esta es una tortilla española, pero se puso a bailar flamenco, ¡y mira nada más cómo ha quedado!, jijijiji-Papa recibe un beso como única contestación mientras coloca frente a Marianita un plato con el huevo revuelto que luce muy poco apetitoso con los trozos de tomate y cebolla que su cocinero le ha añadido a última hora.

-No sé, creo que voy a tener que improvisar parte del discurso.

-¿No crees poder terminarlo hoy?-Papá da el primer bocado mientras Mariana contempla un punto cualquiera, con la mirada ausente.

“Es que con eso de que cambió de horario, me voy a perder Hamtaro”, le gustaría contestarle, pues sabe que cuando se ocupa en menesteres que requieren de su absoluta concentración, como ese, siempre pierde toda la tarde, y con ella, la barra de caricaturas de Canal 10; pero, desde luego, esa no es la clase de respuestas que se le deben dar a papito.

-Puesss… sí, yo creo que sí, papá.

De pronto, el tiempo empieza a correr más rápido, y Pancho, devorando su porción en silencio y Mariana, cortando pequeños trocitos mientras juguetea con el tenedor y observa cómo alejan algunas nubes accediendo a la presión de otras más grandes, perciben su soledad como uno de los tantos beneficios que les ha traído su relación, tan amorosa y única desde el primer momento, cuando la bebé Marianita lloraba inconsolable y sólo se calmaba cuando el jóven Francisco Batiz, padre primerizo y chico precoz, la tomaba en sus brazos y sjetaba sus manitas para acariciarlas con la punta de sus labios. Desde entonces, mamá no contó más, y padre e hija pudieron entregarse a su amor, tanto en los momentos más solemnes como en los ratitos de domésrtico e íntimo placer, como ese, cuando, entre los sabores prosaicos y olores rancios de la pequeña cocina integral, sus miradas se cruzan, sin ninguna razón más allá de la necesidad permanente de expresarse y decirse “Te quiero”, como uno de los rituales por los que viven como sujetos de ese lazo cósmico e indestructible que les da identidad y, mejor aún, sentido a su existencia.

1.0

Ernesto Vallejo termina de acomodar su billete de dos rupias en la vieja carpeta morada donde, desde los diez años, guarda su colección de billetes de banco de todo el mundo; no vale nada, desde luego, pero le gusta imaginar que tras seis años de manosear, arrugar y oler esos pedazos de papel algodonado, es ya todo un experto conocedor de los elementos básicos de diseño y seguridad del papel moneda y, en última instancia, del funcionamiento de los sistemas económicos internacionales. Juntas, todas las piezas conforman un mosaico multicolor que se despliega majestuoso ante la mirada orgullosa de Ernesto, quien hoy, como todas las tardes, se ha encerrado en su cuarto a hojear una y otra vez las páginas translúcidas de su carpeta, realizar un poco de calistenia, comer algún bocadillo industrial de su refrigeradorcito personal, leer un viejo ejemplar de ¡Linda! y masturbarse un par de veces mientras contempla a las jovencitas que desfilan por toda la revista luciendo los más variopintos accesorios de moda con qué complementar sus uniformes o su ropa casual; a veces, incluso, tiene tiempo de encargarse de sus tareas escolares, pero eso depende de su abultada agenda que por hoy ha restringido su actividades hasta las ocho de la noche, cuando deberá estar presente en las celebraciones de rigor por un aniversario más de la preparatoria, portando decorosamente su uniforme y su chaleco (reservado para las galas) que su abnegada madrecita ha planchado y colocado en un gancho de metal saobre una esquina de la cómoda, listo para vestirse.

Esta es una habitación sencilla, ideada al gusto de un agorafóbico particularmente interesado en llenar cada espacio vacío de las paredes pintadas de un azul que recuerda el cielo, con pósters, fotografías, publicidad y recortes de revistas y periódicos: “La chica Cuchi del mes” en una esquina, junto al minicomponente Fisher, “Los 10 errores más comunes de las películas de acción” pegado en la lámpara de su escritorio y “Chacal desalmado viola y descuartiza a su hijita pequeña” sobre su cabecera, en el lugar donde en tiempos pasados estuvo una foto enmarcada de Pablo VI, cuando su abuelo aún vivía y dormía ahí, en el tercer piso, exiliado, emberrinchado, ahogado por su propia bilis congestionada y reprimida, tras resignarse a ceder a las presiones de su esposa y permitir que a su casa llegase a vivir el gandul que acababa de embarazar a su única hija (Mi amor, el mal ya está hecho, y de lo que se trata es evitar habladurías que puedan dañar a nuestra niña).

Al fondo, pegada a la puerta del baño, una pecerita de plástico con tapadera color naranja alberga a un aburrido y viejo pez Betta; después de pasar más de un año encerrado en ese espacio reducido y pestilente, la tonalidad verdiazul de sus escamitas y su cola se ha opacado entre la turbulencia del agua que no ha sido cambiada desde hace tres meses y que ahora está llena de desechos y moho, ofreciendo una imagen deplorable que Ernesto no está dispuesto a tolerar: ya ha amanecido el mundo lo suficientemente nefando como para que su propio cuarto colabore con la repugnante realidad de todos los días, ya sea apestándose con ese tufo de agua podrida o deprimiendo el ánimo del recién coronado Campeón Nacional de Ajedrez en la Categoría Bachillerato.

De manera que Ernesto, con paso presuroso pero seguro, se dirige hacia la pequeña repisa en que descansa la pecerita, la destapa, mete su mano huesuda no sin cierto asco al sentir la textura gelatinosa del líquido, saca al pescadito y con unos cuantos pases entre sus hábiles dedos lo va deshaciendo hasta reducirlo a una masa pastosa en la que las entrañas y el carcaje explotan en un escalofriante y efímero instante de chispazos policromáticos sobre la palma de su mano derecha, que desliza sobre el borde del plástico removiendo los restos del animalito para que se diluyan entre la porquería del agua. Acto seguido, toma el recipiente con ambas manos y se dirige al cuarto de baño para vaciarlo en la taza del excusado y darse una sabrosa ducha que le regenere las energías que necesita para soportar el evento de la noche.

El papel moneda fue inventado por los chinos, quienes hicieron una primera prueba en 810, consiguiendo buenos resultados que permitieron que para 970 ya fuera de uso corriente. Los primeros billetes de banco (banco-sedler) del mundo fueron emitidos en Estocolmo, Suecia, en julio de 1661. El billete más antiguo que se conserva es uno de cinco dalers fechado el 6 de diciembre de 1662. Los billetes de banco en circulación de mayor valor nominal son los de diez mil dólares estadounidenses, llevan la efigie de Salmon Portland Chase y no se ha emitido ninguno desde 1944 y el Departamento del Tesoro anunció en 1969 que no emitiría billetes de más de cien dólares. El billete de valor nominal más bajo del mundo es el de un sen (una centésima de rupia) indonesio. A mediados de 1984 valían, al cambio, ciento cuarenta sens por una libra esterlina. Hoy están descontinuados.

1.1

Ha caído la noche, la gran mancha suburbana se ha vuelto aún más oscura y anodina, si es que eso es todavía posible, mientras las marquesinas encendidas lanzan dentelladas de neón a las tinieblas del cielo y las arterias principales de la ciudad, al borde del infarto, se congestionan de gente que tiene el dinero necesario para no quedarse en casa, lo que es poco menos que una bendición. Cada día hay más personas que coinciden en que las familias son una cosa asfixiante de la que se debe escapar a toda velocidad, al menos cada quincena, cuando hay oportunidad de jugar una sola vez en una de las maquinitas del Casino Continental, o de paladear un puñado de cacahuates mientras cualquier anónimo ñiquiñaque grazna una canción de ABBA o The Beatles, en uno de los bares karaoke que desfilan uno tras otro por la Avenida Huizar, cerca del Centro Comunitario. Imaginemos la perspectiva aérea, en esta noche de indescriptible negrura, circulando sobre la Zona Dorada, llena de bares, discotecas y boutiques presididas por el Casino, y desviándose hacía los deprimentes hacinamientos de complejos habitacionales de clase media baja que, junto con los parques industriales, circundan el febril distrito comercial para dar como gran total a la ciudad de Monrónica. Ahora, descendamos sobre una de tantas casitas que el Fondo para la Vivienda entrega a sus afiliados y podremos ver a Mariana saliendo por la puerta de la cocina a paso veloz y avanzando por la callecita que en pocos segundos la saca de su apacible fraccionamiento para darle acceso al excitante trajín nocturno de la ciudad; la chica es tan sólo un puntito que brilla intensamente bajo las luces titilantes del distrito de antros gracias a la dosis extra de Vidal Sasson con que ha consentido a su cabello, cubriéndolo con dos capas alternadas de shampoo y acondicionador, luego de haber terminado su pequeño pero efectivo discurso y de haber colocado su exhausto lápiz Lisa Frank entre sus plumines y gomas de borrar en su lapicero Ágatha Ruiz de la Prada; ha salido del baño, se ha puesto dificultosamente su ropa interior, su falda, su blusa y su chaleco, forzándolos sobre su cuerpo mojado y se ha despedido de su papá con el más húmedo de los besos que es capaz de dar (Papi, ¿en serio no me quieres acompañar?, no me mires así, ¿por qué siempre te quedas callado?), para dejarlo tumbado sobre su cama, descansando después de otro cansado día de trabajo y limpieza en el hogar y, tras acomodarse su corbatita de gancho, ha dado media vuelta rumbo a la puerta y de su ojo derecho ha escapado una lagrimita que escurre rápidamente hasta la punta de su labio inferior, donde se queda estacionada hasta secarse, cuando Mariana cruza el periférico para llegar hasta el boulevard Camilo Trespalacios, donde todo el trayecto se vuelve más fácil y ligero.

Ahora coloquemos la vista sobre el fraccionamiento residencial El Roble y podremos apreciar el cada vez más usual espectáculo de dos colegialas tomadas de los brazos de un individuo perfectamente conjuntado con un traje negro barato y una corbata gris barata, forzando una mueca de optimismo ante la triste escena de sus zapatos, unos viejísimos pero bien cuidados Salvatore Ferragamo, sumergiéndose chapoteantes en la laguna de lodo que ha rodeado a su Simca azul, en el que se montan sus jóvenes acompañantes, ni más ni menos que Kitzia y Laura, estrujándose y bufando entre la estrechez del vetusto cochecito, en cuyo interior colmado de humedad se manejarán temperaturas de entre cincuenta y sesenta grados en cuestión de minutos.

-¡Auch!, ¡arghh!, disculpe señor, es que esto está…

-Muy chiquito, ya sé, perdona, yo fui el que no se fijó, el año pasado metí una solicitud de préstamo para comprarme algo mejorcito pero ya ves, las cosas se ponen cada día peor, ¿verdad?, jejeje-El papá de Kitzia cierra su portezuela con una mano y con la otra se masajea la coronilla, que acaba de impactarse con la de Laura, cuando ambos se han lanzado sobre sus respectivos asientos minúsculos.

El auto arranca dejando atrás las calles polvosas y solitarias del fraccionamiento rumbo a la escuela, enclavada en el corazón de lo que los mamarrachos y los publicistas han dado por llamar “La Zona Comercial”.

-Bueno, bueno, ¿y para cuando se hace la próxima pijamada, chicas?, ¿eh?

Kitzia y Laura intercambian rápidas miradas de sorpresa ante una pregunta que las saca de balance.

-Este, huy, señor, quién sabe, eso va a depender de qué tanto trabajo tengamos pendiente y además, ya ve que a Elisa no la dejan sus papás más allá de las diez y Mariana se aburre bien pronto; así no tiene chiste, de plano.

-Ya se, y lo peor de todo es que se nos acaba el repertorio muy rápido, después de que nos contamos lo que hicimos en la escuela nos quedamos calladas, porque para colmo, nunca nos ponemos de acuerdo en qué película poner-Kitzia suelta una pequeña carcajada con la que espera zanjar tan ridícula conversación.

-Jejeje…son todas unas ñoñitas…-ambas chicas fruncen el seño, Laura se percata del inicio de un pequeño bochorno-…okey, pero supongo que también hablan de muchachos, ¿verdad?, ¿sí o no?, jijiji…

Un semáforo en rojo y un par de pitidos, pero el cochecito no se detiene, circula a la velocidad de la sangre caliente de don Lorenzo Vea, acompañado de dos chicas de mejillas color de tomate.
Un centro comercial.

-¡Hey!, ¡ya abrieron la nueva sucursal de Pretty Girl!-Exclama Laura.

-¡Yessss!, sí es cierto, bueno, detente, papá.-Ordena Kitzia.

-Pero es que, bomboncito…

-¡Qué te detengas, papá, por favor!, ¡ya!

Rápido volantazo y don Lorenzo empuña la palanca de cambios para meter reversa, colocándose de nuevo frente al establecimiento, en cuyos enormes escaparates se encuentran, imponentes y divinas, las colecciones completas de relojes Swatch y de bolsos Louis Vuitton, detrás de ellas, en el mostrador decorado con estrellitas y corazoncitos multicolores en los bordes, la nueva línea de Kiki’s Fashion: pulseras, aretitos, plumas, lapiceros, estilógrafos, plumones, calcomanías, lentes oscuros, fundas de almohada, cubiertas para celular, bolsitas de mano, espejos, calculadoras, jueguitos electrónicos…delfines, gatos, pececitos y monstruitos cariñosos para toda ocasión, gusto y ánimo.

-Jajaja, no le grites así a tu papá-Dice Laura, juguetona, mientras se esfuerza por salir de esa pequeña cafetera ambulante sin arrugarse la falda.

-Ay, Laura, ni te fijes, ¿qué quieres que te traiga, papi?-Pregunta Kitzia, melosa, mientras pasa tiernamente su cara sobre el hombro de su papá.

-Nada, Kitzia, por favor, apúrense-El hombre se limpia un par de gotas de sudor con el dorso de la mano derecha, que de inmediato se desplaza al sintonizador del pequeño estéreo Pioneer que su niña le ha regalado el mes pasado para buscar la estación de las canciones viejitas pero bonitas.

Las chicas trotan sonrientes rumbo al establecimiento sosteniendo sus pequeñas carteras Gucci de piel que han sacado discretamente de sus chalecos. En la puerta se hallan apostadas cuatro enormes bocinas Peavey amplificando poderosamente las notas digitales de un non-stop del sello dance alemán Bungalow y haciendo vibrar agradablemente los cuerpos de Laura y Kitzia mientras pasan frente al estroboscopio junto al escaparate de blusas Gap.

Olor a plástico, a limpio, a nuevo, a caro, sin duda; artificialmente pulcro y rebosante de colores excitantes; el olor indescifrable despedido por el muestrario de inciensos genéricos al lado de la caja registradora pica la nariz de Laura, quien va a estornudar cuando es interrumpida:

-A ver, a ver, ¿tienes de esto?-Kitzia le muestra una planilla de calcomanías de Hello Kitty! que al parecer su amiga aún no ha pegado en sus cuadernos, ya que se vuelve con sorpresa hacia el aparador plástico giratorio con una mueca de sobrecogimiento.

-Uff, no…-Laura le arrebata la tirita de las manos y observa el amplio muestrario de pegatinas en que la gatita protagoniza cantidad de aventuras desplegadas en no menos de dos docenas de cartoncillos engomados con chillantes tonos amarillo, fucsia, azul, verde.

-Hmm… también están las de Badtz Maru y la nueva serie de Kiki ¡con rasca-huele!

-Y mira, ¡las bolsitas tejidas Arcoiris!, a mi solo me falta la que tiene bolitas amarillas y verdes sobre el fondo doble-Acota Laura mientras se cuelga el morralito y mete dentro las calcomanias junto con su carterita, sin querer.

-¿Cómo que fondo doble?

-Sí, son todos los colores del arcoiris intercalados, así las bandas son del doble de grosor, el chiste es que no solo son los colores que conocemos, porque a veces son fosforescentes, depende de la temporada, ¿no?.

-Ah…

Las chicas creen oír el escándalo de un claxon perdido entre las reverberaciones sónicas de las bocinas instaladas a lo largo de todo el establecimiento, lo que las violenta y les acelera sus movimientos, desconcentrándolas y abotagándolas, como siempre sucede en el instante eterno en el que somos apresurados en público.

RECHAZO

Filed under: Uncategorized

Mario

Sonia se levantó temprano, ganándole nuevamente la partida al despertador, aunque esta vez no se sintió aletargada o cansada, como solía ocurrirle (la melatonina llegó para quedarse…), sino feliz y dispuesta, pues consideraba que tanto la niebla gris y caliente que cada noche entraba a su habitación y la envolvía por completo, decidida a asfixiarla, como los aullidos que después de cierta hora empezaban a retumbar en su ventana agobiándola hasta las lágrimas estaban ya tan lejos que no serían capaces de encontrar el camino de regreso a ese departamento que aún no había terminado de ordenar, pero para asegurarse, tomó una Halcyon y se metió a bañar. El cambio de plaza como docente del Sistema Estatal de Bachillerato la había obligado a trasladarse al otro extremo de la provincia, perturbando su vida de una manera que hasta hace poco no se había atrevido a imaginar; ahora estaba sola, en otra ciudad, relativamente lejos de sus padres (recuerda que a donde quiera que vayas irás en representación del buen nombre de nuestra familia, querida…), pero rebosante de deseos de trabajar y realizarse en su carrera y, con el ánimo efervescente de la gente joven, se preparaba para convertirse en una mujer diferente a la que había sido, por ejemplo, su abuela (sí, a tu edad siempre queremos hacer muchas cosas y construimos grandes proyectos, pero ya se te pasará, hijita, solo espera un poco…), lo que, ciertamente, dadas las condiciones, no resultaría muy difícil.

Aquel torrente de agua a alta presión era grosero, incómodo, y a Sonia le dolía el impacto de cada gota sobre su espalda, sin embargo, lo realmente gozoso del momento era la sensación de cubrirse de una sutil película de polvillo ferruginoso, tal como revelaba el intenso vapor que se le adhería perniciosamente, bailando sobre sus poros y obligándola a colocar el otro pie en el mundo real, tal y como la realidad suele exigirlo cada mañana. Salió del baño ya vestida y acicalada, cargó sus implementos bajo el brazo y cogió un membrillo para mordisquear en el camino. Cerrando la puerta de su pequeña vivienda se percató de los movimientos de un par de empleados del condominio cambiando las bombillas exteriores por focos fluorescentes de alto rendimiento, y entre el trajín alcanzó a atisbar el detalle de su foquito convencional fundido, abandonado entre dos flamantes bulbos Philips, como si tal avanzada del progreso hubiese decidido obviar su modesta residencia por no contar Sonia con una familiaridad como la de los legítimos habitantes de ese territorio desconocido.

Pero, a despecho de esta ligera monserga, el sol ardía, cada ruido y cada inmundicia corrompiendo el ambiente de la ciudad encajaban en un molde perfecto que reclamaba toda la atención. Había energía, había vida resoplando un fuerte aliento que declaraba, a través de una amalgama de aceite de motor hirviente que carcomía el aire impregnado por la grasa animal podrida en un bache junto a un puesto nocturno de fritangas, que la realidad estaba tan llena de Todo, que se antojaba imposible quedarse en un mismo punto conviviendo con la Nada, y Sonia enfiló rumbo al estacionamiento pisando animosamente el cemento partido; el calor ascendente deprimía hasta a las más simples rutinas de los animalitos que retozaban en el parque contiguo, trastocando sus ciclos vitales en malignas carreras hacia la irremisible destrucción, bajo el fulgor ahora opaco de los anuncios de neón asomándose inquietos entre los edificios. Sin embargo Sonia llevaba un sol adentro, era un solecito ella misma una vez que la noche anterior había quedado atrás, liberándola de la losa del temor a la incertidumbre, un desasosiego del que sólo puede surgir el optimismo con que anotó en su diario:

“…sigo con los pendientes de la mudanza, pero con mucha alegría y empeño, esta zona es limpia y la panorámica también es muy bella. La gente de por aquí es muy seria, aunque se nota que son bondadosos y decentes y lo único que tengo que hacer es decidirme a romper el hielo. Realmente me siento ilusionada con este trabajo, hay muchas cosas por hacer y yo ya estoy lista para empezar a comerme esta ciudad a mordidas. Porque esto es como un rosario de pequeños sueños encadenados que quiero ir disfrutando uno a uno, a su debido tiempo…”

Cuando en su mente se hallaba ya hilvanado un apunte distinto y un poco más exacto:

“…no sé por dónde voy a empezar a acomodar tantas chácharas inútiles que se han venido conmigo, este departamento es feo, y muy chiquito, la verdad, y afuera las cosas no están mejor, esta ciudad está empapada de un penetrante olor al que no acabo de acostumbrarme, los vecinos se han portado fríos, no sé, como que no habían visto a nadie nuevo por aquí en mucho tiempo, además, no me ha hablado nadie de la escuela para darme instrucciones sobre mi asignación definitiva de horarios y desde antier estoy empezando a sentir los síntomas de un resfriado que ya está adquiriendo fuerza y cada día me parece más aburrido que el anterior. Tengo miedo…”

Aceleró un poco sus pasos y, unos metros antes de llegar a su pequeño Escort 1990, un potente pero delicado fulgor proveniente del contenedor de basura situado a la orilla de la banqueta la detuvo en seco.

Ahí estaba. Aún cubierta por el pliego de celofán arrugado coronado por un maltrecho moño escarlata, la taza estampada con dibujos de ositos rellena de dulces yacía ladeada sobre la brillante superficie del papel aluminio usado como envoltorio de perros calientes. El modesto obsequio que el día anterior le había hecho a su vecina de al lado lucía intacta la nota “De: Sonia. Para: Magda” adornada con tiernos garigoleos a dos tintas, completando un cuadro inesperado, por colorido, en la superficie de aquel bote de basura de la parte trasera del edificio.

Las voces durante la noche, los cambios en los registros de la voz, los soslayos, la roñosa pestilencia de una curiosidad insana matizada por la suavidad de una sonrisa. Ruiditos. Sonia sabía ya cómo funcionaba y de qué manera se distribuía por cada rincón del edificio el hálito que daba cuerda al gran organismo que afanosamente intentaba remover las partículas extrañas de su sistema circulatorio, pero siguió caminando, la fuerza del espíritu de la naturaleza viva y el candor que el sol proyectaba sobre su nuca eran demasiado potentes como para permitirse el lujo de arruinar el agradable paisaje con detalles ínfimos.

Se acercó a su automóvil e insertó la llave en la cerradura de su portezuela que, haciendo un ruido delicioso al girar la sacó de sus cavilaciones para enfrentarla a la concreción de un fabuloso rayón que surcaba la pintura amarillo huevo desde la base del faro delantero hasta el punto donde se inicia el intersticio entre la cajuela y las luces traseras.

La bebé Alondra, sobrina de la viejuca que vivía en el 1814, lanzó su enorme pelota verdiazul con un puñetazo tan desmesurado que la envió desde la esquina mas alejada del patio del condominio hasta el estacionamiento pasando junto al contenedor de basura y quedarse rodando unos instantes sobre el asfalto, imagen que causó en la niña un estupor que Sonia no pudo comprender pero que la llenó de horror durante un par de segundos y cuando pudo recuperarse, sobresaltada además por el sonsonete de la alarma de un auto lejano que acababa de activarse, pudo observar que Alondra se metía corriendo a su casa. Aún sonriente, subió al vehículo y, sin atreverse a parpadear, pudo observar que por el boulevard, a vuelta de rueda, el autobús de pasajeros que iniciaba su ruta precisamente por ahí, recogía a los últimos pasajeros que se apresuraban fatigosamente a abordar el carruaje del pueblo, entre ellos, un hombre que por la mata de cabello totalmente blanco y el rostro rugoso podría pasar por su bisabuelo y que por su mueca desvalida hacía notar una desesperación que aumentaba con cada metro que el camión dejaba atrás incrementando su velocidad, multiplicando la presión del viento oscilante entre la puerta corrediza y la mano del viejo que finalmente cayó con estrépito sobre el pavimento. Sonia, ahogada por un llanto que como tantos otros en diversos momentos de su vida estaba destinado a quedarse atorado entre su garganta y su pecho, contemplaba con espanto la quietud de ese cuerpo que, de no levantarse cuanto antes, empezaría a freírse sobre el calcinante encarpetado. La angustia desapareció por un momento y dio paso a una exquisita curiosidad que se regodeaba entre los pegajosos ardores del vientre de Sonia: ¿a qué olería aquel bulto de carne vieja y correosa al comenzar a cocinarse en sus propios jugos?, ¿de qué manera se dibujarían en su cara las nuevas facciones diseñadas según el antojo de la grasa hirviente? Sonia sintió de pronto el deseo de fundirse con ese cuerpo ridículo en un solo segundo de minuciosa disección, recorriendo cada fragmento de ponzoñosas vísceras en ebullición. Los rayos solares acababan de alcanzar su mayor poder y Sonia, entelerida, salió trastabillando de su cochecito, puso el seguro y activó la alarma, pero ésta no emitió ningún sonido, ni siquiera las luces intermitentes se encendieron, pero Sonia no se percató, pues en aquel momento no era capaz de percibir los murmullos de los de cuervos encaramados en el cerco de una casa del fraccionamiento residencial al otro lado de la calle ni la pelota de plástico que detrás de ella había sido puesta a botar nuevamente. Caminaba con la elegancia de una posesa, afirmando tranquilamente sus pasos desde el suelo herrumbroso hasta la suavidad de su alfombra. Una vez en su departamento, cerró las persianas, se descalzó y se dirigió a la cocina.

Se arremangó el saco para lavarse las manos; la súbita necesidad de dar un paso en auto para conocer los puntos más interesantes de la ciudad antes de presentarse a su nuevo trabajo ya se había esfumado entre la repentina humedad del ambiente. Abrió el grifo y entonces escuchó un golpe que cimbró las paredes, después, la tubería se estremeció y en vez de agua, pudo ver cómo escurría de la llave una baba amarillenta que fue seguida por una de tonalidad rojiza y refulgente que reproducía en su hermoso brillo el rostro descompuesto de Sonia quien, partida en dos, pugnaba por escapar de la parálisis y salir huyendo hasta el umbral de su desaparición, aunque desde luego, no consiguió apartar sus ojos ni por un momento del espectáculo de la babosa que de repente dejó de fluir para permitir el paso de un bello ciempiés que caía inquieto hasta el fondo del agujero del desagüe, veloz y consciente de que tras el aguardaban su turno los escarabajitos más redonditos y pringosos que nadie vería jamás, y que al caer en el pequeño resumidero provocó un sonido metálico cuyo eco crocante quedaría instalado para siempre en el cerebelo de Sonia, quien no se dio cuenta cuando ya estaba jalando con todas sus fuerzas la perilla de su puerta segura de que así quedaría ésta soldada con el marco de hormigón, dejando atrapadas para siempre a aquellas alimañas en sus nuevos dominios. Segura de que su hogar sería invadido por las sabandijas en cuestión de minutos, Sonia apretó la espalda contra la pared y soltó el grito más amplio y desgarrador que jamás habría creído que pudiese escapar de su garganta y que no resultó ser más que un gemido que se apagó en su lengua seca: la energía necesaria para lanzar por lo menos un discreto sollozo era algo que estaba ya muy alejado de sus capacidades, ahora sólo gimoteaba lastimeramente, trotando de un extremo a otro en el pasillo, infectando el aire con el humor ácido de su piel cansada.

Al fondo del corredor, en el apartamento 1810, las dos ancianas comadres conversaban:

-Está muy mona la nueva inquilina que acaba de llegar, ¿verdad, nenita?-Comentaba doña Gertrudis Zamarrita a doña Marielena Cobián, mientras colocaba su pedacito de strudel de frambuesa sobre el plato en el que apoyaba su taza de chocolate.

-Si, linda, ¡y no sabes con qué sentimiento llora!, como Marga López en La tercera palabra. Igualita.

RAPIDA DIVAGACION

Filed under: Uncategorized

Mamá siempre está frente a mí, con todo y su fuerza, su decisión y su aburrimiento, ahora solo quiero que ella esté bien, lo suplico a gritos; sin miedo, calculando mis palabras y asumiendo su gravedad, puedo decir que haría cualquier cosa, absolutamente todo lo que fuera necesario para que ella estuviera siempre bien, siempre contenta, esa es la esencia de mis días, todo el tiempo es una persistente marea apabullante de sensaciones que desembocan siempre en el mismo punto; por lo demás, estoy bien, pasando el rato, soñando, ilusionándome, ideando, desechando sueños, eliminando ilusiones ridículas, desarrollando y sepultando ideas, todo es una constante y una variable al mismo tiempo, una vorágine de cosas que voy a hacer y que se que no voy a hacer, todo en el universo compacto de un día, frágil y perfectible; a veces pienso en el amor, pero la realidad de hoy es demasiado sólida como para divagar en ocurrencias fútiles, a veces pienso en el odio y en el terror, y es entonces cuando decido apagar todas las luces; no confío en la gente que usa lentes oscuros, ni en aquella que solo viste de negro, como en una grotesca charada gótica: la oscuridad debe llevarse dentro de uno mismo; a veces, también, me decido a no permitir que ninguna nube negra oscurezca mi día de sol (aunque, en realidad, los que a mí me fascinan son los días nublados), de todas maneras, cuando me cercioro de que mi mundo está bien, cuando mi mamá me ha dicho que está bien y que me quiere, ya es de noche, y es momento de recostarme en mi cama, recargando mi cabeza sobre la almohada, y me percato de que toda mi gente ya está ahí, esperándome, también los sentimientos, esos que no alcanzo a distinguir en el mundo real…

PERSPICACIAS

Filed under: Uncategorized

Sólo Dios puede crear un árbol,
la boca es sólo un pretexto para la angustia
de los gritos muriendo en la garganta;
cuando niños saboreamos nuestros labios
resbalando sobre la pared: la superficie era áspera,
un color espumoso es el placer de la química
y mientras nos perdemos en el placer de la nostalgia
las madres de familia matan cucarachas,
ahora no puedo recordar ese sabor,
era tan suave como una caricia de madera,
como un animal de la estepa
acurrucándose bajo nuestro regazo
justo cuando nos dirigimos a un salón;
hay cortinas largas y manteles lascivos,
el perfume no alcanza a disfrazar los latidos
del piso de parket
denunciando al imbécil,
desvistiendo al insidioso que escupe al ponche
y roba las monedas del anciano ciego
para tirarlas a la alcantarilla.

Juntos vemos salir al sol,
es bonito cuando compruebas
que también morirá,
pues solo nos quedan las palabras
para recordarlo…
¿te gusta acurrucar las piernas
sobre una almohada estampada?

LINDAS CARICATURAS

Filed under: Uncategorized

Cuando la conversación fluye,